EL FIADOR: HISTORIA DE UN COLAPSO

por Dom Gregori Maria

 

Curso veraniego de Liturgia para víctimas del C.P.L.: 2. El altar y el sagrario – 12/07/2008

El altar, parte principal del templo o iglesia, es un ara elevada sobre la cual se ofrece el sacrificio. Así la define San Isidoro en el libro XV de sus Etimologias (L. XV, cap. 14, nº 4): “Altare autem ab altitudine constat esse nominatum, quasi alta ara”.

En el templo cristiano el altar ordinariamente es de piedra, y simboliza a Jesucristo, que es la piedra angular de la Iglesia. Recuerda también el Calvario, donde se inmoló el Cordero divino para la redención del género humano. Cuando el obispo consagra un altar hace sobre él muchísimas veces la señal de la cruz, porque la idea predominante es la del sacrificio del Dios-hombre. Sobre la piedra se graban cinco cruces, recuerdo de las cinco llagas. Lo unge con el santo crisma, que es el emblema de Cristo, ungido por el Espíritu Santo. En medio del altar, en un sitio que se llama sepulcro, se colocan algunas reliquias de los Santos, de las cuales alguna tiene que ser de un mártir. Este uso tiene su origen en la práctica de los primeros siglos de la Iglesia de construir los altares sobre los sepulcros de los mártires o cerca de ellos.

El altar es, por consiguiente, la parte más sagrada del templo, el verdadero Sancta Sanctorum; es el mismo Jesucristo, según frase de la Iglesia: “Altare sanctae Ecclesiae ipse est Christus”. Y así, cuando el sacerdote lo besa, lo hace para dar al pueblo el saludo de paz o la bendición, que proceden de Jesucristo Señor nuestro.

El primer altar cristiano fue la mesa del Cenáculo en que se instituyó la Eucaristía, y el ara en que se consumó el sacrificio de la Víctima fue la Cruz. Por eso los altares en la Iglesia primitiva eran de madera. El altar en que San Pedro celebraba en la casa de San Pudente es de madera y se conserva en San Juan de Letrán. En Oriente estuvieron en uso hasta el siglo IV, y hasta el V en las iglesias de África y Egipto, como consta por San Atanasio, San Agustín y San Optato de Milevi. Pero desde el Papa San Silvestre, la Iglesia prohibió fuesen de madera por lo deleznable de la materia y mandó que fuesen de piedra, por el significado místico de que la piedra es Cristo. El primer documento que poseemos de tal prohibición procede el Concilio Epaonense, de las Galias, celebrado en el año 517, bajo la presidencia de San Avito, obispo de Vienne.

El altar, unas veces está aislado en el centro del presbiterio, y el sacerdote celebra vuelto hacia el pueblo, como parece actualmente lo más frecuente por entender que ese “altar exento” de la pared del presbiterio lo exige. En verdad, la razón de la recomendación conciliar de construir altares exentos era poderlos rodear por entero para su incensación.

Otras veces, y no existe ninguna prohibición al respecto, el altar está en el fondo del ábside, y el celebrante tiene las espaldas vueltas hacia los fieles. Así lo hizo Benedicto XVI en la Capilla Sextina en la Fiesta del Bautismo del Señor de este mismo año.

Hay altares que están cobijados por un dosel o baldaquino, otros adosados a la pared o separados de ella, en la cual hay mosaicos o pinturas, y otros están respaldados por retablos en que se veneran imágenes de los Santos.

Ordinariamente hay tres gradas para subir el altar, y simbolizan las virtudes teologales.

En los primeros años de la Iglesia católica no se reservaba la Eucaristía, porque los fieles recibían la Comunión en la Misa. Más tarde, en tiempos de persecución, ya se la llevaban a sus casas para poder confortarse con el cuerpo de Cristo en los supremos momentos de la confesión de la fe. Guardaban el Pan eucarístico, con gran veneración, en una cajita o dentro de algún armario. No se sabe precisamente la fecha en que empezó a reservarse en las iglesias, pero consta que ya desde muy antiguo se guardaba el Santísimo para llevarlo como Viático a los enfermos. Como desde el Concilio de Nicea, en el 325, se manda que los cristianos lo reciban antes de morir, y este precepto no se podía cumplir si en las iglesias no se reservaba la Eucaristía, calculamos que resale a este periodo el inicio del Reservado Eucarístico en las iglesias. Se guardaba en una caja o arquita, que unas veces se colocaba en el altar o sobre el altar en forma de torre, otras veces en un armario de la pared, ya del coro, ya detrás del altar, ya en el interior, como en el convento de San Damián en Asís. De donde lo cogió Santa Clara para ahuyentar a los sarracenos que escalaban su convento.

Los griegos guardan las sagradas Especies en un saquito de seda, suspendido sobre el altar, el cual está cubierto por las cortinas o velos con que se cubren los altares.

Antiguamente había sagrarios pendientes delante o sobre el altar en forma de palomas, que después, como las torres, fueron prohibidos por varios concilios. Desde la Edad Media el vaso de las Hostias consagradas se empezó a poner sobre una gradilla del altar cubierto con un pabellón de seda de diversos colores. Esta especie de tienda o tabernáculo dio lugar a una caja o cofre de hechura muy variada, con adornos de seda al interior y una especie pabellón exterior a manera de tienda que recuerda la presencia del Arca de la Alianza en el Antiguo Tabernáculo, y pues de la “gloria de Dios” en medio de su pueblo. Simboliza también el fausto de los reyes orientales que guardaban sus lechos, como Salomón o Holofernes, con ricas colgaduras y soberbias mosquiteras para que ni los animales los molestasen ni aún los ruidos exteriores interrumpiesen el reposo y el descanso del sueño. Y así con el tabernáculo en que descansa el supremo Monarca: debe estar adornado denotando la grandeza de su Majestad.

Ya desde el siglo XVI, es de uso corriente el Sagrario en el altar en la forma y manera que hoy se estila, ya sea en el altar mayor, ya en alguno lateral o en una Capilla especialmente reservada al Santísimo, para su adoración y para la comunión de los fieles. En España, especialmente en Cataluña y Levante, es difícil encontrar un templo parroquial que no esté dispuesto de esta manera. Al pasar delante del sagrario debe hacerse siempre una genuflexión, en señal de adoración al Dios que está allí escondido.

En un lugar preeminente del altar debe estar colocado el crucifijo. Como la Misa es la renovación incruenta del sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario, por eso ese instrumento de pasión y de ignominia debe contemplarse como símbolo de redención y de gloria. Las imágenes de Cristo Resucitado no cumplen ese objetivo simbólico. Ya en la época bizantina y en el Románico se representaba a Cristo en forma de majestad, vivo y triunfante, y por esa razón se llamaban esos crucifijos “gaudentes” (gozosos) o simplemente, como en Cataluña, “majestades”. Famosas son las “majestades” aranesas o la famosa “Majestad” de Caldas de Montbuy en la actual diócesis de Tarrasa. A esa tendencia, a partir del siglo XIII siguió la práctica de presentar a Cristo agonizante o muerto, sufriendo como varón de dolores, llegándose algunas veces a exageraciones de un realismo sangriento. En este punto, como en otros, hay que encontrar un justo equilibrio simbólico.

En el siglo XIII se mandó que el crucifijo se colocase entre dos candeleros sobre el altar, y los místicos daban la razón de ello afirmando que eso significaba la mediación de Cristo entre los dos pueblos, judío y gentil. El 16 de julio de 1746 el papa Benedicto XIV ordena definitivamente que se coloque el crucifijo en el altar para la celebración del Santo Sacrificio y que esté más elevado que los candeleros de manera que todos, celebrante y pueblo, lo puedan ver de manera cómoda y fácilmente.

Desde la llegada al solio de San Pedro de Benedicto XVI y de su nuevo Ceremoniero Pontificio Mons. Guido Marini, en las celebraciones papales se ha recuperado la centralidad del crucifijo, y no únicamente en las basílicas o las iglesias de la Ciudad, sino también en los todos los altares en los que el Santo Padre celebra ocasionalmente.

Por lo que parece, en Roma se preparan normas muy concretas a este efecto así como para la orientación del celebrante y del altar durante la celebración eucarística, después de una cierta, sino anarquía o laxitud, si excesiva “plurimultiformidad” en este campo. No podemos ocultar que el Papa Benedicto XVI siente un especial predilección por la celebración “ad orientem” de la Santa Misa.

Nosotros, en esta como en otras ocasiones, trataremos de vivir y aplicar uno de los grandes adagios litúrgicos: “Sicut Roma ita fit”. Lo haremos todo “como a la manera de Roma”. Aunque a algunos les empiece a pesar…

 

Curso veraniego de Liturgia para víctimas del C.P.L.: 1.- La Iglesia – 05/07/2008

Aprovechar el relajado discurrir de los meses de julio y agosto para explicar histórica, mística y teológicamente lo que son: el templo, el altar, los vasos y lienzos sagrados; las vestiduras y los ornamentos litúrgicos; los elementos y utensilios para el culto, para que todos, los laicos principalmente, conozcan los rudimentos de la Liturgia y la razón o porqué de ellos. Este es el objeto del presente curso veraniego alternativo. Y digo alternativo porque se presenta como un discurso a contra corriente de todo lo que estamos acostumbrados a recibir y leer procedente casi al completo del Centro de Pastoral Litúrgica de Barcelona y de sus múltiples publicaciones, entre ellas la revista Phase y los nefastos apéndices de Misa Dominical. Desafortunadamente todo el clero casi al completo y por extensión todo el laicado en España y los países de lengua española se han nutrido y se nutren exclusivamente de lo que sale de esa institución.

Los lectores de Germinans acabado el verano diréis si se ha conseguido el fin a que aspiro: que especialmente todos los que no os lo habías propuesto tengáis una mirada alternativa a la visión que todo el oficialismo litúrgico os había imbuido. Y todo de la manera menos árida posible y sin cansancio, como corresponde a los meses estíos.

La iglesia.

La iglesia es el lugar en el que se reúnen los fieles; es, por lo tanto, la casa común de los cristianos. Allí nacen a la gracia, allí oran, se instruyen en la fe, dan gracias, satisfacen sus deudas delante de Dios, santifican su vida y reciben a Cristo. En tiempos de fe, muchos actos de la vida social (municipal, por ejemplo) se realizaban a las puertas del templo (en el atrio, en el nártex o en la pronave). El templo era la verdadera “casa del pueblo” cristiano.

La iglesia es la casa del sacerdote (viva o no viva allí) porque allí él instruye, bautiza, perdona, casa…Allí él inmola la sagrada Víctima, es la casa jerárquica de los ministros de Dios que están dedicados a su culto.

Es la casa del altar, el edificio construido para contenerlo, la tienda que lo cobija, el lugar de propiciación en el que se ofrece el más grato de los sacrificios.

Es la casa de Dios y la puerta del cielo, el sitio escogido por Él para que allí se le tribute su culto, el lugar santificado de un modo especial con su presencia y en donde se debe guardar todo el silencio, el respeto y la veneración que conviene, pues siendo casa de Dios, de esto ella tiene sus prerrogativas y dignidad.

Es la casa de Jesús eucarístico, de nuestro Salvador y Redentor, vivo y glorioso, que está allí siempre atento a nuestras súplicas y alabanza…

El templo es símbolo de la unidad de la Iglesia. Todos formamos un solo cuerpo con Cristo, cabeza de toda la Iglesia. Es símbolo de unión de todos los miembros y la cabeza visible que es el Papa. Es símbolo de santidad, porqué todo en él es santo o santificado, como santos deben ser los cristianos que son templos vivos de Dios.

El templo es trasunto del cielo. San Juan en Apocalipsis 5,6 narra la magnífica visión de aquel trono de Dios rodeado de majestad, y del altar y ara en que está como muerto el Cordero divino.

La liturgia de la construcción y dedicación de las iglesias contiene y explica todo lo que acabo de indicar. Cuando el obispo pone la primera piedra de un templo, invoca sobre el las bendiciones de lo Alto y se hace notar que Jesucristo es la piedra angular sobre la que se levanta la casa de Dios; las demás piedras de los cimientos recuerdan a los Apóstoles; las que componen sus muros prefiguran a los fieles, unos ocultos, otros a la vista, según el recuerdo que han dejado de sus buenas obras; las columnas simbolizan a los obispos y doctores, que sostienen a la Iglesia con su doctrina; las piedras labradas, a los mártires y a los santos, que sufrieron para conservar la fe y perfeccionarse en la virtud; los cuatro muros, a los Evangelistas; el techo, a los defensores de la Iglesia…

Fue una antigua costumbre edificar las iglesias cristianas en la dirección de la salida del sol en el equinoccio, es decir de oriente a occidente, nacida de la costumbre de orar vueltos hacia el oriente porque el oriente es símbolo de Dios y de Cristo que es el Oriente, el Sol de justicia y la luz increada.

