SEMPER IDEM
Por Aurelius Augustinus

 

Ni podemos, ni debemos, ni queremos olvidarlos - 24/07/2008

Julio es un mes que trae inevitablemente el recuerdo de aquel verano ardiente de 1936, cuando en España se desató la etapa más cruel y sangrienta de la persecución religiosa que venía teniendo lugar sistemáticamente desde 1931, bajo la Segunda República. Porque a todo lo largo de ese período de vorágine política no faltaron estallidos de furia anticatólica, que se tradujeron en quemas de iglesias y conventos, maltrato y hasta asesinato de sacerdotes y religiosos, destrucción de ingente patrimonio artístico y cultural por el solo hecho de su carácter religioso. Un ensayo general a escala local de lo que sería la gran oleada persecutoria que inundaría media España algún tiempo después lo constituyó la Revolución de Asturias de 1934, aquella intentona de los socialistas y comunistas de tomar el poder por la fuerza al no resignarse a la victoria limpia y legal de las derechas en las elecciones del año anterior (dicho sea de paso, fue ese golpe de Estado frustrado y no el Alzamiento del 18 de Julio lo que condenó irremisiblemente y acabó por dar al traste con la República).

Se ha dicho más de una vez que la Iglesia Católica había dado pábulo a sus enemigos para que se cebaran contra ella en aquella década tan decisiva de los años Treinta del siglo pasado. Ello es ignorar los hechos. En primer lugar, el advenimiento de la República fue recibido por los católicos serenamente. Bien es cierto que había obispos afectos a la Monarquía que acababa de caer (el más destacado fue el Cardenal Segura, entonces arzobispo-primado de Toledo), pero la jerarquía española recordó que la Iglesia no aprueba, como cuestión de principio, ninguna forma de gobierno más que otra, sino que apoya a cualquiera que cumpla con el deber esencial del Estado, cual es el de procurar el bien común. Los católicos fueron libres de participar activamente en política ocupando cargos y puestos bajo la República, cuyo primer presidente, Niceto Alcalá Zamora, era practicante. Así pues, la acusación de hostilidad hacia el nuevo régimen por nostalgia y apego al anterior, bajo el cual se habría sentido más cómoda la Iglesia no se ajusta en modo alguno a la verdad.

En segundo lugar, lejos de observar una actitud provocadora o desafiante, la Iglesia Católica se mostró prudente, a veces hasta en exceso frente a un Estado agresivo e intolerante. La actitud del Nuncio Apostólico, Mons. Federico Tedeschini (más tarde cardenal) fue juzgada demasiado apaciguadora y condescendiente con un poder político que no demostraba consideración hacia la religión mayoritaria de España. Idéntica postura fue la observada por el Cardenal catalán Vidal i Barraquer. Es más: se sacrificó a los prelados más valientes –el Cardenal Segura y el obispo Múgica de Vitoria– por bien de paz, que se demostró al final ser completamente ilusorio. A pesar de la Carta de los Metropolitanos de 1931 y de la Pastoral Colectiva del Episcopado Español de 1932, los Obispos se mantuvieron por lo general en un silencio expectante, que fue funesto para los católicos, que esperaban de ellos una guía para la acción y se vieron en consecuencia desorientados, sin saber cómo proceder y dejándose ganar el terreno por los sindiós. La Acción Católica, que habría podido ser una fuerza determinante y disuasoria a la hora de enfrentarse a las políticas antirreligiosas del gobierno como correa de transmisión de las directivas del episcopado, adolecía de falta de organización y de empuje y quedó completamente neutralizada. No hubo, pues, una fuerte y concertada oposición católica a los desmanes de los sectarios y la Iglesia acabó yendo como oveja al matadero.

Otro mito a destruir es el de que la Iglesia española se negara a perder su situación de privilegio y de grandes riquezas y que se hallara alejada de las clases populares. A todo lo largo del siglo XIX fue ella precisamente a cuyas expensas mayormente se produjeron los cambios políticos que convulsionaron a España. Después de la Revolución de 1789 ya nada fue igual en Europa y el liberalismo burgués se impuso sin respeto alguno por tronos y altares. La Iglesia aquí no fue ya ni sombra de lo que fue bajo los Austrias, que es cuando mayor esplendor e influencia alcanzó (y aun así habría que discutir si su estatus bajo el régimen de Regio Patronato, es decir, prácticamente infeudada a la Corona, era lo ideal desde el punto de vista de la doctrina católica). Las sucesivas desamortizaciones dieciochescas y decimonónicas la habían despojado prácticamente de la mayor parte de su patrimonio, de modo que tanto el clero secular como el regular subsistían a base de las temporalidades pagadas por el Estado (no en razón de ser éste católico sino de haber sido ladrón, tal como pasaba con las asignaciones bajo el régimen de Franco), las pías fundaciones, las rentas de unas muy mermadas propiedades y las donaciones y legados, muchas veces bastante mediatizados. Además, con estos recursos la Iglesia sostenía una extensa y eficaz red de beneficencia, a la que el Estado no se veía capaz de tan sólo igualar. Precisamente en el primer tercio del siglo XX, habían comenzado a florecer toda clase de iniciativas novedosas por parte tanto del clero como de los seglares a favor de esas clases populares a las que se suponía falsamente que la Iglesia era ajena: agrupaciones sindicales católicas, escuelas nocturnas, enseñanza gratuita de artes y oficios, etc.  En Barcelona, por ejemplo, el obispo Irurita impulso desde 1931 el Instituto Pro-Obreros. Otro ejemplo de espíritu emprendedor a favor de los trabajadores lo constituye el de la beata Carmen Viel Ferrando, de Sueca (Valencia), que fundó en su ciudad natal el “sindicato de la aguja”, para enseñar a las jóvenes las labores de costura con las que ganarse la vida.

Baste lo anterior para desbaratar cualquier argumento tendente a justificar lo injustificable: el intento de exterminio de la Iglesia Católica, contra la que se desató en julio de 1936 una suerte de guerra total, que sucedió a la que hasta entonces había sido persecución esporádica, pero sistemática. En los primeros meses de la Guerra de España arreció la furia homicida de las fuerzas de choque que habían tomado efectivamente el poder en la parte sometida a la República ante la pasividad e inacción del gobierno. Así media nación e vio sometida a los mismos métodos que los bolcheviques estaban empleando en Rusia desde 1917. No en vano Stalin se había cuidado bien de enviar sus comisarios como asesores de los comunistas autóctonos para enseñarles la manera metódica y científica de matar representada en las tristemente célebres checas, que fueron instaladas en cada barrio de la geografía de la España roja.  El hecho es que la gran mortandad de católicos muertos in odium fidei se produjo antes de acabar el año fatídico de 1936. En sólo los meses de julio y agosto se ejecutó a diez de los trece prelados mártires. Algunos han atribuido el hecho de esta alta concentración de muertes al carácter descontrolado de los revolucionarios al principio de la contienda, imposibles de contener por las autoridades. Sin embargo, el que amainara –por así decirlo– el volumen de sangre en lo sucesivo no debe creerse que se deba a un mayor control gubernamental de los exaltados ni a una mitigación de la persecución (que podría admitirse aunque con mucha relativización), no. Es claro que los asesinatos de gente de sotana y hábito y de seglares por el solo hecho de ser católicos disminuyeron conforme iban quedando menos de ellos que matar, lo cual se debe a tres hechos: la matanza intensiva del inicio, las evasiones exitosas al extranjero o a zona nacional y una mayor eficacia en disfrazarse y esconderse de los que no pudieron o no quisieron huir, una vez pasados los primeros tiempos de desconcierto. El afán asesino de los perseguidores quedó intacto, como lo demuestran las muertes tardías de Mons. Ponce, administrador apostólico de Orihuela (en noviembre de 1936), y los obispos Irurita de Barcelona (en diciembre de 1936) y Polanco de Teruel (en febrero de 1939).

En cuanto a la mortandad de la Guerra, es preciso y útil distinguir, como lo hace el historiógrafo valenciano Mons. Vicente Cárcel Ortí, entre caídos, víctimas y mártires. Caídos han de considerarse los combatientes de uno y otro bando que murieron en combate o a consecuencia de él. Víctimas fueron todos aquellos que murieron como consecuencia de acciones de guerra, represión política o represalias. Mártires, en cambio, se debe considerar sólo a quienes fueron buscados ex profeso y muertos por su condición de personas sagradas o por su especial significación como católicos, es decir, los que padecieron la muerte por causa de su fe. Lo que demuestra el carácter martirial de estos muertos es que en muchas ocasiones se les prometió salvar la vida e incluso recuperar la libertad a condición de apostatar, renegar de Dios y de su Iglesia o profanar objetos sagrados (como pisar crucifijos). Al no aceptar semejante y vergonzoso trato, subrayaron estos confesores de la fe su inequívoca vocación de testigos. Y es de notar que no traen los relatos ningún caso de cobardía ni de retroceso ante los verdugos, lo que indica, por otra parte, lo bien que la Iglesia supo inculcar a sus hijos la intrepidez y el amor incondicional a Dios.