San Basilio dice que al orar hacia el Oriente recordamos el Paraíso, nuestra antigua patria, y hace remontar esta costumbre de orar a los tiempos apostólicos.

A ser posible, en la construcción de las iglesias, convendría seguir la tradición primitiva, de la cual ya se hacen eco las “Constituciones Apostólicas” (Patrología Griega, libro II, cap. LVII)

Próxima entrega: “El altar”.

 

Un nuevo estudio litúrgico a partir de Septiembre – 28/06/2008

Al familiarizarnos a fondo con la historia del rito romano con ocasión de la publicación cada sábado por espacio de 13 meses de “El fiador: historia de un colapso”, muchos lectores y seguidores habituales han agradecido que se haya podido facilitar una visión de conjunto en la que también se incluyera la evolución del Movimiento Litúrgico hasta nuestros días.

El trabajo de este año ha sido un intento de seguir a través de las edades, la evolución de la liturgia eucarística, considerándola siempre en su totalidad, y descubrir por qué y cuándo se ha ido agregando o modificando el rito en su conjunto. No obstante existe la posibilidad de explicar la misa según el orden de sus diversas partes; y dentro de las mismas, el de las distintas ceremonias y oraciones, indicando siempre los datos históricos que explican el sentido que se les iba dando cuando se las introducía o se las modificaba.

Creo que es este pues el momento de realizar ese cometido y de hacerlo después de tener una visión general de toda la historia del rito para poner así de manifiesto la estructuración perfectamente orgánica, comparable al crecimiento de un árbol. En efecto, siglos sucesivos y diferentes han contribuido a la formación de las oraciones y ceremonias de la misa romana. En torno a un núcleo fundamental –la institución de la última cena- se han ido formando, siglo tras siglo, multitud de estratos, comparables a los anillos, que se forman al compás de los años en el tronco de los árboles. Son, lo mismo que en el árbol, consecuencia de un crecimiento orgánico y a la vez defensa del tesoro que se esconde en su interior.

Tras muchos decenios de intensos estudios de las fuentes litúrgicas, hoy aparece cada vez más claro que la misa romana presenta una perfecta simetría en su estructura. Yo desearía explicitarla de manera detallada sin que nadie crea que se trata de un juego más o menos brillante de conceptos. Es demasiado serio el asunto que nos va a ocupar y demasiado triste la experiencia después de leer tantas explicaciones catequéticas (véanse diversas publicaciones C.P.L) de la Misa y ver luego su concreta aplicación en las celebraciones reales. Abrumados por esa realidad experimentamos a veces una gran confusión de ideas. Por eso es imprescindible salvar la visión de conjunto, como único medio de conseguir una mayor inteligencia del alcance de los pormenores de la Misa.

A este objetivo me voy a consagrar a partir de este momento, poniendo mi empeño e ilusión en un trabajo lo más preciso y riguroso al que dedicaré parte de este verano, y que Dios mediante será publicado a partir del mes de septiembre.

Os dejo a todos un pensamiento gratificante que leo en las informaciones que me acaban de llegar de Roma y que me resultan reveladoras de la personalidad litúrgica del Santo Padre Benedicto XVI. El Santo Padre que con motivo de su acceso al solio pontificio e inicio de su ministerio pastoral reintrodujo el “homophorion” (el largo palio griego con cruces encarnadas, con extremos pendientes de manera asimétrica) vista la incomodidad del mismo y tras cuatro años de prueba, ha preferido volver al utilizado hasta hace poco… ¡Qué humildad intelectual y que rigor el del Santo Padre! ¡Si todos hiciéramos igual con nuestros “geniales inventos” y manías litúrgicas después de desastrosas experiencias...!

Amigos, a todos un buen verano y un mejor reinició de curso…

 

 

No estamos orgullosos del C.P.L. – 14/06/2008

Y la celebración de su 50º aniversario está ensombrecida por la constatación de la triste realidad presente que envuelve a esa institución. Nacido como un calco del Centre de Pastoral Liturgique de Paris (1943) nuestro C.P.L veía la luz gracias a la tenacidad del entonces joven sacerdote Pedro Tena Garriga (hoy obispo auxiliar emérito de Barcelona) que en el Seminario había formado parte junto con otros de los llamados “seminaristas de la corda” (de la cuerda) justamente por su afición a hacer ostensión de sus “fiadores” (cuerdecillas de colores diversos con pasadores para estrechar los ojales de la sobrepelliz y por lógica, el cuello de esas prendas litúrgicas). No querían “lacitos” en sobrepellices con cuellos fruncidos y finas puntillas: deseaban sobrepellices bordadas al estilo monástico belga y vistosos fiadores con el color litúrgico de cada ocasión. Eran unos arqueologistas: vindicaban el uso del solideo negro con borla para los tonsurados (a la manera del P. Mañanet) y del bonete catalán (una especie de gorrito negro con el frontal repunteado parecido al de los contables ingleses, como el de Mister Scrooge en la famosa película que versionó el “Cuento de Navidad” de Dickens) y con el que algunas fotos mostraban paseando al cardenal Vidal Barraquer en su “destierro” suizo. Era su manera de distinguirse “de los españoles”, de ser diferentes, de ser nacionalistas. Ellos formaban parte de un linaje escogido, culto y selecto, no eran como los demás: no eran ni becados, ni huérfanos, ni fámulos de ningún de ningún ayo ni superior. Ellos comían dos platos y postre en la mesa “de los de pago”, porque eran de “casa bien” y llevaban pulcras sotanas de cachemir de Casa Jaulent. Ellos tenían en sus manos la misión de conducir al pueblo de Dios hacia la tierra de promisión de la nueva era litúrgica. Y tuvieron el poder, porque el que ellos llamaban en privado “el obispo albañil” (el bisbe paleta, Don Gregorio Modrego) les dio todas las facilidades, porque eran chicos de “cum laude” y prometían mucho. Y los enviaba a Roma a estudiar para provecho propio y de la diócesis, en la cual ejercerían como profesores de algo tan a la moda, desde la aparición de la “Mediator Dei” de Pío XII en 1948, como la Sagrada Liturgia. Pero los Tenas y los Farneses, los más tardíos Gomis y Bellavistas llegaron contagiados del desviado Movimiento Litúrgico, no el de Guéranger y Pío X, no el de Dom Gubianas o Pío XII, sino el engendrado por Dom Lambert Beaudoin y Dom Otto Cassel desde Mont-César a Chevetogne pasando por el Maria Laach de Dom Herwegen.

Su C.P.L. tras los cinco o seis primeros años preconciliares de andadura más bien discreta, del 58 al 64, pues el pueblo fiel seguía prefiriendo las publicaciones del “Foment de Pietat” de la Editorial Balmes, se convertiría en el Canaán del clero conciliar. A partir del 64 todo debía funcionar con suplementos y anexos, con un conjunto de separatas que había que ir coleccionando y usando, guarnecidas con una liviana carpeta de eskay para hacer “moniciones” para todo y en todo momento. Este es el C.P.L. del que ahora se cantan las glorias…

¿Cómo nos va a extrañar que todos los más que vetustos retroprogres de la Unión Sacerdotal llenaran a rebosar el Aula Magna del Seminario en la conmemoración de su aniversario el pasado día 12? Y el Sr. Cardenal presidiendo porque es de ellos, ha nacido con ellos aquí y es de aquí con todos ellos.

Con los “descamisados” de los Fontbona, Lligadas (el cura secularizado de “El Mosquit i el Camell”) con Ignasi Marquès y Aymerich, con el encorbatado Bellavista en la mesa de presidencia. Este es el estanque dorado en el que nada, y no precisamente a contracorriente, nuestro Cardenal Arzobispo. Y tan a gusto. Y que guapos que somos y que bien que hacemos las cosas. I que cofois que estem! (¡Y que pagados que estamos!)

Yo me avergüenzo, y un Cardenal de Santa Romana Iglesia debería avergonzarse, de bendecir con su asistencia el jubileo de una entidad que cada vez, y especialmente desde la muerte del P. Aldazabal, se ha convertido en más sectaria y heterodoxa.

¿Quién con dos dedos de frente puede aguantar sin sublevarse los proyectos de homilía que en la hoja de Misa Dominical prepara Xavier Farrés? ¿Quién puede tolerar las presentaciones “de pega y baratillo” que en la misma publicación edita Aymerich? ¿Y los de Hortet, Romeu y Marquès?

Pues con su pan se lo coman: que traigan y paseen a Don Piero Marini, el ángel caído y destronado como su maestro Bugnini. Que se regodeen con los libretos divulgativos de Lligadas y toda su peña de descamisados.

En ese Centro de Pastoral Litúrgica han nacido y crecido todos los vicios de la liturgia posconciliar malentendida y malinterpretada. Esa institución ha sido la fuente de la que han bebido y han aprendido a corromperse los que han llevado a la ruina la liturgia de la Iglesia. En el C.P.L. de Barcelona se han aparejado todos los que han deteriorado el culto a Cristo. A muchos los cogió desprevenidos, los rebasó y los destruyó haciéndoles beber el veneno de la pretendida modernidad (y digo pretendida porque a lo largo de la serie de artículos de “el fiador” hemos demostrado que sus fabulosas ideas tienen siglos de antigüedad).

A mí no. Siento haberos aguado la fiesta.

P A X

 

Dom Guéranger, paladín de la liturgia romana – 07/06/2008

Nada podemos comprender acerca de la restauración litúrgica en Francia ni sobre el Movimiento Litúrgico sin entender la personalidad y la obra de Dom Prosper Guéranger. Y no lograremos ensamblar nada de la complicada concatenación de eventos de los que él fue protagonista, sin perfilar unos trazos de su carismática figura.

En los últimos años las publicaciones sobre su figura afortunadamente no han dejado de sucederse. Los trabajos realizados por Dom Paul Delatte en 1902 y Dom Louis Soltner en 1974 se vieron hace muy poco tiempo renovados por la abundante documentación que Dom Guy-Marie Oury recoge en la reciente biografía consagrada a Dom Guéranger (“Dom Gueranger, moine au coeur de l´Église”.Editions de Solesmes. 2000, p. 489- Dom Gueranger, monje en el corazón de la Iglesia).

Dom Oury no se detiene en la obra de restauración de Solesmes en julio de 1833, ni siquiera en la figura del maestro espiritual o del interlocutor y amigo del mundo religioso entonces en plena ebullición. Dom Oury en su trabajo no se contenta con poner de relieve la figura de aquel defensor de la Iglesia Romana que fue Dom Guéranger ni en recorrer los pasos dados por él en la empresa de restauración de la liturgia romana. Dom Oury desea que comprendamos al hombre de diálogo con los católicos de su tiempo que están presentes en cada capítulo de su vida. Nos hace ser conscientes de la inmensa red de relaciones tejida entorno al abad benedictino y a la activa participación de este último en la vida de la Iglesia de aquel momento histórico. Un sólido artículo de Dom Antoine des Mazis, casi como prólogo de toda la obra, nos muestra como la primera formación de Dom Gueranger lo predisponía naturalmente a toda su obra.

Nacido en 1805 en Sablé-sur-Sarthe en la región de la Loira, a escasos 2 km. de la destruida Abadía de Solesmes cuyas ruinas tantas veces contempló de niño. Hace sus estudios primarios y secundarios en Angers y entra a los 17 años en el Seminario de Le Mans: era el mes de noviembre de 1822. En 1826 recibió el subdiaconado y fue nombrado secretario particular del obispo de Le Mans, Mons. De la Myre-Mory ha quien admiraba profundamente. A lo largo de su vida, únicamente la admiración que sentía por otro gran prelado, el Arzobispo de Burdeos entre 1802 y 1826 Mons Charles François d´Aviau du Bois de Sanzy, que mantuvo con tanto celo la liturgia romana en su diócesis, superará a la que sentirá por el prelado de Le Mans. Ordenado sacerdote en Tours el 7 de octubre de 1827, pedirá permiso a Monseñor De la Myre-Mory para rezar y celebrar la santa Misa según las fórmulas de la liturgia romana y así comenzó a hacerlo el 27 de enero de 1828, fiesta de San Julián. Este mismo oficio sería el último que habría de rezar en la tierra 47 años más tarde.