Pero hay un aspecto de la persecución que, no por menos conocido, debe ser obviado y es el del catolicismo clandestino bajo la España roja. Obligada a bajar a las catacumbas, la española fue una de las primeras Iglesias del Silencio, precedida sólo por la Iglesia mártir de los Rutenos. En Barcelona se organizó una extraordinaria red de asistencia pastoral y sacerdotal en los escondites proporcionados por generosos seglares a los sacerdotes de ambos cleros que lograron escapar a la gran sangría de los primeros meses de guerra. Hubo misas clandestinas en muchos hogares barceloneses y hasta una regular vida de devoción, con exposiciones al Santísimo, Cuarenta Horas, Guardias de Honor, Primeros Viernes, etc. Un servicio sacerdotal garantizaba la administración de los sacramentos (bautismo, penitencia, extremaunción, matrimonio) y la asistencia a enfermos y moribundos con recepción del viático. El catecismo y las conferencias espirituales estaban a la orden del día en la precaria tranquilidad de los domicilios de familias que debían temblar ante la sola posibilidad de un registro por parte de los milicianos (lo que normalmente significaba la muerte para los huéspedes y el patrón de casa). La ciudad Condal tuvo, además, la inmensa fortuna (la Providencia) de que su obispo pudiera permanecer oculto cinco meses, dándole tiempo a dar sabias directivas pastorales para el mejor gobierno de sus diocesanos. Si los católicos barceloneses pudieron gozar de una mejor asistencia religiosa en la clandestinidad ello de debe en grandísima parte al obispo Irurita, cuya herencia inmediata, al partir para el sacrificio, fue precisamente la de una iglesia viva y palpitante bajo los escombros materiales que dejó el torbellino iconoclasta y asesino en la sede de San Severo.

Por mucho que se empeñen muchos revisionistas hodiernos de nuestra Historia reciente, ávidos de resucitar una cierta “memoria histórica” a base de acallar y hacer desaparecer la otra memoria, la de los hechos incontrovertibles, nuestros mártires, los que sufrieron para que nosotros, los católicos de hoy, pudiéramos tener la libertad de profesar nuestra Fe y celebrar nuestro culto, no pueden ser ni serán olvidados. Gracias a Dios se acabó la especie de veda que pesaba sobre los muertos de la mayor persecución sistemática contra la Iglesia en época moderna. Ya no existen razones de oportunidad ni de politiqueo que impidan que se rinda el justo homenaje a aquellos cuya sangre engendró una generación privilegiada de cristianos, de la cual somos los legatarios y debemos ser los continuadores, depurados eso sí todos los condicionamientos históricos. En este sentido, sirvan estas líneas de homenaje a una institución pionera y benemérita en la recuperación de la memoria histórica martirial: Hispania Martyr. Si no hubiera sido por su ardua labor y su incondicional dedicación a preservar amorosamente los testimonios y el recuerdo de cuantos murieron por Dios y por la Iglesia en aquellos aciagos años que marcaron nuestra historia contemporánea, poco impulso habría tenido su causa o ésta, al menos, se hubiera visto muy ralentizada. Que Cristo Rey y Santa María, Reina de los Mártires, bendiga esta empresa copiosamente y la haga seguir fructificando. Entretanto, como no podemos, ni debemos, ni queremos olvidarlos, practiquemos un útil y provechoso ejercicio diario: leer el martirologio romano de estos días, en el que encontraremos la referencia de aquellos benditos muertos que hoy gozan de la gloria e interceden por nosotros. Pidámosles que intercedan para que nuestra Fe no desfallezca y su sacrificio no haya sido inútil para nosotros.

 

 

¿Para cuándo la verdadera Reforma Litúrgica? – 11/07/2008

Se acabaron los triunfalismos que desde hace cuarenta años hemos tenido que tragar en España, pero especialmente en Cataluña, de aquellos que cantaban las loas de las reformas postconciliares en materia de Sagrada Liturgia. Entonces, los pocos que vimos claro de lo que realmente se trató teníamos que asistir impotentes al desgarrador espectáculo del vandalismo y la iconoclastia que se desataron por doquier, derribando y convirtiendo en ruinas lo que había costado tantos siglos edificar, a costa de los sacrificios y de la generosidad de muchas generaciones. Ni las bandas de Genserico ni los oficiales de León Isáurico hicieron tanto daño en su tiempo como el que se perpetró en nombre del Concilio Vaticano II (supuestamente) y por voluntad del Papa (según se pretendía) en las décadas de revolución y contestación que cerraron el siglo XX. Hoy, a la luz de los frutos de su deletérea acción, los paladines de la reforma litúrgica más valdría que se callaran. Aún hablan, sí; pero no pueden hacerlo muy alto porque el mentís de la realidad les cerraría la boca de cuajo. Si no, ahí están los hechos, con su desnuda, descarnada e inmisericorde contundencia: iglesias semivacías, que sólo la fe a toda prueba de las personas mayores y el compromiso de ciertos seglares practicantes pertenecientes a grupos fervorosos no dejan completamente desiertas; depauperación, descuido y hasta mal gusto allí donde antaño había esplendor y pulcritud; desaparición de aquellos ejercicios piadosos que en tiempos alimentaban la espiritualidad de los fieles (meses de María, del Sagrado Corazón y del Rosario, novenas, nueve primeros viernes, cinco primeros sábados, horas santas, guardias de honor, misiones populares y un largo etcétera), despachados como “cosas de beatas” que estorbaban el sentido litúrgico y distraían del “compromiso comunitario” y cuya ausencia ha descargado de trabajo al clero ciertamente, pero para poder cerrar antes los templos y poder disfrutar más de la “cultura del ocio” (que nada tiene que ver con la vocación auténtica de un hombre de Dios).

Se pensaba que la juventud iba a llenar de bote en bote las iglesias. Aún recordamos nuestro estupor cuando en ellas introdujeron las guitarras eléctricas y la música yeyé y psicodélica cantada por simpáticos melenudos que, cuando les pasó el furor de la moda, dejaron de ir a misa y dieron la posta a los hippies, los folcloristas, los indigenistas, los cantautores de protesta y hasta a los rockeros. Venían y se iban como las olas y como ellas iban poco a poco lamiendo y erosionando las ruinas en que los liturgos de laboratorio habían convertido a la misa romana, reconocida hasta por los ajenos como monumento cultural de Occidente. Dice San Juan que todos los libros del mundo no podrían contener cuanto hizo Jesús a su paso por él; sin llevar tan lejos la hipérbole, podríamos decir que toda la Espasa no sería suficiente para documentar las barbaridades y las tonterías que se hicieron con el pretexto de acercar la Liturgia de la Iglesia al pueblo. Como toda reforma impuesta indiscriminadamente desde arriba en nombre del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, pero sin el pueblo (al mejor estilo de jacobinos, nazis y bolcheviques), la que nos endilgaron los epígonos de Annibale Bugnini, con estilo más propio de comisarios políticos que de pastores de almas, acabó por desconcertar y hartar al pueblo. Y es que éste, en su sencillez, es tremendamente lógico. Muchos, por eso, se preguntaron por qué lo que antes era bueno ahora era malo y viceversa; lo que ayer era blanco, hoy era negro. Así de simple. Y acabaron por pasar de los curas, que no se aclaraban y querían venderles la cuadratura del círculo por decreto y sin posibilidad de chistar. Era la sempiterna ley del silencio, sólo que en el pasado se nos decía “adora y calla” y en los nuevos tiempos de “libertad” y “cristianismo adulto” se nos ordenaba “calla y obedece”.

Si hay alguien en Cataluña a cuyo nombre esté ligado el recuerdo nefasto de la desacralización y la destrucción litúrgica ése es sin duda Monseñor Pere Tena, obispo auxiliar emérito de Barcelona. Se forjó una posición a la sombra de Bugnini, como el hoy cardenal Virgilio Noé, el arzobispo Piero Marini y el obispo Luca Brandolini, entre otros. Como ellos, se dedicó a recorrer iglesias, santuarios y oratorios, expurgándolos de todo lo que no considerara compatible con las nuevas ideas entronizadas al socaire del tan manido “espíritu del Concilio”. Todo lo que se juzgaba “constantiniano” desapareció. Todo lo que expresara “triunfalismo” (palabra acuñada por Mons. De Smedt durante el Vaticano II) fue eliminado. Se quiso dar idea de sencillez y sólo se consiguió un visible despojo. La verdad es que ni el ímpetu de los agentes del obispo Cranmer en la Inglaterra de Eduardo VI, ni la diligencia de los secuaces de Lutero en Alemania, ni el celo de los esbirros de Calvino, Zwinglio o John Knox en Ginebra, Zürich y Escocia, fueron tan eficaces en demoler todo lo que oliera a católico como lo fue la acción de pico y zapa de los adláteres de aquel que, por obscuras razones (nunca del todo dilucidadas), fue desterrado a la nunciatura de Teherán (eso sí con la mitra de arzobispo: promoveatur ut amoveatur). Con el auxilio de un diligente cisterciense de Poblet y otros acólitos por el estilo, Monseñor Tena se dedicó en cuerpo y alma a cambiar la faz del culto divino en la iglesia catalana con un empeño y una perseverancia dignos de mejor causa. Virgilio Noé lo hizo en las basílicas romanas mientras Piero Marini borraba el recuerdo de los fastos de las antiguas ceremonias en las capillas papales (con tanta operosidad como mal gusto). Y así los católicos fuimos condenados, por efecto de esta revolución cultural (más implacable si cabe que la de la Banda de los Cuatro) a la aridez, la mediocridad, el feísmo y la banalidad, imperantes en oficios y funciones que no sólo no atraían a nadie, sino que hicieron huir aun a los de casa, dejando las naves y las sacristías de los templos en manos de los incondicionales de siempre.

Al martirio de las cosas hay que añadir el martirio moral de las personas: el de sacerdotes y laicos que fueron sistemáticamente hostigados por su “apego nostálgico al pasado”, es decir por su resistencia –no pocas veces heroica– a pasar por el aro de la pretendida reforma que venía supuestamente de Roma. Muchos dramas interiores se produjeron en aquellos que se veían enfrentados a la falsa disyuntiva de la obediencia o la rebeldía. Lo irónico es que esos mismos que blandían la espada del acatamiento al Papa eran los primeros en contrariar la voluntad del Romano Pontífice y el auténtico mandato del Concilio. Declararon proscrito el venerable rito milenario codificado por San Pío V y sancionado con una nueva edición típica por el beato Juan XXIII, “el Papa del Concilio”. Y el rito nuevo, salido de las oficinas de los expertos, lo impusieron manu militari, aunque ni siquiera en la escueta corrección de los libros litúrgicos innovados, sino en el marco de una pretendida “creatividad” y “espontaneidad” que adulteraban gravemente la liturgia de nuevo cuño, haciéndola susceptible de no expresar ya la verdad católica. A fuerza de quitar pilas de agua bendita, reclinatorios y crucifijos; a fuerza de alzar “altar contra altar” (al decir del gran Pío XII), acabando por relegar el Sagrario sacándolo de su natural centralidad; a fuerza de eliminar ornamentos y cualquier elemento que hablara de una diferencia esencial y no de grado entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles; a fuerza de obligar a éstos a levantarse para comulgar y extender la mano para recibir la hostia consagrada o incluso tomarla como en un self-service, el rito impuesto desde 1969, que no era ni es en sí mismo censurable, se convirtió en un vehículo de práctica pérdida del sentido católico. La misa ya no aparecía como un sacrificio propiciatorio sino sólo como un convite de camaradería y hermandad filantrópica; el sacerdote ya no era el sacrificador y santificador que actúa in persona Christi, sino un animador de la asamblea o un agente o asistente social; la comunión no era ya el encuentro personal con Cristo, realmente presente en la hostia, para llenarse de su gracia y vivir la vida sobrenatural (¿qué es eso de sobrenatural?). La Virgen, los ángeles y los santos, antes considerados poderosos intercesores, eran ahora un estorbo, resabio del animismo y politeísmo de los paganos. Ninguna referencia a la trascendencia, sino la asamblea celebrándose a sí misma en una autocomplaciente atmósfera de club. ¿Y para esto hace falta ser católico? Es claro que en una perspectiva como la descrita la Iglesia no atraiga a los jóvenes y no se halle casi nadie dispuesto a entregarle su vida. Hay otras salidas al impulso generoso de la solidaridad y la beneficencia. Hoy se llaman ONG. No es de extrañar la escasez y hasta la ausencia de vocaciones.

Pero no se puede vivir en la revolución permanente. Tarde o temprano las aventuras insensatas pasan factura. La han pasado –y muy elevada– especialmente a la Iglesia catalana, páramo vocacional, desierto de espiritualidad, laberinto de politiquería y tumba del apostolado, que se estrella contra el fosilizado establishment clérico-nacionalista que aún domina en nuestras diócesis. Una nueva mentalidad se abre paso en la Iglesia, un sano redescubrimiento de la herencia dilapidada por el hijo pródigo. Benedicto XVI –papa culto, discreto y eficaz donde los haya– está reconduciendo la situación de marasmo en la que había caído el Catolicismo. Durante un cuarto de siglo lo hizo como colaborador de Juan Pablo II; en tres años que lleva de pontificado ha dado pasos decisivos, que podrían haber sido traumáticos y han resultado, en cambio, serenos dentro de su firmeza y valentía. Un buen ejemplo de ello: el motu proprio Summorum Pontificum del 7 de julio del año pasado. Con él ha querido reconciliar las dos formas del rito romano que nunca habrían debido ser contrapuestas, pero lo fueron por aquella famosa hermenéutica de la ruptura denunciada por el propio Papa en el famoso sermón en el que trazó todo un programa de recuperación católica. El Papa Ratzinger quiere que se entierren las hachas de guerra. Hay algunos –pocos, por fortuna– que las siguen blandiendo con un descaro e hipocresía igual a la vehemencia que ponían en predicar la obediencia al Papa (no al reinante desde luego). Entre éstos, triste honor de Cataluña, el obispo Carles Soler Perdigó y su factótum en liturgia, Joan Baburés, para quienes el documento papal no tiene vigencia en tierras gerundenses y que, a pesar del fracaso estrepitoso de su modelo de iglesia, persisten en su actitud pertinaz, más propia de los tiranos norcoreanos que de pastores solícitos de su grey.

Otros han sido lo suficientemente lúcidos como para cambiar de rumbo. Entre ellos hay que consignar al ya mencionado Cardenal Noé, uno de los autores de la “revolución de los altares”, quien ha llegado a declarar que cuando Pablo VI habló en 1972 del “humo de Satanás en la Iglesia” se refería a los abusos litúrgicos después del Vaticano II (entrevista a la revista Petrus). No sólo eso, sino que ha elogiado a Benedicto XVI en actitud que le honra. Sin embargo, su émulo catalán en la imposición de la reforma, Mons. Tena, no lo ha imitado en su positivo cambio de postura. Nuestro inefable ex obispo auxiliar acepta el motu proprio con la boca pequeña y apretando los dientes, como se acepta una lavativa (perdónesenos la comparación, que no pretense ser irreverente sino gráfica). Es un bocado duro de tragar para quien durante décadas se dedicó a imponer precisamente lo contrario de lo que Summorum Pontificum plantea. Por eso, no es de extrañar que en la revista que publica el Centro de Pastoral Litúrgica, alternando como en canto antifonal con el diácono Urdeix, se haya dedicado a minimizar y tergiversar los verdaderos alcances del trascendental acto papal. Tampoco sorprende que en Barcelona éste aún no se haya implementado en la medida que sería de esperar en esta importante archidiócesis, que es actualmente sede cardenalicia. ¿Será que, a pesar de todo, la longa manus del obispo Tena aún pesa desde su retiro? Mientras desde Roma el Santo Padre da ejemplo en su capilla papal, dignamente dirigida por Mons. Guido Marini (que sólo tiene de común el apellido con el arzobispo que es su antecesor); mientras en otros sitios de España y del resto del mundo católico los obispos se ponen en consonancia con la nueva tónica (que no es sino la de la Iglesia de siempre), en Cataluña y, especialmente, en Barcelona, tenemos que aguantar todavía los coletazos que da la revolución, desfasada y francamente ridícula, que tanto daño ha hecho a la Fe de estas tierras cuyo mayor atractivo ahora, desde el punto de vista religioso, es que se han convertido en campo de misión. Dejamos la pregunta colgando de la conciencia de nuestros pastores: ¿para cuándo la verdadera reforma litúrgica?