El joven padre Guéranger sigue a su obispo en sus retiros parisinos a partir de 1827. Toda la vida de Dom Guéranger se urdirá en estos años de estancias en Paris: el gusto por la vida intelectual y por los estudios teológicos e históricos y como no, el contacto con la Liturgia romana, que inició en Le Mans junto a las Damas del Sacré-Coeur. En Paris conocerá a Lamennais, con quien tuvo cierta amistad, y los ambientes mennaisianos con quien comparte las tendencias antigalicanas y que suscitará en él numerosos trabajos. En 1829 con apenas 24 años el joven Guéranger publica en el órgano de la escuela mennasiana el diario “Mémorial Catholique”, cuatro artículos con el título “Consideraciones sobre la Liturgia”. Guéranger ya aparece en esas páginas en perfecta posesión de su vocación: todas las ideas que más tarde expuso con mayor amplitud se encuentran en esos artículos. Con acento retador que, a esa edad podría parecer temeraria presunción, ataca las nueva liturgias galicanas” (Mémorial Catholique 28 febrero 1830). Esos son los primeros pasos hacia la restauración de la Liturgia romana. Un año más tarde, en 1831 publica un trabajo acerca “De la Elección y el nombramiento de los obispos”, en el que aposenta sus profundas convicciones romanas.

En Paris en esa época, Mons. De Quelen le confía la administración de la iglesia de las Misiones Extranjeras donde es rector el P. Desgenettes. Este encargará a su joven vicario predicar sobre el papel del Romano Pontífice en la Iglesia. El encuentro con Gerbet en noviembre 1831 y el mismo Lamennais será decisivo para el joven sacerdote: sostenido por el nuevo obispo de Angers Mons. Carron, se lanza a la restauración de la vida benedictina. Con tres compañeros funda el priorato de Solesmes el día 11 de julio de 1833, bajo el patrocinio de San Benito, por medio de un reglamento precedentemente aprobado por Mons. Carron el 19 de diciembre de 1832. Para muchos, Solesmes constituía la concreción de una manera ortodoxa del gran diseño mennasiano de una orden religiosa en vistas a un despertar de las ciencias eclesiásticas. Eso chocaba profundamente con la mentalidad de aquellos con una idea asentada de la vida monástica que fuese esencialmente oración y penitencia, ascesis y mística, con total ausencia de vida intelectual. No es de extrañar pues, que para los enemigos de la Iglesia de aquel momento, con una gran intuición sobre lo que iba a representar Solesmes (como por ejemplo para los anticlericales del diario “Le Courrier Français”) la erección del priorato de Solesmes en Abadía por el papa Gregorio XVI el 1º septiembre de 1837, les sonase a un regreso a Francia de los jesuitas y los dominicos, ordenes eminentemente intelectuales.

Para Dom Guéranger la restauración de la vida monástica en Solesmes constituirá la primera realidad en el camino de la Restauración Litúrgica. A él, la liturgia le llevará al monacato; y Solesmes y todas sus fundaciones, pusieron la Liturgia como el principio fundamental de toda su espiritualidad. Beuron en Alemania (1863), Maredsous en Bélgica (1872) y todas las congregaciones de ellos nacidos, sobre todo Mont-César (1898), Silos (1880) y Maria Laach (1904) iban a vivir ese mismo espíritu, que de este modo iría penetrando en la intelectualidad católica y luego preparando el ambiente que llegaría al pueblo.

A todo ese movimiento llamamos el sano “Movimiento Litúrgico” del cual inicié su historia hace poco más de un año, así como de los derroteros tomados más tarde.

Además de la obra viva de Dom Guéranger, el restaurador de Solesmes dejó dos obras escritas que no pudo completar: las “Instituciones Litúrgicas” y “El año litúrgico”. Cuando apareció el primer volumen de la primera en 1841, en el que se trazaba la historia de la Liturgia hasta el Concilio de Trento, los aplausos y las felicitaciones fueron unánimes. Pero esta unanimidad se rompió al aparecer el volumen segundo, en el que el autor puso de relieve las desviaciones aparecidas en Francia en los siglos XVII y XVIII y como estas habían conducido a la desaparición en ella del rito romano.

La repercusión fue clamorosa, las adhesiones más sinceras se mezclaron con las injurias y amenazas. Guéranger respondió con moderación y respeto, pero con gran seguridad y firmeza. El resultado fue más halagüeño que el que él mismo había esperado: pronto una diócesis tras otra fueron adoptando la liturgia romana.

Para este que os ha escrito durante 13 meses hasta el presente, ese momento en la vida de Dom Géranger es un momento magistral, digno de ser imitado por todo nuestro grupo, por todos aquellos que formamos Germinans. Y no me refiero sólo a sus principios litúrgicos. Voy más allá. Como todos sabemos, la aparición y la presencia de Germinans en nuestro panorama católico, también ha sido motivo tanto de numerosos adhesiones como de grandes críticas y amenazas. Recae sobre nuestros hombros la responsabilidad moral de responder a todo ello con prudencia y ponderación, con caridad cristiana y comprensión, pero con la misma fortaleza de ánimo y la misma determinación con que lo hizo Guéranger respecto a sus adversarios.

La abundante correspondencia que se conserva entre Dom Guéranger y la priora de las carmelitas de Meaux (Madre Elisabeth de la Croix) de la que fue director espiritual, nos revela como el abad de Solesmes intenta conducir la vocación personal de la carmelita, sometida a muchas tormentas, al cultivo del espíritu de fe y de la generosa entrega de sí misma a través de las profundidades de la oración.
Todo un programa de vida que Dom Prosper vivió para sí en primera persona y que es digno de ser imitado por todos nosotros.

P A X

 

Parisis, obispo de Langres: primer ejemplo de restauración romana – 31/05/2008

Llegados a este punto, resulta necesario subrayar como la llegada de Luis XVIII representó el restablecimiento del uso de la Liturgia romana en las capillas reales: la simple razón de etiqueta lo exigía y es obligatorio resaltar en ese acto valeroso el importante significado simbólico que conlleva.

La época de la Restauración francesa a diferencia del Imperio estuvo marcada por el gran número de operaciones litúrgicas que la significaron. Numerosos misales, breviarios y rituales fueron reimpresos, corregidos, reeditados, incluso creados de nuevo. Todo ello en principio incrementó la confusión ya existente, pero hay que añadir que en medio de ese mismo desorden, se intuía por todas partes los indicios de un regreso a mejores teorías. Para la Divina Providencia no hay mal que por bien no venga, y el regreso a las mejores tradiciones llegará por el hastío y la laxitud que inspirarán cada vez más la abundancia de esas obras particularistas. Por una parte, ya era innegable entre el clero un sentimiento general de malestar por la situación litúrgica reinante: las continuas variaciones y cambios, la disparidad de los libros litúrgicos entre ellos, el retorno a los estudios clásicos, la imposibilidad de fundar una ciencia litúrgica sobre presupuestos tan incoherentes y finalmente la dificultad para satisfacer las exigencias de los fieles, todo ello hacía entrever una gran crisis.

Se comienza a sentir la necesidad, universalmente reconocida, de estar en armonía con la Iglesia Romana, necesidad en continuo aumento, ante la cual se empieza a desdibujar la resistencia de los particularismos locales. Después de todo, resulta natural que se prefiera la Liturgia de San Gregorio y de sus sucesores a la de un sacerdote sospechoso de heterodoxia doctrinal del siglo XVIII. Todo el mundo es capaz de reconocer que si la ley de la fe deriva de la ley de la oración, resulte imprescindible que esta ley sea INMUTABLE, UNIVERSAL y promulgada por una autoridad INFALIBLE.

Por otra parte, la piedad francesa va liberándose cada vez más de las formas frías y abstractas que la habían rodeado durante los siglos XVII y XVIII. Se volvió, como antes de la Reforma protestante, más expansiva, más demostrativa. Empieza a nacer un gusto por las “vías extraordinarias” es decir por los milagros y revelaciones privadas. Así mismo el culto de las reliquias se acrecienta vertiginosamente: los fieles piden a Roma que “hurgando en sus entrañas” retire fragmentos de los santos mártires que celosamente custodia y los envíe a los templos devastados por la Revolución. Roma accederá gustosa: los cofres y los relicarios profanados volverán a mostrar los restos sepulcrales de los antiguos testigos de la fe a un pueblo que ha demostrado su valentía y coraje durante las aún recientes pruebas y persecuciones.

Pero todo ello sería anecdótico sin el paso decidido que diera el que fuera obispo de Langres, Monseñor Pierre-Louis Parisis al restablecer pura y simplemente la Liturgia Romana en su diócesis. Medida valiente que como un gran y solemne ejemplo para muchos, fue explicada en una Carta Pastoral que el prelado envío.

Mons. Parisis fue obispo de Langres desde 1834 a 1851, fundó en 1847 la “Archicofradía para la reparación de las blasfemias” y por tanto fue el primer inspirador de los actos de reparación a Jesucristo por las ofensas recibidas. En 1848 defendió ante la Asamblea Nacional la libertad de enseñanza y fundó y estableció en su diócesis el Colegio de Saint Dizier.

Voy a presentar a continuación algunos fragmentos a modo de resumen de la Carta de este gran obispo, porque las ideas expresadas resultan de una meridiana claridad y porque a la vez constituye el primer ejemplo de restauración romana:

“Queridísimos hermanos: No ignoráis de cuantas divergencias es objeto en esta diócesis la celebración de los oficios divinos. A menudo habéis expresado con dolor esta contradicción y oposición de los ritos entre parroquias vecinas las unas de las otras; de aquí resulta que los fieles a fuerza de ver estas variaciones de cantos y de ceremonias en cada iglesia, se vean obligados a preguntarse si es a un mismo culto que están consagrados los templos cuando se celebran las ceremonias religiosas con una solemnidad tan dispar.

Comprendéis fácilmente el detrimento que sufre por todo esto la Santa Iglesia, esposa de Jesucristo, aquella que no debiera tener ni mancha ni arruga, y particularmente en esta época turbada por tantas tempestades debidas al efecto de las doctrinas impías.

Como efectivamente entre las notas características de la verdadera Iglesia, e incluso antes que otras, la nota de UNIDAD debe brillar y hacerla distinguir de las sectas disidentes, los pueblos que muchas veces juzgan las esencias de las cosas por las apariencias, testigos de estas contradicciones se preguntan si verdaderamente la Iglesia Católica pueda ser “una” por toda la tierra cuando parece contradecirse a sí misma en los límites de una sola diócesis.

Impactados desde hace mucho tiempo por los inconvenientes de una situación tan desafortunada, buscamos en qué manera nos sería posible reunir a todas las parroquias de nuestra diócesis en esta unidad de ceremonias y oficios, tan santa, tan deseada y tan conforme a la unidad y a la edificación de los fieles. Finalmente nos parece que debemos volver a la Liturgia de la Iglesia Romana, nuestra Madre, que siendo centro de la unidad y firme columna de la verdad, nos garantizará y nos defenderá, a nosotros y a nuestro pueblo, contra el vendaval de las variaciones y contra la tentación de los cambios.

Pero con el fin de evitar el daño que pudiera seguirse del uso incluso del remedio que aplicamos, y también a fin que todos se sometan poco a poco a la misma regla, no por violencia, sino espontáneamente, es necesario considerar que la mayor parte de nuestra diócesis estuvo anteriormente sometida al rito romano, mientras que las otras partes segregadas de las diversas diócesis en el momento de la reorganización territorial de las diócesis francesas que llevó a la supresión de un gran numero de obispados, permanecieron ajenas a los susodichos romanos. Hecha esta distinción, declaramos y ordenamos lo siguiente:

A partir del primer día del año 1840, la Liturgia Romana será la liturgia propia de la diócesis de Langres.

Os suplicamos a todos vosotros, que sois nuestros cooperadores en el Señor, de llevéis a cabo la ejecución de esta gran obra en la medida de todas vuestras capacidades, para que igual que entre nosotros no hay sino un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo, haya también en nuestro pueblo un solo lenguaje.

Dado en Langres, en la fiesta de Santa Teresa, el día 15 de octubre de 1839.”

¡Qué admirable celo por la casa de Dios refleja esta Carta verdaderamente pastoral, el mismo que recomendaba el Apóstol San Pablo (Romanos 12,3), idéntico al de San Pío V cuando en el siglo XVI, dio un claro ejemplo a seguir cuando promulgó el gran principio de la unidad litúrgica!

 

 

Primeros esfuerzos para la restauración litúrgica – 24/05/2008

En las postrimerías del siglo XVIII se extinguieron los rigores de la cruel persecución que la Iglesia de Francia había tenido que soportar por espacio de diez años. A partir de 1799 empezaron a reabrirse por todas partes oratorios públicos e incluso iglesias. Los sacerdotes empezaban a dejarse ver en público con mayor seguridad, los altares despojados volvían a ver como una sombra de las antiguas pompas. Salían a la luz y volvían a ser usados en el culto los vasos sagrados, los ornamentos y los relicarios, últimos y raros vestigios de la opulencia del culto católico, sustraídos a la codicia de los perseguidores por el valiente celo y amor de algunos católicos que se jugaron la piel por ello. Nada resultaba tan hermoso como esas primeras apariciones en público de los símbolos de la fe de nuestros padres. Tras el “reinado del Terror”, volvían a celebrarse hermosas ceremonias en las grandes ciudades. En aquellas iglesias devastadas volvía a ofrecerse el dulce Sacrificio del Cordero después de las orgías de las fiestas de la diosa Razón y los discursos de la teofilantropía. Valga el inciso para recordar que la ideología -no es otra cosa- que sostienen Enrique Castro y sus “compañeros no mártires” de la comunidad de Entrevías enlaza perfectamente, aunque con menos “elegancia ilustrada” y más “vulgaridad marxista” con aquel concepto teofilantrópico de los revolucionarios franceses.