 

 

El calvario póstumo del Dr. Irurita – 26/06/2008

Hoy, cuando tanto se insiste en recuperar la llamada memoria histórica, se aprovecha para desempolvar viejas cuentas pendientes y desenterrar rencores pretéritos. Desgraciadamente no con un afán genuino de conocer la verdad y de finiquitar de una vez y para siempre un pasado que no debe volver a repetirse, sino para echar leña al fuego y ventilar de esta manera rencillas políticas y azuzar odios ideológicos. En el caso de Cataluña, la cosa es tanto más escandalosa cuanto que, habiendo sido su iglesia una de las más sufridas durante la persecución religiosa que tuvo lugar en España en los años treinta, antes y durante la Guerra del 36, pareciera que con ella no vale recordar, sino hacer contra-memoria, o sea: coger los hechos y, en lugar de dilucidarlos, distorsionarlos y retrucarlos para hacerlos servir a la propaganda anticristiana. Lo peor es que de esto se encargan no sólo los enemigos jurados de la religión católica, sino también aquellos mismos que un día se comprometieron a dedicar sus vidas a amar y servir a la Iglesia de Dios. No son los extraños, sino los propios, los de casa, los que se dedican con un ahínco digno de mejor causa a tan vergonzosa tarea.

De un tiempo a esta parte, ha vuelto a la carga en este sentido un monje de Montserrat de cuyo nombre no quiero acordarme (y si me acuerdo no quiero nombrarlo para no hacerle propaganda gratuita), indigno hijo del gran San Benito. Irguiéndose en corifeo de los sectores más contestatarios del catalanismo clerical, se ha atrevido con toda desfachatez a negar el carácter martirial de la muerte de los que fueron asesinados durante la Guerra Civil por causa de su fe católica. Según él, se trataría de muertos por causas políticas y no religiosas, víctimas en todo caso de adversas circunstancias. Por supuesto en ese caso tendría que explicar por qué si se trató sólo de eso no hubo un solo caso de apostasía entre esas víctimas. Se sabe que a muchísimos les fue ofrecido el librarse de morir e incluso prosperar en el río revuelto de la contienda con la sola condición de renegar de su Dios. Si no hubiera habido un convencimiento sobrenatural de lo que estaba en juego y una gracia particular para perseverar, desde luego que más de uno hubiera preferido traicionar su credo y así salvar el pellejo. La Historia muestra que no fue así, para gloria de una Iglesia que supo cómo formar hijos con temple. Pero, claro, cree el ladrón que todos son de su condición y probablemente al benedictino de marras le cuesta pensar en términos de martirio porque él hubiera sido seguramente un apóstata.

Es indignante que se quiera escamotear el justo reconocimiento que merecen los que sufrieron martirio (atroz en gran parte de los casos), pero lo es más que se haga por parte de aquellos mismos que son herederos del legado que dejó su sangre. Porque no nos engañemos: toda esa clerigalla progre es la directa beneficiaria de la restauración del catolicismo en España. Si no, no estarían llenándose hoy la boca con sus monsergas pseudorrevolucionarias cómodamente instalados como están en su condición eclesiástica; habrían tenido que picar piedra o roturar la tierra en los gulags de un país sovietizado y militantemente ateo como la Rusia desde la que se importaban las checas bolcheviques con todo su aparato de terror científicamente organizado. Pero lo que colma, no obstante el vaso del descaro y de la sinvergüencería es el calvario post-mortem que se le ha hecho y aún se le está haciendo pasar a un prelado ejemplar como pocos y desde todo punto de vista: el Dr. Manuel Irurita Almandoz, obispo que fuera de Barcelona entre 1930 y 1936.

Nacido en la población navarra de Larraínzar, el 19 de agosto de 1876, en el seno de una familia de sólida tradición carlista, se doctoró en Filosofía y Sagrada Teología. Se ordenó de presbítero en 1901, siendo beneficiado de la catedral de Valencia. En la capital del Turia desarrolló una ingente labor docente y catequética, así como se distinguió en el apostolado del Corazón de Jesús y la Adoración Nocturna. Fue asimismo un excelente músico, promoviendo las asociaciones y congresos de música sacra, aspecto importante de la auténtica renovación de la liturgia que, por entonces, promovía el movimiento litúrgico, aún no desviado de las directrices sabiamente marcadas por Dom Guéranger y San Pío X. Preconizado obispo de Lérida en 1926 por Pío XI, fue consagrado el 25 de marzo del siguiente año. De esa sede fue trasladado a la de Barcelona el 13 de marzo de 1930. Tanto en una como en otra dio inequívocas muestras de celo pastoral, organizando las misiones generales, que eran como un revulsivo en la vida de las diócesis y producían óptimos frutos espirituales. Por otra parte, el Dr. Irurita siempre fue sensible a la problemática social y, fiel al magisterio de la Iglesia en esta materia, difundió las asociaciones católicas de trabajadores. No se puede decir ciertamente que fuera un prelado despreocupado o, como se dice hoy con tanta petulancia “desencarnado”. Pero siempre mantenía sus miras en lo que ha de procurar un obispo: ser el buen pastor de sus ovejas y llevarlas a Dios. El profundo sentido sobrenatural que tenía de su misión y su sólida y sincera espiritualidad le valieron ser conocido como “el obispo religioso”.

En los tiempos que corrían en aquellos difíciles años de la Segunda República, el obispo de Barcelona se mostró como un hombre intrépido. No le dolieron prendas cuando tuvo que plantar cara al gobierno de la Generalitat presidido por el secesionista Lluis Companys, con quien tuvo más de un enfrentamiento por la salvaguardia de los valores auténticos de Cataluña. Aunque navarro de nacimiento, el Dr. Irurita comprendía a la perfección la realidad catalana y era consciente de aquello que había dicho el obispo vicense Torras y Bages: “Cataluña será cristiana o no será”. Es más, precisamente por ser navarro y carlista sabía que la Cataluña que pretendía implantar el separatismo no era la que la Historia había forjado ni, desde luego, la que tendría un futuro promisor. Pero don Manuel era ajeno a los politiqueos y las intrigas de palacio: a él lo que le importaba era el bien de las almas a él confiadas por el Vicario de Cristo. Por eso tuvo sus más y sus menos con el cardenal Vidal i Barraquer, más proclive a las componendas y a obrar más según el dictado de las circunstancias que de los principios (con lo cual no queremos decir, por supuesto, que el ilustre arzobispo tarraconense no los tuviera).

En Barcelona se desataron los desórdenes tras el fracaso del general Goded de alzarse en Barcelona como había hecho en Mallorca e Ibiza (lo que le costó la vida). El 21 de julio el torbellino revolucionario llegó al obispado, mientras por toda la ciudad se profanaban iglesias y se daba caza a sacerdotes, religiosos de ambos sexos y seglares significados. El Dr. Irurita se hallaba diciendo misa en su oratorio, teniendo el tiempo justo para acabarla, poner a cubierto la reserva del Santísimo y escapar por una galería secreta junto con unos cuantos familiares. En estos momentos fue providencial la intervención de un caballero católico de valor acreditado: el joyero don Antonio Tort, el cual se hallaba de veraneo en su casa de Monistrol cuando se enteró de lo que las turbas estaban perpetrando en Barcelona, decidiendo volver de inmediato para ayudar a los proscritos (lo que iba a terminar costándole la vida). Viendo al obispo junto con su familiar don Marcos Goñi deambular por las calles tras salir de su primer y precario refugio, condujo a ambos a su casa del número 17 de la calle del Call, que se convirtió desde entonces en un asilo y un centro de vida religiosa en medio de la cruenta y vandálica persecución. Además del obispo y el sacerdote se hallaban refugiadas cuatro Carmelitas de la Caridad, una de las cuales dejó un testimonio conmovedor de la vida diaria de la casa, que giraba en torno al sagrario improvisado en uno de sus rincones. Por su relato se ve la piedad extraordinaria del Dr. Irurita, que no por ello perdió su sentido práctico como prelado, ya que se las ingenió para estar en contacto con la iglesia clandestina que vivía en un estado de verdaderas catacumbas en sótanos, buhardillas y toda clase de escondrijos proporcionados por la caridad de los fieles a los miembros del clero que habían logrado escapar de la captura (algunos, por desgracia, temporalmente). Desde su refugio y mediante un complicado sistema de mensajería, dio directivas, apoyo y consuelo a sus sacerdotes, manteniendo en ellos el vínculo de la comunión diocesana.

Resulta increíble por no decir milagroso que don Manuel pudiera mantenerse a salvo hasta diciembre, habiendo arreciado sobre la capital catalana la furia anticatólica con especial saña en los primeros meses de la guerra. Fue de manera fortuita, no obstante, como se llegó a su detención. Los milicianos que invadieron el domicilio de la familia Tort el día primero de aquél, no iban en busca del Dr. Irurita, sino del dueño de casa, cuyo nombre había sido visto en una lista de peregrinos a Montserrat que llegó casualmente al comité de Pueblo Nuevo, desde donde se había enviado la patrulla armada. Así pues, los asaltantes se dieron con la sorpresa de encontrar cuatro presas más (dos de las monjas habían conseguido ser evacuadas). Ni aun así se imaginaron que uno de los dos sacerdotes fuera el obispo, al que imaginaban huido y a buen recaudo. Los cautivos, entre los que se encontraban también don Francisco Tort, hermano de don Antonio, y la hija de éste Mercedes, fueron llevados (junto con varios objetos piadosos de valor incautados) al comité de San Adrián, de donde pasaron al de San Gervasio para ir a parar finalmente al de San Elías. En este último se sometió a don Manuel a un interrogatorio que fue presenciado por una de las dos carmelitas apresadas con él. Sor María Torres, que así se llamaba, da fe de cómo el obispo declaró que nunca había dejado de decir misa durante su ocultamiento y que estaba dispuesto a decirla allí mismo si le dejaban. Cuando le arrebataron el rosario, les pidió que se lo devolvieran por no poder vivir sin él.

No duró ni cuarenta y ocho horas el cautiverio del Dr. Irurita, pues a medianoche entre el 3 y el 4 de diciembre fue llevado a Montcada i Reixach, en cuyo cementerio se le fusiló junto con otros prisioneros. Como no hubo proceso verbal de esta detención y de su desenlace, no se supo durante un tiempo dónde había sido inmolado el obispo de Barcelona. El posterior hallazgo de sus restos tras la guerra y el reconocimiento de la vestimenta que llevaba al ser detenido por parte de miembros de la familia Tort que estaban presentes en ese momento disiparon las dudas. El testimonio de otro preso que fue de la misma partida de doce condenados entre los que se hallaba el obispo, a quien había reconocido al partir para Montcada, confirmó lo declarado por los Tort. El cadáver fue llevado a la catedral, donde se le enterró en la capilla del Santo Cristo de Lepanto, mientras se abrían las primeras diligencias para incoar el proceso de beatificación del Dr. Irurita.

Pero ni en la tumba iba a tener paz sobre esta tierra el santo prelado, y esta vez no por obra de los enemigos declarados de Dios, sino de personas devotas y de buena voluntad, pero de poco discernimiento y aún menos prudencia. Resulta que tres personas, caballeros de probado catolicismo, dijeron haber visto al obispo Irurita apenas entradas las tropas nacionales en Barcelona. Se trataba del Sr. Aragonés, fundidor del Clot, un amigo de éste llamado Arbós y el Dr. Reventós, que había visitado como médico al prelado. Los dos primeros, acompañados de los dos hijos del Sr. Aragonés, se dirigían a una misa de campaña en la Plaza de Cataluña, cuando, pasando por la calle del Obispo, vieron salir del palacio episcopal a dos personas vestidas con gabardinas o abrigos y tocadas con sombrero o boina, en una de las cuales reconocieron a don Manuel, a quien se acercaron a saludar. El personaje en cuestión, al que se acercó también el Dr. Reventós (que lo había visto de lejos y se unió al grupo), tras unas breves palabras pidiendo que no lo comprometieran, desapareció poco después con su acompañante en dirección de la plaza de San Jaime. Los niños fueron testigos del encuentro e incluso fueron palmeados afectuosamente en las espaldas por el señor de la gabardina. Uno de ellos, hoy canónigo emérito de Barcelona testificó en el proceso de beatificación y contó que el episodio llegó a oídos de los hermanos del obispo y de otras autoridades eclesiásticas, que interrogaron a todos los presentes en el encuentro.

¿Qué pensar de esto? El testimonio sobre el aspecto externo de los dos personajes que salían del palacio no es preciso acerca de las prendas. Sobre la persona pudo haber también una equivocación por algún parecido razonable. La efervescencia de aquellos días inmediatos a la liberación pudo jugar una mala pasada a católicos llenos de entusiasmo por el cese de toda persecución, proclives a ver lo que querían ver y no lo que en realidad había. Que el señor obispo apareciera en ese momento habría sido muy reconfortante. Pero, además, la situación es absurda. ¿A santo de qué el obispo iba a querer ocultarse justo cuando le llegaba la hora de la libertad? ¿Qué hacía en su palacio? Si quería desaparecer, ¿por qué arriesgarse a ser visto en plena luz del día? ¿Cómo es que sólo tres adultos entre sus miles de diocesanos le hubieran reconocido? Por otro lado, esta extrañísima actitud del supuesto Dr. Irurita no casa absolutamente con la rectitud sobradamente probada del prelado, a menos que le hubieran lavado el cerebro. Esta historia parece más propia de los relatos de escapados en el último momento de que está llena la Historia: príncipes de York, falsos Demetrios, Luises XVII, grandes duquesas Anastasias y un largo etcétera. Siempre surgen testigos que juran reconocerlos y quizás no mienten, pero, aunque en buena fe, se equivocan.

En el caso de don Manuel Irurita se procedió recientemente a una comprobación de ADN practicada a los restos que están en la catedral de Barcelona mediante su comparación genética con fragmentos de los de dos de sus hermanas muertas y enterradas en Valencia. El resultado dio una coincidencia de altísima proporción. Ni aún así se ha hecho callar a los que se hallan extrañamente interesados en embrollar las cosas. Por hacer caso del testimonio de unas personas que aseguran haber visto al que creen que era el obispo de Barcelona en 1939, se hace caso omiso de otros de mayor relevancia y fiabilidad, como el de la hija de don Antonio Ponti, que vio y reconoció el cadáver del Dr. Irurita al ir a reconocer con su madre el de su padre, también fusilado, y que se hallaba al lado del primero, y el de don Eusebio Vidal, capellán de la prisión de Lérida, a quien un interno contó los últimos momentos–ejemplares, como no podía ser de otro modo– de don Manuel en el paredón por haber presenciado su fusilamiento.

No es ciertamente el obispo Irurita personaje al que la progresía catalanista enquistada en el poder de esta archidiócesis resulte simpático. Para empezar, no era un bisbe català, aunque hubiera sabido, según el precepto de San Pablo, “hacerse todo a todos” (para lo cual no hacen falta acreditaciones de tribu). Supo ser, pues, catalán con los catalanes (y uno de sus mejores y más celosos pastores, al que se debió la erección de una treintena de parroquias nuevas, especialmente en las descuidadas zonas periféricas). En segundo lugar, su estilo episcopal repugna a la clerecía modernosa que ve en el Dr. Irurita a “un obispo de antes del Concilio”, es decir, preocupado ante todo por extender el Reino de Dios en las almas y llevar a éstas a la salvación (es decir, puro trascendentalismo). Está además, su credo carlista, para el que hay una jerarquía de valores subordinados unos a otros (Dios, Patria, Fueros, Rey) y que se resumen en una palabra que es odiosa a los eternos contestatarios: la Tradición. En fin, éstos no quieren prelados piadosos, que pongan a Dios por encima de todo y cuya vida gire en torno a la misa, a los sacramentos y la oración, cuya ilusión mayor fuera –como declaró un día don Manuel– usar su poder pontifical para multiplicar los sacerdotes. Sólo les gusta los obispos (y cardenales) complacientes, negociantes, contemporizadores y politiqueros, que mientras menos les hablen de beaterías, mejor que mejor.

Ahora se comprende un poco mejor lo que pasa con el Dr. Irurita y con todos los mártires de nuestra guerra. Como hoy, si hubiera una nueva contienda intestina, desde luego muchos miembros del clero (al menos el barcelonés) no se haría matar por Jesucristo o por la misa, porque están a partir un piñón con los adversarios de la Iglesia, esos muertos estorban y su memoria les agua la fiesta. Durante treinta años, desde que el cardenal Albareda recomendó a Pablo VI correr un velo vergonzante sobre aquéllos, hasta que en 1994 el Papa que vino del Este, de otro país mártir, levantó la veda, estuvieron tranquilos los muy ingratos. Pero mientras haya católicos dignos de ese nombre, organizaciones como Hispania Martyr y páginas como la nuestra, no se van a ir de rositas, sobre todo porque Roma está ahora por sus mártires en la convicción de que su sangre es semen christianorum.

 

Pío XII y Barcelona - 12/06/2008

Hoy vamos a tratar sobre Pío XII y Barcelona, tema al cual nos da pie la invitación que acabamos de recibir para participar en los actos que se están organizando en conmemoración del cincuentenario de la muerte del gran Papa Pacelli, que se cumplirá este próximo 9 de octubre. En próxima ocasión nos referiremos más ampliamente a esta importante efeméride y a la Peregrinación Internacional a Roma  convocada por el SODALITIVM PASTOR ANGELICVS.