Cuando el amor a la belleza y sublimidad del culto católico está arraigado en el corazón de un pueblo como lo estaba en el alma de los franceses, cuando la alianza entre poesía y fe, que constituye el fondo de la liturgia católica, causa en los espíritus una tal atracción y encanto, no existen sufrimientos ni intereses políticos ni siquiera pasiones humanas que puedan hacer olvidar los momentos en los que emociones tan nobles e íntimas han dejado tan profundas huellas en el alma.

¡Cuan culpables o imprudentes aquellos que habían tenido la osadía, durante todo un siglo, de trabajar por todos los medios, para desarraigar los cantos populares y arruinar las piadosas tradiciones que son la vida de los pueblos creyentes! Vuelva a valer el inciso para subrayar que una de las causas de la descristianización actual de España, que no sólo es obra de un gobierno, reside en el masivo traslado de la población rural a las ciudades en la década de los 60, rompiendo las tradiciones religiosas de sus ancestros, quebrando de esta manera los vínculos con las tradiciones populares que son el sustrato afectivo que sostiene el edificio de la fe personal.

Abril de 1802: Dios deja ver su mano en Francia

El Concordato que se estaba redactando desde 1801 y que fue promulgado el día 18 de abril de 1802 tenía un gran contenido litúrgico. Tal concordato garantizaba el ejercicio del culto católico que fue recibido con gozo por una nación que había exultado de alegría viendo el regreso de sus sacerdotes. Nada podía enturbiar el entusiasmo de los parisinos cuando aquel 18 de abril, día de Pascua, el concordato fue promulgado en el transcurso de una bellísima celebración religiosa y cívica. Los fieles celebraban no sólo la triunfante Resurrección del Señor o el paso del Señor cuando los israelitas salieron de Egipto camino de la libertad y la tierra prometida, sino la restauración milagrosa de aquella religión que nueve años antes había sido declarada abolida por un decreto sacrílego. (1791)

Las autoridades se dirigieron con pompa y boato a Notre-Dame donde el legado apostólico Juan Bautista Caprara, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, celebró pontificalmente bajo sus bóvedas previamente reconciliadas.

En el mismo mes de abril, un libro de altos vuelos publicado en ese momento había servido para preparar a los espíritus para una restauración tan maravillosa: el “Genio del Cristianismo” de Chateaubriand. En ese volumen el autor se esforzaba en probar como el cristianismo es verdadero porque es bello y hermoso. Sus argumentaciones sirvieron para reconciliar a los franceses con su alma católica y fueron de más valor y peso que cien refutaciones del “Emile” o del “Diccionario Filosófico”.

Sin duda alguna, la nueva poética revelada por Chateaubriand no estaba al alcance de las grandes masas ni incluso de todos los lectores del libro e incluso se puede afirmar que a veces la obra deja algo que desear, pero la parte litúrgica del “Genio del Cristianismo”, es decir la dedicada a la descripción de las fiestas, de las ceremonias, de las ricas pinturas de las catedrales y claustros medievales, lo que en una palabra formaban los capítulos más populares, dejó una huella indeleble en la sociedad francesa.

Un siglo y medio después de Nicolas Boileau poeta que, como un eco de los antiliturgistas jansenistas, en la fe del cristiano únicamente veía “los misterios oscuros y terribles” en los que el creyente vivía inmerso, la proclamación del cristianismo como una religión eminentemente poética constituía una fecunda reacción.

En calidad de “literatos clásicos” como vimos, Foinard y Grancolas con todos sus secuaces, se pusieron a la caza y captura de todos los responsorios y antífonas que hubieren sido compuestos con un latín diferente al de Cicerón, rellenando toda la nueva obra de pastiches al modo horaciano. Ahora Chateaubriand, dando por sentado el hecho de la poética del cristianismo considerado en sí mismo, ejercerá una vasta acción, de la cual ahora no podemos enumerar todos los beneficios; únicamente y entre otros, el de haber llegado en el momento oportuno. El Papa Pío VII atestiguó su satisfacción de manera clara. El crítico Jean-Joseph Dussault , el ilustre escritor Jean-Pierre Louis De Fontanes y el gran filósofo católico Louis de Bonald se unieron al P. Boulogne para celebrar la importancia de esta victoria contra los enemigos del catolicismo.

Los llamados “Artículos Orgánicos”

Pero en medio de este triunfo, obstáculos inesperados ensombrecieron la alegría y el gozo del Papa y de la Iglesia de Francia. Sin duda el Concordato había sido publicado en Notre-Dame, pero al mismo tiempo algunos días antes se habían decretado un conjunto de 77 artículos que bajo el nombre de “Artículos Orgánicos”, la mayoría elaborados con el objetivo de obstaculizar la influencia del catolicismo y frenar el desarrollo de sus renacientes instituciones. Desearía subrayar únicamente algunas de las disposiciones del capitulo III, titulado “Sobre el culto”.

La primera disposición a pesar de su brevedad tenía una importancia relevante: “Sólo habrá un catecismo y una única Liturgia para todas las iglesias católicas de Francia”. Dejando de lado el catecismo detengámonos a lo concerniente a la Liturgia.

Como resultado de las nuevas circunscripciones diocesanas, la Iglesia de Francia se encontraba sumergida en una deplorable confusión litúrgica. Paso a explicarme: el número de diócesis fue reducido a más de la mitad, y consiguientemente los nuevos obispados estaban formados, en todo o en parte, por el territorio de tres o cuatro de las antiguas diócesis. Se daba el caso, debido a los cambios acontecidos durante el siglo XVIII, que la liturgia catedralicia, lejos de agrupar a todas las iglesias diocesanas en la unidad , veía disputar sus formas litúrgicas por cinco o seis Liturgias rivales, la de las antiguas diócesis. Tal extraño espectáculo era insólito en la Iglesia. Jamás en época alguna, en país alguno se había nunca contemplado una tal anarquía de las plegarias públicas y una tal ruptura de comunión…

Fue nombrada una comisión para la redacción de los nuevos libros de la Iglesia de Francia, pero sus trabajos no llegaron nunca a hacerse públicos. Sabemos únicamente que algunos de sus miembros intentaron hacer prevalecer la Liturgia parisina, otros la de tal o cual diócesis, otros finalmente una amalgama formada por todo el conjunto.

¡Aquel “gran hombre” (Napoleón) que hablaba de su “predecesor Carlomagno” tuvo que aceptar y asumir el hecho de no haber podido alcanzar la altura de miras del ilustre fundador de la sociedad europea…!

Llegó 1806, el proyecto de Liturgia nacional estaba en labios de todos, pero la Comisión constituida para esa tarea no producía nada. El proyecto pues se abortó y de él no queda más memoria que la que nos queda en la redacción de esos Artículos Orgánicos.

Por otra parte siendo Napoleón emperador, y emperador consagrado por el Papa, se hacía necesario que tuviese una capilla imperial, y que esta capilla celebrase los oficios divinos siguiendo las reglas de alguna Liturgia concreta. La antigua corte observaba el uso romano desde tiempos de Enrique III. Napoleón celoso de hacer revivir en todo la etiqueta de Versalles, legisló en este punto: abolió la liturgia romana y decretó que fuesen los libros parisinos los únicos a ser usados en su presencia. Gran honor concedido pues a Vigier y Mésenguy, pero una nueva prueba de la antipatía que albergaba el “gran hombre” por todo aquello que pudiera obstaculizar sus sueños de Iglesia Nacional.

La estancia de Pío VII en Francia

La consagración de Napoleón en 1804 fue también un gran acto litúrgico, pero como tal expresaba la enorme distancia que separaba al “nuevo Carlomagno” del antiguo. Napoleón se retrató a sí mismo cuando como respuesta a la generosidad del Papa por acudir a un acto tan solemne y prestar su ministerio para tal ocasión, tuvo la desfachatez de hacer esperar durante una hora entera al Papa, revestido de los ornamentos pontificales y sentado en su trono en Notre-Dame. Y no sólo eso: Napoleón, colmo de los agravios, en vez de recibir la corona del Pontífice, se ciñó a sí mismo la corona y posteriormente con sus manos profanas coronó a una princesa, sobre la cual, es cierto no puedo sostenerse la diadema.

Pero nada podía hacer disminuir el entusiasmo de los fieles de Paris y de sus provincias, durante los cuatro meses que Pío VII pasó en la capital del Imperio. Pero no había nada de oficial ni de ceremonioso en la masiva afluencia que inundaba las iglesias en las que el Papa llegaba para celebrar la Misa. Los fieles se acercaban por miles entorno al santo altar con la esperanza de recibir la comunión de las manos mismas del Vicario de Cristo. Nos cuentan las crónicas que era un espectáculo emocionante el que ofrecía la multitud, cantando a una sola voz el Credo entonado por su párroco, rodeando de una atmósfera de fe al piadoso Pontífice que, en un recogimiento profundo, celebraba el eterno sacrificio a la vez que daba gracias por haber encontrado tanta fe y amor a la religión en el corazón de los franceses.

Repito que habría que hacer un hermoso libro sobre la estancia de Pío VII en Francia, pero éste debería especialmente resaltar y relatar las visitas que el Santo Padre realizaba a las iglesias que mostraban las cicatrices de la devastación que habían sufrido y en las que ahora el Papa celebraba la Misa con el recogimiento angélico que dejaba huella en su noble e impactante figura. Los parisinos, de los que llegó a ser un ídolo, comentaban con su maravilloso genio: “verdaderamente reza como un Papa…”

La permanente negativa del Papa a la voluntad de Napoleón de controlar a la Iglesia francesa provocó la violenta reacción de éste que en 1809 se adueño de los Estados Pontificios y los incorporó al Imperio francés que retuvo en un primer momento al Papa en Savona para finalmente llevarlo prisionero a Fontainebleau donde permaneció cautivo casi cinco años.

En marzo de 1814 el Papa fue liberado, poco antes de que tras una serie de estrepitosos fracasos militares entre los que destaca Waterloo, Napoleón se viese obligado a abdicar.

Finalmente Napoleón, en cuyo estandarte se divisaba una orgullosa y desafiante águila con una gran “N” entre sus garras, cayó así antes de lo previsto abdicando incondicionalmente en abril de 1814. Las profecías de San Malaquías designan al Papa Pío VII bajo el epígrafe de “Aquila Rapax”, a lo que muchos interpretan con esa coincidencia, el reflejo de los sufrimientos que la rapacidad de Napoleón causó al Papa y a la Iglesia.

Con Napoleón Bonaparte acabó el Imperio y de esta manera las iglesias respiraron. Sin embargo la plena libertad del catolicismo y la restauración litúrgica no llegaría hasta el regreso de la antigua dinastía y la Restauración monárquica en la persona de Luis XVIII.

 

 

La Liturgia de la Iglesia Constitucional Francesa – 17/05/2008

El año 1797 es famoso en la historia de los fastos jansenistas por el conciliábulo que convocaron y llevaron a cabo en Notre-Dame de Paris. Estaban presentes todos los restos del jansenismo, diezmado tanto por la apostasía de muchísimos de sus miembros como por la Revolución que no les había ahorrado el cadalso, pero también por la conversión de varios de sus miembros. Eran veintinueve obispos más seis procuradores de obispos ausentes a los cuales había que sumar otros delegados de segundo orden, todos ellos bajo la presidencia del “ciudadano Claude Lecoz”, obispo metropolitano del departamento de Ille-et-Villaine.

La finalidad del conciliábulo era salvar de sus ruinas aquel proyecto jansenista de Iglesia que había sido abortado por la Constitución civil del clero de 1790 y por el decreto contra los sacerdotes refractarios al juramento constitucional de 1791. En sus actas se denominan a sí mismos como “la Asamblea de los Obispos reunidos” y dicen pretender ocuparse del progreso de la Liturgia. Su deseo era que en Francia hubiese únicamente una única Liturgia para lo cual, consideraban los libros de Vigier y Mésenguy como elementos básicos para la consecución de ese objetivo y poder satisfacer de esa manera las necesidades religiosas de la Iglesia Galicana regenerada. El “concilio nacional” de 1797 testimoniaba su veneración por los autores de la reciente liturgia parisina y recomendaba, como Ricci había hecho en el Sínodo de Pistoya, “El año cristiano” de Le Tourneux y “La exposición de la Doctrina Cristiana” de Mésenguy, como los libros más interesantes para la fe y las costumbres.