Cuando Pío XII (1939-1958) fue elegido al Santo Solio nadie se llamó a sorpresa dado que había sido concienzudamente preparado por Pío XI para sucederle en él. Es quizás un caso único en la Historia moderna de la Iglesia: el de un Romano Pontífice que prácticamente designa a su delfín. Eugenio Pacelli era desde 1929 Cardenal y desde 1930 Secretario de Estado, habiendo sucedido a Pietro Gasparri, el artífice de la Conciliazione entre la Santa Sede y el Reino de Italia. Pío XI conocía bien a su nuevo “primer ministro”, que correspondía al afecto y confianza que había depositado en él. Pacelli sabía conducirse ante Achille Ratti, cuya visión de las cosas compartía. Existía, pues, una clara sintonía del Secretario de Estado con el Papa, uno de cuyos frutos fue la encíclica Mit brennender Sorge contra el nazismo, que fue redactada por el cardenal Michael von Faulhaber de Munich y revisada cuidadosamente por Pacelli, que la anotó y corrigió y a quien Pío XI atribuía el mérito de su publicación. Era patente la satisfacción del Papa por el trabajo de su Secretario de Estado, pero quiso darle un conocimiento más amplio e inmediato de la realidad de la Iglesia universal, para lo cual le hizo viajar.

Cinco veces salió del Vaticano el Cardenal Pacelli en misiones encomendadas por Pío XI, lo que, dada la época es un dato notable. En 1934 asistió como Legado al XXXII Congreso Eucarístico Internacional en Buenos Aires; al año siguiente fue a Lourdes; en 1936 recorrió los Estados Unidos como Visitador Apostólico; pisó territorio francés nuevamente en 1937 para consagrar la nueva Basílica de Lisieux en honor de Santa Teresita (a la que Pío XI tenía gran devoción); en fin, en 1938, ya en plena efervescencia pre-bélica, representó al Papa en el XXXIV Congreso Eucarístico Internacional en Budapest. La gira estadounidense le valió del Papa el simpático título de “Cardenal Nuestro transatlántico panamericano”. Pero el viaje que nos interesa y hace a nuestro asunto es el primero: el que realizó a Buenos Aires.

El 24 de septiembre de 1934 partía del puerto de Génova el buque de la armada italiana Conte Grande, en cuya popa se había acondicionado un apartamento con varias dependencias para el Cardenal Pacelli, que disponía de un servicio de radioteléfono que le permitía estar en constante contacto con la Secretaría de Estado y seguir los asuntos más urgentes. El XXXII Congreso Eucarístico fue un auténtico plebiscito de catolicidad para toda la América Hispana y la presencia del Legado de Pío XI fue acogida con un desbordante entusiasmo. Al regreso de Sudamérica, el 1º de noviembre, el Conte Grande atracó en el puerto de Barcelona, donde el Cardenal Pacelli descendió para recibir el homenaje de la Ciudad Condal a invitación del gobernador militar, el general Domingo Batet, hombre de profundas convicciones católicas y métodos humanitarios (había reprimido la insurrección de octubre de la Generalitat con un mínimo coste en destrucción y vidas humanas a pesar de la violencia de los enfrentamientos).

El general Batet organizó una recepción en honor del Legado, que pudo así encontrarse con autoridades civiles y eclesiásticas catalanas. Por entonces regía la diócesis barcinonense don Manuel Irurita y Almandoz, prelado piadoso y de gran sensibilidad social, que apoyó decisivamente el Instituto Pro-obreros, establecido en 1931 y que había recibido en su momento la bendición y estímulo del Cardenal Pacelli. El obispo Irurita quiso aprovechar la brevísima estancia del ilustre purpurado en Barcelona y llevó ante él a sus seminaristas para que le saludaran y tuvieran una experiencia considerada única en esos tiempos, en los que los Papas no salían del Vaticano sino que enviaban legados, los cuales eran recibidos como si del mismo Romano Pontífice se tratase (en efecto, el legado a latere era considerado como una suerte de vice-papa). Por otra parte, no era cosa común ver a todo un señor cardenal, ya que entonces el Sacro Colegio era más restringido que ahora y el capelo se concedía a pocos prelados extranjeros. No es de extrañar, pues, la expectativa de los jóvenes clérigos que se acercaron a besar el anillo del Cardenal Pacelli acompañados de su obispo, expectativa ampliamente colmada por el halo de majestad y ascetismo que se desprendía de su persona. Dos de esos seminaristas recuerdan aun hoy vívidamente su encuentro con el futuro Pío XII: mosén Josep Mariné y mosén Francesc Campreciós. De sus labios hemos tenido el honor de recoger un emotivo y valioso testimonio.

Pacelli pudo comprobar in situ la vitalidad de la iglesia barcelonesa, a la que había dado un decisivo impulso la recentísima santa misión diocesana (marzo de 1934), que mostraría sus frutos especialmente durante la persecución religiosa, demostrando así que el obispo Irurita había desempeñado ejemplarmente su labor pastoral. Después de una recepción ofrecida a bordo del Conte Grande por el Cardenal Legado, éste partió el 2 de noviembre en su última etapa de regreso a Italia, llevándose la mejor de las impresiones de la diócesis y un recuerdo imborrable de su cortísima estancia en Barcelona. Sin duda, las informaciones de esta visita proporcionadas por su Secretario de Estado a Pío XI (que había ya demostrado su especial interés en nuestra patria un año antes, al publicar la encíclica Dilectissima Nobis, en la cual denunciaba el estado de opresión en el que vivía la iglesia española) fueron muy valiosas y contribuyeron a una actitud ponderada y juiciosa de la Santa Sede respecto de España, la situación de cuyos católicos no quería agravar.

Años después y ya papa como Pío XII, Eugenio Pacelli accedió a que fuera  Barcelona la sede del XXXV Congreso Eucarístico Internacional. La Segunda guerra Mundial había forzado a la interrupción de estas magníficas manifestaciones de fe. El último –al que, como ya vimos, había asistido como legado el entonces Cardenal Pacelli– había tenido lugar en Budapest en 1938, el año del Anschlüss y de la Conferencia de Münich. La penosa reconstrucción de Europa durante la primera posguerra había demorado, a su vez, una nueva convocatoria. Pero los fastos del Año Santo de 1950 fueron como el inicio de una nueva época de renacimiento religioso a la par que social y político. Pío XII era un convencido de la idea europeísta (concebida por el católico multirracial conde Coudenhove-Kalergi), que en esos momentos estaban gestando estadistas católicos como  Robert Schuman y Konrad Adenauer y deseaba cimentar un nuevo orden basado en la paz de Cristo y en los principios del Derecho Internacional. La Iglesia al inicio de la década de los cincuenta se presentaba, pues, como una autoridad moral firme, monolítica y rodeada de un indiscutible prestigio. Era el esplendor de llamada “era pacelliana”. En este contexto, el Papa aprobó la designación de Barcelona para reanudar la hermosa tradición de los congresos eucarísticos.

A la sazón era obispo de la diócesis el Dr. Gregorio Modrego Casaus, que se había prodigado por la candidatura barcelonesa para la celebración del magno evento. Inicialmente, Pío XII tuvo sus dudas, pero gracias a la tenacidad del prelado barcelonés, acabó por acceder. Seguramente también terminó por convencerle el grato recuerdo que Pío XII tenía de su estadía en la capital catalana. Importantes factores pesarían, por lo demás, en la decisión pontificia: el hecho de que fue Barcelona una ciudad mártir, en la que se cebó en modo particularmente cruel la persecución religiosa en el período bélico. Pero también hay que decir que no sólo se había recuperado, sino que, además, se había convertido en un importante centro de irradiación católica: nuevas fundaciones piadosas, misiones populares, sindicatos católicos (importantes en una sociedad industrial como la catalana), instituciones culturales (la Balmesiana, por ejemplo), editoriales religiosas y de difusión litúrgica (recuérdese a los editores pontificios Juan Gili y Subirana)… era, en suma, un modelo de aquella iglesia pujante y emprendedora que quería el Santo Padre. Ello había quedado de manifiesto con la misión general diocesana de 1951, al final de la cual el Dr. Modrego daba lectura a la nota con la que el entonces substituto de la Secretaría de Estado, Monseñor Montini (futuro Pablo VI), comunicaba la elección de Barcelona como sede del congreso del año siguiente.

Pío XII nombró para representarle como Legado pontificio al Cardenal Tedeschini, que había sido ya nuncio apostólico en España en 1921, permaneciendo en el cargo hasta 1938. No vamos a abundar aquí en el desarrollo de los actos del XXXV Congreso Eucarístico. Baste decir que rindió tres frutos duraderos: el primero, un renovado interés por la doctrina y la devoción eucarística gracias a las jornadas de estudio en la Universidad de Barcelona (en las que participó el célebre teólogo dominico Garrigou-Lagrange); la ordenación de 820 sacerdotes en una ceremonia multitudinaria (la más grande hasta entonces) que tuvo lugar en Montjuïc, y el barrio de las Casas del Congreso, que fue la derivación social de éste, pues se construyeron con motivo de él un importante número de viviendas populares. Símbolo plástico del evento fue la monumental cruz que fue erigida en el cruce de la avenida Diagonal con la de Pedralbes, que fue bautizado como la Plaza de Pío XII. Ante esa cruz se celebró el solemne pontifical de clausura que puso broche de oro a la manifestación católica más importante y trascendental que recuerdan los anales de la Iglesia Española contemporánea.