Sin embargo, “los Obispos Reunidos” no sólo pusieron todo su empeño en recomendar solemnemente la memoria y los escritos de los reformadores litúrgicos parisinos, sino que elaboraron varios decretos concernientes la materia y el culto divino.

El primero comenzaba así: “El concilio nacional, considerando que es necesario alejar del culto público todos los abusos contrarios a la religión y recordar a los pastores la observancia de las santas reglas, decreta:

-Articulo primero: Las misas simultáneas están prohibidas.

Ya vimos el objetivo de esa prohibición en el plan de los antiliturgistas; observemos aquí el afán de imitar a José II y a Leopoldo, muy claro en los obispos republicanos.

En el segundo decreto se dice: “En la redacción de un ritual uniforme para la Iglesia galicana, la administración de los sacramentos será en lengua francesa. Las fórmulas sacramentales serán en latín”

Poco más de tres años después, en 1801, en las vigilias del famoso Concordato, la catedral de Paris vio aún reunidos en su seno a los pontífices de la Iglesia Constitucional, en su segundo y último concilio.

Entre las muchas cosas que centraron la atención y la solicitud pastoral de aquellos prelados, se encontraba el “proyecto de una liturgia universal para la Iglesia Galicana” que parecía revitalizarse de nuevo y para lo cual el tristemente famoso P. Henri Gregoire, sacerdote lorenés líder del clero juramentado elaboró un informe en el cual hizo entrar, según era habitual en él, un conjunto de anécdotas grotescas y detalles superficiales, sin nexo aparente entre unos y otros, pero con la intención de poner en evidencia aquella erudición superficial y mal elaborada que se encuentra en el fondo de todos sus escritos.

No se privó de atacar la devoción al Corazón de Jesús, tildándola de inconveniente; declamó contra las misas privadas y refiriéndose a San Gregorio VII, afirmó: “Por la tranquilidad del mundo y el honor de la religión, que el cielo nos libre de tales santos”. Finalmente se mostró partidario de recitar el Canon en voz alta y propuso la admisión del tan-tan chino para reemplazar al órgano…

Sin embargo el año 1799, tras diez rigurosos años de cruel persecución, la Iglesia de Francia vivirá un cambio: empezarán los primeros esfuerzos para la Restauración.

La Iglesia Constitucional durará desde 1790 hasta la firma del Concordato en 1801 entre Napoleón y el Papa Pío VII. Justamente, como veremos en el próximo capítulo, la estancia durante 4 meses del Papa en Francia, se convertirá en un capítulo importantísimo para la reforma litúrgica en Francia: será el principio del final.

 

El culto al Sagrado Corazón de Jesús – 10/05/2008

Los sectarios jansenistas creían que para perfeccionar al hombre había que arrancarle el corazón, es decir los afectos y sentimientos, causa principal de su caída y de sus males. Por ello, al ver que el Corazón del Hombre-Dios, símbolo y órgano de su Amor, recibía la adoración de la Cristiandad, se apresuraron a negar el corazón en el hombre para de esta manera negarlo en Cristo mismo. “El amor aleja al temor” (perfecta charitas foras mittit timorem 1ª Jn. 4,18) había afirmado el discípulo bien amado, aquel que en la última Cena había reposado su cabeza en el Corazón del Salvador; el culto al Sagrado Corazón de Jesús aleja del horrible destino (la monstruosa idea de la predestinación), ídolo implacable con que la secta jansenista había sustituido la dulce imagen de Aquel que ama todas las obras de sus manos y quiere que todos los hombres se salven…

Subrayar en primer lugar que la fiesta del Sagrado Corazón fue revelada a una humilde religiosa y que esta revelación permaneció en el secreto del claustro antes de que se convirtiese en la gran noticia para la asamblea de los fieles. El venerable Instituto de la Visitación, fundado por San Francisco de Sales, fue el que Dios se escogió para hacer conocer la obra de su dulce poder mediante la venerable Madre Margarita María de Alacoque, como glorificando de esta manera también y mediante ello, la doctrina del santo obispo de Ginebra, tan alejada del fariseísmo de la secta.

Registremos los principales hechos que señalaron el triunfal desarrollo del culto al Amor de Jesucristo por los hombres. Francia, principal escenario de las maniobras jansenistas, se convierte al mismo tiempo en el lugar de origen y en principal teatro del establecimiento de la nueva festividad, feliz presagio de las intenciones divinas que parecen haber hecho de ese reino la antesala de la derrota, a su debido tiempo, del virus impuro que se agita en su seno.

De esta manera pues, en 1688 Charles de Brienne, obispo de Coutances en la Baja Normandía, inaugura en su diócesis la fiesta del Sagrado Corazón. Seis años después, en 1694, el piadoso Antoine-Pierre de Gramont, arzobispo de Besançon, ordena que la misa propia de esta festividad sea inserida en el Misal de su metrópolis. En 1718, François de Villeroy, arzobispo de Lyon, prescribió la celebración en su insigne sede primacial. Esta fiesta, como no podía esperarse de otra manera, desapareció del Breviario de Montazet. Por otra parte, todo el mundo sabe en que circunstancias memorables, el obispo de Marsella Henri de Belzunce, inauguró en 1720 el culto al Sagrado Corazón de Jesús en medio de su ciudad desolada por la peste. La confianza del prelado fue recompensada con la disminución instantánea de la epidemia y al poco tiempo con la extinción definitiva del flagelo.

Sin embargo la Santa Sede tardaba en sancionar la erección de la nueva fiesta. Obstáculos inesperados en el seno de la Sagrada Congregación de Ritos se oponían a esta aprobación que había sido pedida en el año 1697.

En 1726 el obispo de Cracovia, dirigía a este efecto una súplica a Benedicto XIII a la cual se adhirió rápidamente el rey Federico Augusto de Polonia. Un rechazo solemne y famoso, notificado el 30 de julio de 1729 por la Congregación de Ritos, fue una sensible y dolorosa prueba para los adoradores del Sagrado Corazón de Jesús, y para los jansenistas el objeto de un inesperado triunfo.

El ardor de la controversia suscitada por esta materia, la novedad de esta devoción, la ausencia de un riguroso examen sobre las revelaciones que habían acompañado y producido su institución; todo ello era más de lo que se necesitaba para motivar la resolución de la Sagrada Congregación…

Pero el instrumento que la Providencia se había escogido para consumar su obra no tardaría en llegar. El piadoso cardenal Rezzonico fue llamado por el Espíritu Santo para sentarse en la cátedra de Pedro bajo el nombre de Clemente XIII.

El Santo Padre recibió nuevas instancias de parte de los obispos de Polonia, que pedían unánimemente fuese permitida a la Cristiandad la celebración pública del culto al Corazón del Redentor de los hombres.

Muchos obispos de Francia, es verdad, habían tomado la iniciativa estableciendo la fiesta. Pero en ello, a parte del hecho loable en sí mismo, la Iglesia católica aún debía seguir esperando el juicio que sólo de Roma debía venir.

Todo ello aconteció el 6 de febrero de 1765, y se subrayaba entre los motivos del decreto “que era notorio que el culto al Sagrado Corazón de Jesús se había ya extendido por todos los rincones del mundo católico, animado por un gran numero de obispos y enriquecido con indulgencias por miles de breves apostólicos en la erección de innumerables cofradías”.

La Sagrada Congregación con este decreto desistía de la resolución restrictiva tomada el 30 de julio de 1729 y juzgaba deber condescender con los ruegos de los susodichos obispos de Polonia y la archicofradía romana. Finalmente anunciaba la intención de ocuparse del Oficio y de la Misa, cosa necesaria para solemnizar la nueva fiesta.

Una y otra cosa no tardaron en aparecer (misa “Cogitationes”), y realmente fueron dignos de su sublime objetivo, que es, según los términos del decreto: “renovar simbólicamente la memoria de aquel Divino Amor, por el cual el Hijo Unigénito de Dios revistiéndose de la naturaleza humana y haciéndose obediente hasta la muerte, ha manifestado que entregaba a los hombres el ejemplo de ser “manso y humilde de corazón”.

Con el arraigo entre el pueblo cristiano de la devoción y el culto al Sagrado Corazón, el jansenismo tenía los días contados en Francia. La bula “Auctorem Fidei” de Pio VI en 1794 condenando el Sínodo de Pistoya, condenando sus actas y sus doctrinas hará el resto.

Pero de ello hablaremos en la próxima ocasión.

 

Recapitulación de los procedimientos antilitúrgicos - 03/05/2008

Es necesario que llegados a este punto nos detengamos a considerar los insignes ultrajes de los que la Eucaristía ha sido objeto en el seno mismo de muchas naciones católicas. Es en ello donde descubrimos la malicia de Satanás.

Al principio de esta historia de la Liturgia mostramos como los cátaros y los valdenses tendían a eludir la divina misericordia del Salvador presente bajo las especies eucarísticas, predicando por doquier que si el sacerdote no está en estado de gracia, no consagra; de donde se seguía que siendo Dios el único que conoce el corazón del hombre, el fiel no podía conocer ni creer en la presencia de Cristo en la hostia que recibía en la comunión, ya que ello estaba únicamente asociado al conocimiento o ciencia que Dios tiene del interior del hombre.

A nuestros antiliturgistas, que no se atrevieron a negar la divina Eucaristía, les pareció mejor arremeter contra ella de una triple manera.

1º Como objeto de la fe de los fieles

2º Como sacrificio de propiciación por la salvación del mundo

3º Como alimento vivo del cristiano en la tierra

Veamos los detalles.

1º Si hubieran estado orgullosos de ver al Salvador de los hombres recibir el homenaje de la piedad pública en el “Misterio del Amor”, ¿por qué esos edictos, esos decretos sinodales prohibiendo la exposición del Santísimo Sacramento? ¿Por qué esa obsesión por apagar las velas que se consumían en el altar en signo popular de gozo y amor a Dios? ¿Por qué esa manía de servirse del copón, que oculta la Sagrada Forma, en vez de la Custodia que nos la muestra envuelta de una corona radiante, verdadero triunfo para la piedad devocional?

¿Por qué tantos escritos y tantos reglamentos hostiles al rito de la Exposición Mayor del Santísimo en tantos países? ¿Por qué degradar litúrgicamente en tantos breviarios y misales la Fiesta del Corpus Christi, cuando fue instituida en el máximo rango de las solemnidades de la Iglesia? ¡Que oscuros años y terribles personajes los que pensaron que todo ello era un exceso! No querían que la Eucaristía fuese el objeto de la fe de los fieles, predicaban un Evangelio desencarnado del corazón del hombre y un Jesucristo que más que mostrar el camino del Amor infinito de Dios a los hombres, predicaba a las multitudes lo estrecha que es la puerta que lleva a la salvación y cuán pequeño es el número de los elegidos. Jansenismo puro y duro. Como el de nuestros días entre el progresismo: una Iglesia hecha de pequeñas elites que sí han comprendido la “radicalidad del Evangelio y su opción por los pobres”. ¿Piedad eucarística? Cero. ¿Acceso a los sacramentos? Hay que negarlos a todos los que no conozcamos y formen parte militante de la comunidad. Se refieren a su élite, claro está. El pequeño numero de los elegidos típico del jansenismo.

2º En cuanto al Sacrificio en él mismo. ¿Qué no habrán hecho los antiliturgistas para hacer disminuir la noción sacrificial en el espíritu de los pueblos? El altar les molesta, querrían únicamente una mesa. Quitarán la cruz y los candelabros de él como en Troyes y en Asnières; las reliquias y las flores como en Toscana, perseguían así a Cristo incluso en sus santos, deseando que el altar de Dios estuviera desnudo y gélido como sus corazones.

Alrededor de ese altar, sobre los dones sagrados, se llevan a cabo ritos augustos, precedentes de tiempos apostólicos. Ellos conservarán sólo una parte, después de purgarlos de todo simbolismo, hasta convertirlos en usos vulgares y vacíos de realidad.

Una LENGUA SAGRADA envolvía, como si de una nube se tratase, la majestad de ese altar y los misterios que se desarrollaban: ellos prepararán la abolición de ese uso venerable, introduciendo la lengua vernácula hasta las profundas maravillas del santuario mediante sus “traducciones”, invitando al sacerdote en nombre de una quimérica antigüedad, a romper el silencio del canon, esperando la llegada de la abolición total del latín a favor de la lengua vulgar, tal como lo quería Calvino. ¿Acaso no han proclamado que únicamente la Biblia puede ser la fuente de producción litúrgica? ¿Acaso no han introducido la Sagrada Escritura a golpe de martillo queriendo componer un mosaico teológico a su gusto y placer con la Liturgia?