Del radiomensaje que Pío XII dirigió a los participantes del Congreso Eucarístico de Barcelona queremos reproducir este fragmento, que nos parece esencial: “España y Barcelona, o, mejor dicho, el trigésimo quinto Congreso Eucarístico Internacional, pasará al Libro de Oro de los grandes acontecimientos eucarísticos por su perfecta preparación y organización, por la amplitud y acierto de sus temas de estudio, por la brillantez y riqueza de las Exposiciones y certámenes que lo han adornado, por la imponente concurrencia presente, por el sentido católico que lo ha inspirado, especialmente recordando los hermanos perseguidos, y por el contenido social que se le ha querido dar, tan en consonancia con Nuestros deseos. Pero Nos deseamos mucho más: Nos queremos proponerlo como ejemplo al mundo entero, para que al veros —tantas naciones, tantas estirpes, tantos ritos — «cor unum et anima una» (Act 4,32) pueda comprender dónde está la fuente de la verdadera paz individual, familiar, social e internacional; Nos esperarnos que vosotros mismos, inflamados en este espíritu, salgáis de ahí como antorchas encendidas, que propaguen por todo el universo tan santo fuego; Nos confiamos que tantas oraciones, tantos sacrificios y tantos deseos no serán inútiles; Nos, reuniendo todas vuestras voces, todos los latidos de vuestros corazones, todas las ansias de vuestras almas, queremos concentrarlo todo en un grito de paz, que pueda ser oído por el mundo entero”.

¡Dichosos tiempos! Lástima que, volviendo la vista al panorama actual de nuestra iglesia barcelonesa el contraste sea tan sangrante. Pío XII tiene un digno sucesor en Benedicto XVI, émulo suyo en inteligencia y cultura. No se puede decir lo mismo del Señor Cardenal-Arzobispo, infelizmente pontificante. Comparado a don Manuel Irurita o al Doctor Modrego sale perdiendo inexorablemente, y eso que esos dos eximios predecesores suyos no se hallaban, como él, investidos con la sagrada púrpura, prueba de que ésta no siempre adorna a los mejores… Una archidiócesis que languidece miserablemente no son las mejores credenciales que pueda presentar un prelado, pero son la demostración de la ineptitud y mediocridad que hoy gobierna en la sede de San Severo. Con tales prendas, mucho dudamos que el eminentísimo Martínez pudiera organizar ni tan siquiera un pálido simulacro de ese magnífico acontecimiento eclesial que fue el XXXV Congreso Eucarístico (cuyo cincuentenario en 2002, dicho sea de paso, pasó sin pena ni gloria).

Roguemos para que Pío XII, cuya vinculación con Barcelona hemos evocado en estas líneas, interceda por nuestra ciudad y archidiócesis, a fin de que, bajo mejores auspicios salga de su marasmo y vuelva a ser lo que en tiempos fue: un ejemplo para la Iglesia y el mundo.

 

Fósiles del Mesozoico - 15/05/2008

Leyendo el Directorio de mayo floreal de esta semana nos topamos con una noticia que, aparte de los aspectos dramáticos de la cuestión, francamente da risa. Pensábamos que todas esas quimeras utópicas llamadas Cristianos por el Socialismo, Comunidades Cristianas de Base, Sacerdotes para el Tercer Mundo y otros grupos por el estilo pertenecían a un pasado felizmente superado, pero obviamente nos equivocábamos. Nos hemos caído de espaldas al comprobar que no sólo siguen activos (algunos, es verdad, únicamente de manera testimonial), sino que aún hay quienes se lanzan a fundar nuevos, como es el caso de la Plataforma de cristianos que se han montado el ex cura y comunista Josep Lligadas Vendrell y el párroco Quim Cervera del Gornal de L’Hospitalet. Esta nueva asociación pretende ser la casa común de cristianos comunistas y “eco-socialistas”. Lo de comunistas lo entendemos, pero ese híbrido entre ecología y socialismo es difícil de tragar. ¿Qué se pretende decir con ello? ¿Qué para defender el medio ambiente, amar y proteger a los animales y promover la sostenibilidad hay que ser socialista? Pues no, señores. Se puede ser perfectamente de derechas y ecologista. Quien esto escribe lo es. Ya está bien de reivindicar el color verde para darle tintes rojizos. Pero no es éste el asunto que nos ocupa. En otro momento abundaremos en este tema, muy presente en la realidad social catalana y barcelonesa en particular.

Veamos. El comunismo como doctrina está superado. El análisis marxista de la realidad basado en un monismo economicista ya no se sostiene. La globalización económica ha diluido todas las teorías deterministas de Karl Marx. Su materialismo dialéctico está, pues, desacreditado. Más todavía su materialismo histórico. Contra sus predicciones, la sociedad humana no ha desembocado inexorablemente en el comunismo final y no parece ser que las tornas vayan a cambiar. Pero, además, el comunismo como praxis ha sido un rotundo y estrepitoso fracaso. Fracaso que, desgraciadamente, ha costado una cuota inconmensurable de sangre y de sufrimiento y ha sepultado a generaciones de hombres y mujeres en el hoyo de la desesperanza, en el cual se encuentran aún los habitantes de esos ex paraísos comunistas que nos pretendían vender los ideólogos progres de los 60, 70 y 80 y que aún se empeñan en dar coletazos publicitados por la parafernalia revolucionaria (Cuba y Norcorea). No sabemos cómo todavía puede atreverse alguien a representar políticamente una doctrina y una praxis que están irremediablemente muertas. Todavía menos comprendemos cómo hay sacerdotes (y ex sacerdotes) que todavía pretenden remitirse a semejante sistema como modelo de vida para un cristiano. Cuando se trataba de entusiasmos juveniles por una ideología que estaba de moda y aún no había sido desenmascarada, aún era comprensible (aunque no excusable). Esos entusiasmos hoy no pueden ser sino indicios de senilidad.

Pero sigamos. El socialismo, la cara amable del marxismo, es mucho más preocupante. Pretendió las mismas cosas que el comunismo aunque no de forma abiertamente revolucionaria, sino valiéndose de los mismos vehículos políticos de la democracia occidental, constitucional y parlamentaria. Actualmente, el socialismo es conservador en economía pero sigue siendo tan deletéreo como en el pasado por lo que se refiere a lo social. Lo estamos viendo cada día en la España bajo el gobierno de Rodríguez Zapatero: educación para la ciudadanía (adoctrinamiento estatal de la juventud), ley de la memoria histórica (revanchismo de los perdedores de la Guerra Civil), matrimonios homosexuales (atentado contra el modelo tradicional de familia), laicismo militante (reducción y arrinconamiento de la Iglesia Católica al papel de mera asociación privada), etc. Francamente, y por muchos José Bono que haya dentro y fuera del PSOE, no es concebible que un auténtico cristiano pueda estar de acuerdo con los postulados socialistas, precisamente cuando todo lo que se refiere a la justicia social (vivienda, trabajo, distribución de la riqueza) ha quedado en sordina porque el socialismo ha aceptado la economía de mercado y las reglas de juego del capitalismo. ¡Ojo!: el socialismo postmoderno no es el socialismo reivindicativo de antaño. Éste era quizás más sincero; aquél es peor porque sabe perfectamente lo que maquina y nos traerá una sociedad completamente desarticulada y en la que la vida estará al absoluto arbitrio del individuo y del poder (aborto, manipulación genética y eutanasia). Pero creemos francamente que al ex mosén Lligadas y al mosén Cervera estas distinciones le suenan a sutilezas y creen que aún estamos en los tiempos de la canción-protesta, y las sentadas callejeras.

En cualquier caso, proponer (aunque sea desde la más supina inconsciencia) como compatibles cristianismo y socialismo (de cualquier naturaleza que éste sea) o comunismo, siendo que son –como muy bien dijo el intrépido e injustamente olvidado Pío XI– antitéticos, significa condenar a la religión católica a la práctica extinción. El hombre socialista, sea que se trate del luchador social como del político acomodado en la sociedad de consumo, vive fundamentalmente en la inmanencia absoluta. Sólo se trata de satisfacer necesidades materiales; por eso, propone el sistema del bienestar, sin ninguna referencia a lo trascendente. Dios, la Religión y el mundo sobrenatural son para él entelequias sobre las que no vale ni la pena discutir: de ahí su actitud agnóstica. Es peor que el comunismo y su ateísmo militante porque éste, al menos, se ponía el problema de Dios y lo trascendente para atacarlos, en tanto que al socialismo esta cuestión le trae al pairo (y es éste uno de los rasgos que lo emparenta con el liberalismo).