Y lo más grave para destruir la noción de Sacrificio: han repetido una y otra vez hasta la afectación que el “pueblo ofrece junto con el sacerdote”. Peligrosísimo abuso en una época de calvinismo camuflado, resaltando el “sacerdocio común de los fieles”, laicismo hermano del presbiterianismo que aparecería años más tarde con un triunfo inusitado en la “Constitución Civil del Clero”…

3º Vayamos a la Eucaristía considerada como alimento vivo del cristiano en esta tierra. Bajo este aspecto como en tantos otros, las teorías nacerán y cuajarán en Francia pero su aplicación tendrá lugar en muchos otros países. Los volúmenes de “La Comunión Frecuente” de Antoine d´Arnaud y el Ritual de Alet, ejercerán una enorme y sórdida influencia sobre la práctica sacramental de los fieles, procurando una máxima fundamental que perduró durante muchísimos decenios: que la comunión es una RECOMPENSA a una piedad avanzada y no, como de hecho es, el auxilio de gracia para una virtud principiante. No nos podemos llegar a imaginar hasta que punto esta máxima llego a producir innumerables deserciones al Santo Banquete. Los innovadores italianos además no se contentaron con ello: se aplicaron en ponérselo difícil a los fieles decretando que únicamente podían comulgar con hostias consagradas en la misa a la que habían asistido (prohibido comulgar fuera de la Misa, costumbre que abolirán instantáneamente). ¡Qué medio tan ingenioso para alejar de la comunión frecuente a tantos cristianos convenciéndoles que eran indignos de recibirla con frecuencia!

Pero la cólera del jansenismo aún se convertirá en mayor al ver instaurar en la Iglesia y en el corazón de los católicos, la confianza y no el temor en el Corazón de su Salvador…

Por ello en el próximo capítulo trataré de la importancia de la fiesta litúrgica del Sagrado Corazón de Jesús y de toda la devoción a ella asociada, imprescindible para comprender los primeros pasos de restauración litúrgica en la Francia de los albores del siglo XIX, tras el vendaval galicano-jansenista.

 

 

Siglo XVIII: transformaciones litúrgicas fuera de Francia – 26/04/2008

En Alemania

La Reforma de Lutero del siglo XVI había sido acogida por aclamación en buena parte de los Estados que conformaban el mundo germánico. Para muchos la consiguiente reforma litúrgica protestante había sido una liberación respecto a las molestas e incomodas prácticas exteriores que imponía el catolicismo.

En los territorios que permanecieron católicos, el celo de los antiliturgistas del siglo XVIII no se orientó hacia la falsificación de breviarios y misales sino que se aplicó directamente a las formas del culto católico.

Hacia finales del siglo XVIII, cuando José II de Habsburgo fue revestido de la autoridad imperial, los planes de los antiliturgistas sugeridos por la triple coalición de protestantismo, jansenismo y filosofía, encontraron su apoyo en los poderes del Imperio. De entrada habían conseguido minar al catolicismo en una gran porción del clero alemán, disolviendo en él la noción fundamental de la Iglesia y la autoridad del Romano Pontífice a través de los escritos envenenados de Febronio y más tarde de Eybel.

José II poniendo manos a la obra, inició en 1781 su serie de reglamentos sobre materias eclesiásticas. Empezó, como siempre se ha hecho, declarando la guerra a las órdenes regulares a los cuales les privó de la exención de impuestos y de los medios materiales para su sustento, a la espera de poder echar mano sobre la mismísima jurisdicción episcopal.

Pero dejando de lado ese intrusismo estatal por el cual privaba de su plena libertad a la Iglesia, él sabía que el verdadero medio para resquebrajar al catolicismo en el pueblo era reformar la liturgia. El emperador no perdió el tino y de su mano comenzaron a emanar los famosos decretos para el servicio divino, el detalle minucioso de los cuales, llevó a Federico II de Prusia a denominar a José II como “mi hermano el sacristán”.

Las cosas se pusieron realmente feas. En primer lugar vio la luz una orden por la cual se prohibía celebrar en una iglesia más de una misa a la vez. Posteriormente fue promulgado un decreto según el cual el Emperador suprimía diversas fiestas, abolía procesiones, extinguía cofradías, disminuía las Exposiciones del Santísimo Sacramento, alentaba a servirse del copón y no de la custodia en las bendiciones eucarísticas (es decir a convertir las exposiciones mayores en menores), prescribía el orden de los Oficios, determinaba las ceremonias que debían conservarse y las que debían desaparecer y finalmente, colmo de los ridículos, fijaba el número de cirios y velas que debían alumbrarse en cada oficio. Poco después, José II redactó un decreto de la misma clase, alentando a quitar y a hacer desaparecer las imágenes más veneradas por la devoción popular. Esa fue la obra del llamado “josefinismo” que tanto daño intentó inferir a la Iglesia, especialmente tratando de dañar y destruir la Liturgia en su vertiente más popular.

En Italia

Pero lo que pareció más sorprendente en aquella época fue la aparición de los mismos escándalos en Italia, donde todo parecía ir contra el desarrollo de esa tendencia y contra los primeros síntomas de la herejía antilitúrgica.

Antes de osar reformar el catolicismo en la porción de Italia que desafortunadamente cayó en sus manos, Leopoldo, gran duque de Toscana, necesitaba sentirse apoyado por algún alto personaje eclesiástico de su Estado. Este personaje fue Scipione De Ricci, obispo de Pistoya, el fiel discípulo de los “apelantes” franceses y fanático admirador de todas sus obras, pero muy especialmente de todos sus “brillantes ensayos litúrgicos”.

El 18 de septiembre de 1786 se inició en Pistoya, bajo los auspicios del Gran Duque, aquel famoso Sínodo cuyas actas iban a resultar un explosivo escándalo en la Iglesia, aunque es necesario decir, rápidamente condenado y contenidos sus devastadores efectos…

No voy a tratar aquí del vergonzoso sistema de degradación a la que el Sínodo pretendía someter al conjunto del catolicismo. Sólo nos interesa el apartado litúrgico de sus prescripciones que es digno de ser meditado.

Ya el editor de las “Memorias” de Scipione De Ricci, el volteriano de Potter, nos habla de los planes del obispo de Pistoya: “Sus amigos de Francia, y los italianos que profesaban los mismos principios, no se cansaron de comunicarle sus ideas y sus luces para llevar a cabo una reforma completa del Misal y del Breviario…”

De entrada, la predilección de De Ricci por la escuela litúrgica francesa quedaba clara en la elección de los libros que el Sínodo prescribió a los párrocos. El “Año Cristiano” de Le Tourneux y la “Exposición de la Doctrina Cristiana” de Mézenguy figuraban en el catálogo al lado del “Ritual” de Alet y las “Reflexiones Morales” de Quesnel.

Veamos ya algunas de las prescripciones del que ellos llamaron “Concilio Diocesano”:

1º Evitar en las iglesias las decoraciones demasiado variadas, ricas o fastuosas porque atraen a los sentidos y conducen al alma al amor de las cosas inferiores. Fuera el barroquismo maximalista, todo ha de ser minimalista.

2º Abolir las procesiones que tuvieran lugar para visitar alguna imagen de la Virgen o de algún santo y restringir la duración de la de Rogaciones. El sentido de esta supresión dicen es “evitar los tumultos indecentes y los almuerzos y meriendas que tienen lugar en esas romerías.

3º Que las ordenes religiosas no tengan sus iglesias abiertas al público, que disminuyan los oficios divinos y que no sea celebrada más que una o dos Misas por día en cada iglesia, animando a los demás religiosos a concelebrar. ¿Suena a algo esta prescripción?

4º Se lamentan de la multiplicidad de fiestas que creen “son ocasión para la ociosidad de los ricos y una fuente de miseria para los pobres” por lo que resuelven dirigirse al Gran Duque para que obtener una reducción en el número de días consagrados a los deberes religiosos, es decir una disminución de las fiestas de precepto.

5º Desean eliminar toda sombra de superstición en el culto a la Virgen y a los Santos, como sería “atribuir una cierta eficacia a un numero determinado de oraciones y saludos”. Esta flecha iba dirigida directamente hacia el Rosario y a las diversas Felicitaciones Marianas o Coronillas aprobadas y recomendadas por la Santa Sede.

Así mismo animan a quitar de todos los templos aquellas imágenes que representan “falsos dogmas”, por ejemplo la del Sagrado Corazón o aquellas otras que son ocasión de error, como las imágenes de la Incomprensible Santísima Trinidad (a saber Padre como anciano con barba blanca, su Hijo Jesucristo a su derecha con la Cruz en la mano o los hombros y el Espiritu Santo en forma de paloma que procede de ambos, todo ello en un marco decorativo triangular).

Hay que eliminar también las imágenes a las que el pueblo tributa una confianza singular o invocan como protectoras o poseedoras de alguna virtud especial. El Sínodo ordena desarraigar toda perniciosa costumbre de dar “títulos o advocaciones” a la Virgen, la mayoría consideradas de “índole pueril o vana”.

6º Los “Padres del Concilio de Pistoya” decretan que en las iglesias haya un solo altar y que en este no se coloquen ni flores ni relicarios.

7º Los mismos declaran que la participación en la víctima es una parte esencial del sacrificio de la Misa por lo cual recomiendan comulgar en la misa a la que uno asiste aunque no llegan a condenar la participación sin comunión sacramental en la celebración. Eso sí, “excepto en los casos de grave necesidad los fieles comulgarán con hostias consagradas en la misa a la que han asistido” no con las provenientes del sagrario que serán destinadas únicamente a los enfermos y moribundos.

8º En cuanto a la lengua a emplear en la celebración de los Santos Misterios, las intenciones del Sínodo son claras: “El Santo Sínodo desea que se reduzcan los ritos de la Liturgia a una mayor simplicidad, que se realicen en lengua vulgar y que se pronuncien en voz alta”, porque como dicen los Padres de ese conciliábulo haciéndose eco de su amado Quesnel: “sería en contra de la práctica apostólica y contra las intenciones de Dios, no procurar al pueblo sencillo los medios más simples para unir su voz a la de toda la Iglesia”.

9º Enseña el Sínodo que es un error condenable el creer que la voluntad del sacerdote celebrante puede aplicar el fruto especial del Sacrificio a quien él desee. Esta es una disposición dirigida contra los estipendios e intenciones de Misa que reciben los sacerdotes.

10º Finalmente, el sínodo ordena reducir la Exposición del Santísimo Sacramento a la sola fiesta del Corpus Christi y su octava, excepto en las catedrales donde estará permitida una vez al mes. Pero en las otras iglesias, los domingos y las fiestas, únicamente se dará la bendición con el copón, es decir, lo máximo que habrá será una exposición eucarística menor. Así mismo afirma que el espíritu de compunción y de fervor no puede estar unido a un cierto número de “Estaciones” y a reflexiones arbitrarias y falsas sobre el arrepentimiento y la penitencia, por lo que desaconseja formalmente la práctica del “Vía Crucis”.

En enero de 1786, ocho meses antes de la celebración del Sínodo, queriéndose asegurar la cooperación del clero en su proyecto de reforma religiosa, De Ricci dirigió a todos los prelados de su Ducado, cincuenta y siete artículos a consulta. Los principales artículos giraban en torno a la reforma del breviario y del misal, sobre la abolición de los estipendios para las misas, la prohibición de celebrar más de una misa en cada iglesia, sobre el examen a realizar sobre las reliquias conservadas en los templos, sobre la administración de los sacramentos en lengua vernácula, sobre la instrucción de los fieles con respecto a la comunión de los santos y el sufragio por los difuntos, sobre la urgencia de someter a las ordenes regulares a los obispos diocesanos, etc.…

Se insistía en la necesidad de convocar a menudo sínodos diocesanos en los que el Gran Duque podría encontrar en los sacerdotes el apoyo para sus reformas que no creía tener en sus obispos.

Estos “Puntos Eclesiásticos” con todas las respuestas de los arzobispos y obispos de Toscana fueron publicados en Florencia en 1787. En el frontispicio del libro podemos ver el retrato del Gran Duque rodeado de las figuras alegóricas de la Justicia, el Comercio, la Abundancia y el Tiempo. Todo ello reposando sobre un geniecillo que sostiene un libro abierto sobre el cual está escrita a grandes letras y en francés, la palabra ENCYCLOPÉDIE. Lo suficiente para mostrar las intenciones ulteriores de los antiliturgistas.

 

 

Últimos esfuerzos contra los usos romanos en Francia - 19/04/2008

La liturgia de Rondet

Esperando el aciago día en el que un grupo de laicos presentará a la Asamblea Constituyente francesa la “Constitución Civil del Clero”, he aquí que otro laico, discípulo de Jansenio, un visionario apocalíptico, Laurent-Etienne Rondet es colocado a la cabeza del movimiento litúrgico. Este personaje es llamado por diez diócesis diferentes para dirigir la edición de los nuevos libros que desean concederse. Rondet se convierte en el liturgista de moda. Los pastores de los pueblos, sobre quienes recae la responsabilidad de enseñar la Liturgia, habiendo renunciado a la antigua tradición gregoriana, se inclinan ahora ante un seglar, sectario declarado de unos dogmas que reprueban, y entregan a su censura las oraciones del altar.

En primer lugar hay que subrayar las dos características que tendrá la publicación de todos los misales y breviarios en la que Rondet tomará parte y que los distinguen de los libros parisinos de Vigier y Mézenguy.

La primera característica es el uso absoluto de la versión latina de la Vulgata, eliminando las frases, palabras o sílabas que provenían de la versión llamada Antigua Itálica (esta versión era la traducción latina de la Sagrada Escritura que estaba en uso en la Iglesia antes de que San Jerónimo compusiera la suya y esta se convirtiera en la canónica, por así decirlo, en la oficial), porque recordaba el origen gregoriano de algunos responsorios y antífonas. Esa aversión a la Antigua Itálica era una forma sectaria de cancelar y suprimir cualquier vestigio que nos recordara la antigüedad de las tradiciones litúrgicas gregorianas.

La segundo característica de los libros litúrgicos salidos de la mano de Rondet es el haber compuesto un “Común de sacerdotes”, eliminando el “Común de confesores” (hay que saber que junto al Ordinario y al Propio del Tiempo, los “Comunes de los Santos” constituyen una parte esencial del Misal). Este nuevo apartado en los “Comunes” constituía un deplorable abandono de las tradiciones litúrgicas y conllevaba la supresión absoluta del título de “confesor” (entendiéndose por confesor a aquel que con su vida ha dado testimonio de su Fe, y no al que administra el sacramento de la penitencia), sin el cual es imposible comprender nada del sistema hagiológico de la Iglesia Católica. Dentro del “Común de los Confesores” se encontraban tanto Pontífices (Papas y Obispos), Doctores de la Iglesia, no Pontífices (desde un hermano lego a un simple sacerdote o fundador de orden religiosa), unidos todos ellos por una confesión valiente de su Fe diferente al Martirio o al testimonio de la Virginidad. La reforma litúrgica de 1969 imitó el mismo error, no porque creara como Rondet un “Común de Sacerdotes” sino porque creó un “Común de Pastores” y un “Común de Hombres Santos”, eliminando el de “Confesores”, un sinsentido sin fundamento en la tradición romana.

Las innovaciones en Lyon y el nuevo Ritual de Paris

Pero todos esos desastres no fueron nada comparados al lamentable espectáculo que protagonizó la santa Iglesia de Lyon, sede primacial de la Galia. Después de lo ocurrido podemos afirmar que perdió su antigua belleza pues quedó viuda por una parte de los cánticos de su San Ireneo y de las melodías gregorianas que Carlomagno le impuso. A partir de este momento ya no tendrá nada que mostrar al peregrino atraído aún por el recuerdo de su gloria litúrgica condensada en los imponentes ritos galicanos que aún practicaba con toda solemnidad y pompa. El esplendor oriental de esos ritos hubiera sido suficiente para que el viajero católico continuara  dirigiéndose a Lyon para asistir a la hermosa liturgia si no fuera porque se encontraría con el cruel contraste de una desolación total.

El día 13 de noviembre de 1776 el Cabildo de la Catedral Primada de Lyon substituyó la venerable liturgia galicana por la liturgia parisina, humillando así a la Iglesia de Ireneo ante la Iglesia de Vigier y Mézenguy. En ese momento llegó el ocaso a la iglesia lionesa que se había jactado de “no haber conocido jamás las novedades”. Parecía estar escrito que la desviación sería universal porque por doquier se había desdeñado la regla de la Tradición. Estaba ocurriendo lo mismo que sucedió en la reforma del 69: al producir una mutación tan fuerte en la liturgia romana tradicional (desdeñada pues la regla de la Tradición) todas las liturgias occidentales fueron reformadas con la misma vara de medir. Así pues se hizo una reforma usando los mismos parámetros para las liturgias hispanomozárabe y ambrosiana…

No obstante, como siempre sucede, se reveló una valiente aunque débil oposición. Una minoría del Cabildo Primado hizo escuchar sus reclamaciones y editó un manifiesto titulado “Motivos para no admitir la Liturgia del Sr. Arzobispo de Lyon”. Pero pronto el Parlamento de Paris condenó el opúsculo a la hoguera y siguiendo la sentencia de un tribunal secular pero en última instancia juez de las cuestiones litúrgicas francesas,  los redujo al más absoluto silencio. Se aceptaron sin reservas ya, los breviarios y el misal del arzobispo Antoine Malvin de Montazet y con él  tomó cátedra la herejía antilitúrgica bajo las bóvedas de la catedral de Lyon.

Para acabar de completar su obra, Montazet hizo elaborar una teología para su Seminario que ha quedado inscrita en la historia de la Iglesia como el testimonio de las mayores producciones  de la herejía en el siglo XVIII.

A su vez, en Paris el arzobispo Juigné, aunque no renovó ni el misal ni el breviario, llevó a cabo una obra litúrgica si cabe aún más grave: la publicación de un nuevo Ritual que sobrepasaría todas las osadías vistas hasta entonces. Ya no se trataba de reelaborar himnos, antífonas o responsorios. Ahora era ya cuestión de cambiar las oraciones usadas en la administración de los sacramentos que hasta ahora no habían sufrido ninguna variación. En el Ritual parisino de 1776 fueron modificadas las fórmulas sacramentales unidas intrínsecamente a la enseñanza dogmática de los primeros siglos. Lo más puro y grave, lo más universal tenía que desaparecer para dejar sitio a “las más elegantes” oraciones del canónigo Revers de Saint Honoré, del P. Plinkett, doctor en La Sorbona y del secretario del Arzobispo el P. Charlier.

Sólo faltaba un paso para llegar al Canon de la Misa y verlo desaparecer para dejar lugar a nuevas frases y poder acercarse a los protestantes, librándose así del invencible peso del testimonio de los siglos que el Canon Romano representaba.

Otro paso más y la razón para no admitir la lengua vulgar en la Liturgia desaparecerá, razón fundada en la necesaria inmutabilidad de las fórmulas misteriosas.

Fueron necesarios semejantes hechos para constatar  la extraña desviación que los antiliturgistas habían causado en el espíritu de los católicos franceses sin ningún escrúpulo. Más de cincuenta años tuvieron que pasar hasta que con seriedad y rigor se decidiera volver a las antiguas fórmulas de la Tradición.

 

 

¿Qué hizo Roma ante tantos abusos y desviaciones? – 12/04/2008

Durante estos últimos capítulos que he consagrado a la historia de la Liturgia en la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del XVIII, casi nos hemos ocupado exclusivamente de Francia. Este país fue el escenario de la triste revolución que he querido describir. El resto de la catolicidad permaneció fiel a las tradiciones antiguas, a la unidad de la Liturgia romana. La Santa Sede continuó reglamentando las formas del culto, sus decretos fueron acogidos obedientemente y los libros gregorianos continuaron sirviendo de expresión a la piedad del clero y de los fieles.

Durante la primera mitad del siglo XVIII la liturgia romana continuó enriqueciéndose. Mientras la Iglesia Galicana procedía a la destrucción, los Romanos Pontífices, celosos del antiguo depósito de San Gregorio, lo enriquecían con nuevos oficios y fiestas, como describiré al final de este capítulo.

Pero el problema es comprender el silencio de Roma sobre las reformas francesas.

No me resulta raro escuchar de personas interesadas en esta historia de la Liturgia que estamos recorriendo, testimoniar su asombro ante esos mismos pontífices, tan celosos por el depósito de las tradiciones litúrgicas y tan tolerantes aparentemente ante las desviaciones.

Me expresa un muy apreciado lector su extrañeza de que los Papas no hubiesen cargado contra las novedades de las que eran teatro las Iglesias de Francia y fulminado a sus culpables autores. Me insinúa también el mismo lector, que tal vez los “innovadores” entendieron que el silencio que mantenía Roma podía interpretarse como una especie de aprobación.

Ya en su tiempo, fue un argumento muy sacado a colación por los innovadores: servirse del aparente silencio de la Santa Sede para autorizar sus sentimientos y sus prácticas audaces. Infinidad de veces se les respondió que no podían interpretar el silencio de la Santa Sede como una aprobación. El Papa ha recibido la misión de enseñar, es doctor universal de todos los cristianos. Cuando Roma habla, la causa se zanja (Roma locuta, causa finita) pero mientras no habla tenemos que abstenernos de interpretar algo de su silencio.

De todas maneras si alguien quisiese tomarse el trabajo de recorrer las colecciones impresas de decretos de la Congregación de Ritos, se encontraría con múltiples pruebas de la intención constante de la Santa Sede sobre la observancia de las constituciones de San Pío V sobre el Misal y el Breviario romanos. Todas las cuestiones dirigidas sobre este tema a Roma se resolvieron siempre en el mismo sentido…

Admitamos que Roma no se puso a especificar nada sobre las nuevas liturgias francesas, pero convengamos al mismo tiempo que no le faltó ni siquiera una ocasión para declarar que las Iglesias particulares no gozaban de la libertad para darse otro Breviario y otro Misal que no fuesen los de San Pío V.

Ese santo monje y restaurador litúrgico que fue Dom Guéranger afirma que las razones por las que la Santa Sede conservó una tal reserva en el asunto de las nuevas liturgias se encuentra en la prudencia, la paciencia y magnanimidad con que Roma actúa en el gobierno eclesiástico. El restaurador de Solesmes añade a tal causa la razón definitiva: la esperanza de evitar nuevas discordias. Como ejemplo pone la actitud de Benedicto XIV que aún declarando que no hay nada más opuesto a la doctrina sobre los derechos del Romano Pontífice que la defensa que Bossuet hace de la “Declaración de 1682”, se abstuvo de censurarla.

¿Cómo explicar esa tolerancia? De la misma manera que se explicó la tolerancia litúrgica.

Pero según mi humilde opinión, a más de 150 años de la de Dom Guéranger, también hay que buscar las causas en el profundo complejo de inferioridad que la Santa Sede experimentaba ante la Ilustración y las filosofías y las ciencias nacidas de ella.

Ese complejo se hacía extensivo también por ejemplo a las monarquías de la época que no supieron enfrentarse con lucidez a los reproches que los ilustrados comenzaban a lanzarles.

Tampoco la filosofía cristiana escolástica se sentó a dar batalla al racionalismo y al idealismo y a la ética kantiana. Cuando estuvo en grado de hacerlo, llegaba tarde a las universidades europeas.

Lo mismo pasó en el siglo XX con las “nuevas teologías” nacidas en la posguerra europea: estas nacían del interior de la escolástica y casi nadie tuvo la gallardía de alzarse a plantarles cara. Cuando el neotomismo quiso hacerlo, las facultades de Teología y los Seminarios volvían a estar infectados de modernismo y este parecía tomar carta de naturaleza al sentarse en la persona de los teólogos-asistentes de los venerables padres conciliares del Vaticano II. (Congar, Chenu, Küng, Rahner, Schillebeeckx,…)

Lo mismo pasó ante la Reforma Litúrgica posconciliar, como bien expliqué en la primera parte de EL FIADOR dedicada al Movimiento Litúrgico: con muy poca formación en historia de la Liturgia (un liturgista preconciliar era ante todo un rubricista) pudieron ser embaucados con facilidad por innovadores mesiánicos como Annibal Bugnini y secuaces, que no estaban haciendo otra cosa, si nos fijamos bien, que reintroducir las “innovaciones” de corte jansenista y galicano de finales del XVII e inicios del XVIII.

Y Pablo VI convencido de que ese era el futuro, y con él casi toda la Iglesia y todos y cada uno de nosotros que estuvimos convencidos que debíamos ir por esos caminos de la Liturgia del 69. Y además ciegamente convencidos que eso era lo pastoralmente adecuado. (Bueno, toda la Iglesia no, una pequeña aldea en la Galia resistía,….)

La vía del enriquecimiento

El grande y piadoso Clemente XI colmó una laguna importante en los libros de la liturgia. Entre las plegarias que la Iglesia eleva a Dios en las diversas calamidades, los siglos precedentes no habían compuesto nada para implorar del Señor el vernos liberados del flagelo de los terremotos.

En el año 1703, habiendo sido desolada Italia por numerosas catástrofes de este género, Clemente XI compuso y colocó en el Misal tres magníficas oraciones encabezadas bajo el epígrafe “Tempore terrae motus” (para el tiempo de terremotos). En el breviario y en las letanías prescribió esta invocación: “A flagello terrae motus, libera nos Domime”

Fue el mismo Papa que extendió a la Iglesia Universal la solemnidad del Santísimo Rosario, con doble rito mayor, en conmemoración de la victoria de Lepanto.

Inocencio XIII instituyó la fiesta del Santo Nombre de Jesús.

Benedicto XIII instituyó la de los Siete Dolores de la Virgen y la de la Virgen del Carmen. Fiestas todas ellas degradadas litúrgicamente por Bugnini en la reforma del 69.

El Martirologio Romano fue especialmente objeto de los trabajos de Benedicto XIV quien preparó una edición que bajo su autoridad vio la luz en Roma en 1748.

 

 

Nuevas liturgias en reacción contra el espíritu jansenista – 05/04/2008

Hicimos referencia en el pasado capítulo a la serie de manifestaciones (“reclamaciones”) del espíritu católico frente a las novedades litúrgicas que se producían en todas partes. Sin embargo, debiera asombrarnos el hecho de que semejantes reclamaciones, inspiradas por una recta intención y un enérgico espíritu, no suspendieron ni atajaron de raíz aquellas innovaciones, lo máximo que hicieron eran ralentizarlas. En el fondo los mismos “reclamantes” compartían algunas convicciones con los jansenistas, signo evidente de lo muy arraigadas que estaban algunas desviaciones entre los católicos franceses. Los unos y los otros en lo más profundo de su espíritu convenían en 4 aspectos:

1º que la Iglesia de los primeros siglos había gozado de una perfección que faltó en los siglos siguientes.

2º que las instituciones eclesiásticas de la Edad Media eran el resultado de principios menos puros que los de los primeros siglos.

3º que se podía hacer algo para encajar y adaptar las costumbres religiosas y armonizarlas con las necesidades de la sociedad del tiempo.

4º que consiguientemente Roma iba con retraso con respecto al movimiento de “aggiornamento” (puesta al día) que estaba siendo preparado y concebido en la Francia ilustrada del siglo XVIII.

Esta libertad para enjuiciar las instituciones contemporáneas de la Iglesia no sólo debilitaba la autoridad de la Santa Sede sino también de todas las diócesis que se habían puesto al lado de Roma en el asunto de Jansenio y Quesnel; esto es lo que explica cómo obispos no jansenistas como De Harlay y Vintimille, se apoyaron públicamente en jansenistas para misiones de alta confianza como las cuestiones litúrgicas.

Muchos obispos sinceros en su ortodoxia proclamaban que nunca un jansenista recibiría encargos litúrgicos y que no aceptarían en su diócesis el Breviario de Paris pero emprendieron una reforma litúrgica llena de novedades sin siquiera preguntarse si esta ruptura con uno de los vínculos externos que unían la Iglesia de Francia a la Sede Apostólica no constituía por sí misma un principio de debilitamiento doctrinal. En una palabra: no entendieron cómo la unidad litúrgica con Roma era un principio de fortaleza doctrinal frente al jansenismo y prefirieron hacer la guerra por su cuenta. Los breviarios renovados por esos prelados animados de un celo sincero por la doctrina de la Bula “Unigenitus”, contenían una confesión enérgica contra los errores jansenistas y pues, contra los nuevos libros parisinos, pero cayeron en la contradicción de romper con la tradición en tantos puntos litúrgicos pero unirse a la tradición en un único punto de doctrina. Es decir: hicieron nacer libros que rompían con el jansenismo pero seguían rompiendo con la tradición romana, la única que podía asegurarles la fortaleza doctrinal en plenitud. En resumidas cuentas: que se podía ser moderno y novedoso al mismo tiempo que antijansenista.

El breviario de Amiens de 1746

El primer breviario que se distinguió por esa petulante estupidez fue el que en 1746 publicó Louis-François d´Orleans de la Motte para la diócesis de Amiens. Ese venerable prelado, celoso en defender la pureza de la fe en su diócesis, a la que dio ejemplo de toda virtud, sin embargo había rendido culto al amor universal por las novedades que conllevaban los tiempos modernos.

Mientras que los jansenistas suprimían las formas romanas de la Liturgia que creían incompatibles con sus máximas, De la Motte creyendo percibir un riesgo en el empleo de una parte de las colectas de los domingos después de Pentecostés que hablaban del poder de la gracia, las suprimió. El obispo temía que los jansenistas las usasen torticeramente en sus predicaciones llegando a causar desviaciones en el pueblo. Era la primera vez en la Iglesia que para defender la verdad alguien utilizaba un medio análogo al que utilizaban los sectarios para combatirla: alterar las fórmulas litúrgicas. Sin embargo en los nuevos libros de Amiens se buscó disimular las intenciones que les habían llevado a la supresión de las citadas colectas. Se habló de una nueva base de edición, de cómo todas las misas de los domingos surgían a partir de la lectura del evangelio del misal romano y como todas las otras fórmulas dependían de ese epicentro temático: los introitos, los graduales y ofertorios, las comuniones y las epístolas, todo había sido renovado siguiendo esa necesidad. Y consiguientemente también las colectas…

El “breviarium ecclesiasticum” de Urbain Robinet

El año 1744 fue memorable para los fastos de la “Liturgia Francesa”. Fue en ese año en el que el Dr. Urbain Robinet publicó su “Breviarium Ecclesiasticum”. Sin duda alguna las intenciones que lo animaron eran puras y rectas. Quería presentar un cuerpo litúrgico, editado en sentido católico, que presentase oposición al Breviario de Vigier y Mésenguy contra el cual había reclamado enérgicamente.

Por lo demás, en los principios generales de la innovación litúrgica, pertenecía a la misma doctrina: siempre la eterna manía de adaptar el lenguaje de la Iglesia a la medida de un siglo en particular y las ideas de un solo compositor; la Escritura admitida como materia única de las antífonas, versículos y responsorios, la obsesión por abreviar el breviario. Pero una vez hechas estas reservas, hay que reconocer en Robinet un honesto católico que seguía la ley de su tiempo y que a la par que veía que había que abrazar con sumisión los juicios de la Santa Sede contra los nuevos errores, no comprendía que era un error el hecho de separarse de la unidad y la universalidad en una cosa que es de tan suma importancia para las entrañas del catolicismo como la Liturgia.

Quiero sin embargo señalar que el breviario de Robinet no tuvo la difusión que tuvo el breviario de Vigier y Mésenguy, principalmente porque este último contaba con el apoyo del partido jansenista y aparecía al publico como el Breviario de la prestigiosa Iglesia de Paris, pero también por el hecho de que el de Robinet a pesar de partir de una mejor doctrina y una ciencia más variada no poseía el gusto por la armonía de formas del que hacía gala el de Vigier y Mésenguy. No es de extrañar que junto a Amiens únicamente lo adoptasen las diócesis de Le Mans, Cahors y Carcasona.

A parte de todo esto, debemos subrayar en todos ellos, el forzado sentido “acomodaticio” que se vieron obligados a utilizar con algunos pasajes para poder sustituir todas las piezas de estilo eclesiástico que eliminaron. Y eso especialmente en el propio de los santos.

Por ejemplo, en la fiesta de la Asunción de la Virgen usan una antífona de vísperas sacada del capitulo XXI de Judith versículo 21: “Tu in domo Nabuchodonosor magna eris et nomen tuum nominabitur in universa terra” (Serás grande en la casa de Nabucodonosor y tu nombre será pronunciado sobre toda la tierra) que son las palabras que Holofernes dirige a Judit para recompensarla por la traición a su pueblo. Ciertamente si este acomodación de las palabras a la Virgen no roza la blasfemia entonces debemos decir que la palabra de Holofernes es la palabra de Dios y la casa de Nabucodonosor el reino de los cielos…

Igual sucede con el común de abades, cuando se utiliza en el capítulo de tercia el vers. 29 del 1er. libro de Macabeos cap 2.: “Descenderunt multi quaerentes judicium et justitiam in desertum et sederunt ibi” (“Y descendieron numerosos hacia el desierto, buscando el juicio y la justicia y se establecieron”) para profetizar el estado monástico. Lo que pasa que el versículo continúa diciendo: (ipsi et filii forum et mulieres forum et pecora forum” (“y sus hijos, y sus mujeres y sus rebaños”), lo cual no encaja muy bien con el estado cenobítico….

Ese el riesgo de obsesionarse con el “Deum de suo rogare” es decir, rogar a Dios únicamente con la misma palabra de Dios, sacando todo exclusivamente de la Biblia…

 

 

La Liturgia de Vintimille (y II) – 29/03/2008

Y posteriormente el Misal

Una vez estrenado el Breviario, se hacía necesario dar un nuevo Misal que reprodujera el mismo sistema de cosas. Se consideraba que el Misal de De Harlay, revisado por el cardenal De Noailles, era demasiado conforme a la liturgia romana si este debía encajar con el calendario y las otras innovaciones del nuevo Breviario. Así pues, resultaba imprescindible redactar un nuevo Misal. El acólito Mesenguy fue elegido para esa tarea. Era el autor de una buena parte del nuevo Breviario y cuando se formó la comisión encargada de responder a las numerosas reclamaciones que este suscitó, no se había tenido la deferencia de invitarlo. Quedaba pues una deuda pendiente pero su cualidad de “apelante” (es decir opositor de la Bula Unigenitus que condenaba el jansenismo) y de hereje notorio había imposibilitado su presencia pública en tal comisión. ¡Qué menos que conservar las formas! Pero en esta ocasión, a pesar que la tarea de redacción de un nuevo Misal es mucho más importante que la del Breviario, ya que se trata del Sacramentario de la Iglesia de Paris, se deposita la confianza en ese hombre herético que ni incluso era sacerdote…

Parece ser que Mezenguy ya había comenzado mucho antes la tarea de confección del misal, de suerte que este se encuentra ya preparado en 1738, fecha en la que fue anunciada su publicación mediante una carta pastoral del arzobispo fechada el día 11 de marzo.

Viniendo al detalle de las modificaciones introducidas en ese libro, el Arzobispo Vintimille habla así: “Casi no se han realizado cambios en los evangelios y epístolas de los domingos y los días feriales. Los cambios se han hecho en las piezas cantadas de las misas del tiempo”. Monseñor Charles de Vintimille confesa pues sin escrúpulo alguno uno las más graves infracciones infringidas a la liturgia desde el punto de vista de su popularidad: el cambio de los graduales, versículos y aleluyas así como los introitos de las misas. ¡Que triste ver privado al pueblo de esos puntos de referencia tan importantes también para la vida social y cultural! Hay que saber que casi sin excepción el pueblo regulaba el año civil llamando a cada día con las primeras palabras del introito de la misa: así para designar el domingo después de Pascua se decía “domingo Quasimodo”, así como domingo Laetare es el IV de Cuaresma o Gaudete es el III de Adviento. El pueblo cristiano sabía muy bien cuando eran las témporas de septiembre y el sábado Sitientes o el domingo de Lázaro. Todos los cambios en ese sentido desconcertaban al pueblo, como desconcertó la reforma del calendario santoral en 1969. Por poner un ejemplo: todo el mundo sabía que los pollos de corral para el ágape navideño se compraban en la Feria de Santo Tomás o que la primavera llegaba el día de San Benito, sin duda muy lejos de los días 3 y 11 de julio en los que ahora se han puesto las fiestas del apóstol “incrédulo” y del padre del monaquismo occidental (en el calendario gregoriano, los días 21 diciembre y 21 de marzo respectivamente).

En su carta pastoral, Vintimille dice haber escogido los pasajes de la Escritura más adecuados para piedad y los más fáciles de adaptar al canto a la vez que más en consonancia con las lecturas de la misa: “No hemos propuesto por encima de todo, buscar lo que pudiera ayudar a elevar el corazón a Dios y a alimentar el fuego sagrado de la fe, la esperanza y la caridad”. ¡Qué presunción! San Gregorio se había propuesto lo mismo y durante doce siglos parece ser que acertó: ahora es un jansenista como Mesenguy el que nos va a procurar una sobreabundancia de unción y de espíritu de oración. ¡Ese hereje apelante se convertirá en el órgano del Espíritu Santo para la Iglesia de Paris! Y no sólo eso, ella tendrá el triste honor de conducir a las otras Iglesias de Francia por la desafortunada senda que había emprendido. Treinta años después de la aparición del Breviario de 1736, la Liturgia Romana había desaparecido de tres cuartas partes de las catedrales de Francia y casi sesenta se declararon a favor de la obra de Vigier y Mesenguy, incluida entre ellas la venerable Iglesia de Lyon.

Conclusiones

Saquemos las conclusiones que de todo ello evidenciamos en los hechos recogidos en este capítulo:

1º Alejamiento de las fórmulas tradicionales. Foinard, Grancolas, el Breviario y el Misal de Vintimille: por doquier se reivindica que es necesario rezar a Dios con las propias palabras: “Deum de suo rogare”.

2º En consecuencia, sustitución de las fórmulas de composición eclesiástica por pasajes bíblicos. Esa es la intención buscada y ejecutada, toda la obra rezumara ese gusto.

3º Elaboraci&oac