Pero, como decimos, a nosotros la plataforma de marras nos huele más bien a naftalina, la de los vetustos baúles donde se amontonan los ropajes no clásicos sino sólo viejos y, por lo tanto, pasados de moda con los que se ha revestido la utopía izquierdista a lo largo de su existencia: boinas estrelladas, camisetas con la silueta del Ché, chaquetas allendistas, bufandas con el rostro de Mao y cosas por el estilo. Si la progresía clerical que infesta el establishment cato-catalán imperante no tiene propuestas más originales, nos tememos que va a continuar haciendo el ridículo y siendo el hazmerreír de todo el mundo. Eclesialmente, sin embargo, estos jueguecitos son peligrosos, dado que, como sus inventores todavía tienen inexplicablemente poder, están emponzoñando las parroquias a través de sus correas de transmisión (los agentes de pastoral), ahuyentando a la gente que quiere encontrar religión y no política barata en sus iglesias y disuadiendo las posibles vocaciones sinceras al verdadero sacerdocio de Cristo que podrían aparecer (aunque mucho nos tememos que Dios se lo esté pensando mucho antes de suscitar vocaciones para diócesis claudicantes y contemporizadoras con sus enemigos).

Como la Parroquia de Entrevías, inexplicablemente tolerada por el Cardenal Rouco (para que después digan de él que es un carca recalcitrante), la flamante plataforma catalana se nos antoja un fósil del mesozoico; aun más, un engendro como el imaginado por Michael Crichton y llevada a la pantalla grande por Steven Spielberg en su Jurassic Park, consistente en hacer revivir las especies extinguidas hace 65 millones de años a través de su ADN encerrado en un mosquito. Y es que, realmente, la idea es la que podría salir de un mosquito…

 

 

Como lobos rapaces - 01/05/2008

“Attendite a falsis prophetis,
qui veniunt ad vos in vestimentis ovium,
intrinsecus autem sunt lupi rapaces”.

Los que ingenuamente nos augurábamos hace algunos meses que Lluis Martínez Sistach acabaría haciéndose merecedor con el tiempo del rojo capelo dispensado por Roma no nos hemos equivocado… pero hay que matizar (porque parece que de matizar se trata): el rojo es el color de la sangre y el título cardenalicio que le tocó a nuestro inefable arzobispo –el de San Sebastián en las Catacumbas– evoca en modo especial la efusión de ella por tratarse de un lugar marcado en modo particular por la presencia de los mártires. Sólo que no es la suya la que el purpurado barcinonense, fiel al juramento de su cardenalato, tiñe hoy dramáticamente sus vestiduras prelaticias, sino la de todos aquellos inocentes de cuya muerte se ha hecho cómplice por no haber hecho honor a su obligación de pastor, sino por haberse convertido en un lobo rapaz. Por supuesto nos estamos refiriendo a su deplorable actuación en el inaudito e inédito caso del que se ha hecho tristemente célebre como el cura abortista de Barcelona.

Nuestra pluma hasta hoy se había resistido a cargar sus tintas contra el Cardenal Martínez Sistach y nos obstinábamos en darle un voto de confianza pensando que lo suyo era una actitud timorata provisional al hacerse cargo de una archidiócesis que estaba hasta el cuello de problemas y entregada atada de pies y manos a los mercenarios. Confiábamos en que no quería comprometerse hasta tener bien pensada una estrategia que pondría en marcha a la primera oportunidad que se le presentase: entonces no le dolerían prendas en coger el rábano por las hojas y empezar a cortar cabezas. Pero nos hemos equivocado miserablemente. Hace unos días estalló el mayor escándalo que puede protagonizar un sacerdote, tan impensable, tan inconcebible, tan inimaginable que le ha cabido a Barcelona el triste honor de crear escuela con él: un cura que pagaba abortos a las feligresas que acudían a él en busca de consejo. No hace falta insistir en lo monstruoso del caso: salta a la vista. Era ésta la circunstancia en la que el Señor Cardenal tendría que haberse mostrado por fin como obispo. ¿Qué ha hecho? Se ha comportado, por el contrario, como un lobo rapaz.

La comunicación de la Delegación de Medios de Comunicación del Arzobispado de Barcelona habla por sí sola: en lugar de transmitir la esperadísima voz del Señor Cardenal, pronunciándose sobre un hecho gravísimo y sin precedentes, como todo el mundo está esperando desde hace días y es su deber ineludible, se trata, en cambio, de una nota que se emana a petición del sacerdote directamente implicado en los hechos intentando justificar lo injustificable. Calla el que tiene que hablar y el que tendría que callarse es el que habla, pero no en términos de desmentido (que ojalá hubiera sido el caso) o de arrepentimiento, sino con la desfachatez de pretender hacernos comulgar con ruedas de molino y de confundirnos con eso de matizar lo que no admite matiz de ningún género.

Oiga usted, mosén Pousa: de su propia iniciativa y espontáneamente reveló a un periódico que pagaba abortos a sus feligresas. Ahora bien, esto o es verdad o es falso. O es sí o es no. O pagana o no pagaba. No puede ahora venirnos con zarandajas y decirnos que sí es no y no es sí o que entre el sí y el no hay un término medio tan amplio como el caleidoscopio. Sobre la comisión u omisión de un acto sólo se admite el blanco y negro. Sean las que hayan sido sus motivaciones o el pretendido trasfondo social del asunto, lo que interesa es saber si usted corrobora lo dicho anteriormente o no: si usted pagó esos abortos la ley canónica (y eventualmente la civil si es el caso) debe recaer con todas sus consecuencias sobre usted; si resulta que, al final, no pagó es usted un mentiroso desvergonzado, irresponsable y sensacionalista, que ha creado una alarma injustificada y terrible en la comunidad eclesial y como tal merece que se lo castigue ejemplarmente. En ambos casos es imperativa y urgente la adopción de medidas por parte de su ordinario, pero éste calla… Ya ha pasado suficiente tiempo como para que hubiera aparecido, por ejemplo, una carta pastoral a los fieles, aclarándoles al menos que, una vez esclarecidos los hechos, se actuará con contundencia. Magnífica ocasión para recordar el magisterio de la Iglesia sobre la vida. Pero Martínez Sistach no ha dicho esta boca es mía hasta el momento.

En su lugar, su oficina de información se dedica a dar cancha a mosén Pousa para que éste intente vendernos una versión absolutamente inadmisible de los hechos, de la cual sólo se desprende que en modo alguno considera haber hecho algo malo y de que todo se trata de una lamentable malinterpretación. Dice que en su trabajo social (ojo: no dice “pastoral”, lo cual ya de por sí es significativo), ha procurado hacerlo “en comunión con el pensamiento de la Iglesia sobre el respeto a la vida humana desde su concepción hasta la muerte”. Es evidente que “procurar” no es lo mismo que “cumplir sin reservas y a rajatabla” como era su obligación como sacerdote (a fortiori en tema que no es opinable). Pero no contento con esto “lamenta que, en muchos casos, las estructuras sociales estén en contradicción con el debido respeto a la persona, que es imagen de Dios”. O sea, la culpa no es suya, sino de las estructuras. Ya hemos oído esa cantilena del pecado social: es historia vieja, como que fue el caballito de batalla de los teólogos de la liberación, que negaban el pecado personal y le echaban la culpa a las “estructuras de pecado”. Es decir, que pagar abortos no es malo en sí, sino que como la sociedad obliga a ello, pues no hay otro remedio. ¡Menuda desfachatez! Después de esto, declarar que quiere “testimoniar su sentido de comunión con la Iglesia en su tarea pastoral” suena a sarcasmo cruel. No se sabe qué idea pueda tener mosén Pousa de lo que es la comunión eclesial ni la tarea pastoral. Desde luego, con su conducta ha demostrado que es paupérrima.

Lo más lacerante y sangrante de todo este trágico juego es que cuenta con la complicidad de quien debiera poner orden. El Señor Cardenal ha recibido al cura abortista. No sabemos si le ha hecho la reprimenda o no. Pero esto ya no es un asunto privado que se pueda resolver en el tête-à-tête: es un escándalo público, del que debe resultar la aplicación de la ley canónica. Si se verifica la culpabilidad, remoción del oficio y excomunión. Diríamos también consigna al brazo secular, pero mucho nos tememos que éste trataría a mosén Pousa como un héroe. Entretanto, hete aquí a Fausto blanqueando sepulcros: los que chorrean la sangre de los santos inocentes. Qui potest capere capiat!

 

 

La vida monástica salvará Cataluña - 17/04/2008

Hace unos días tuvimos una experiencia de aquellas que, desgraciadamente, se van haciendo más raras en el cuadro de nuestra vida cotidiana, pero no por ello deja de marcar el espíritu profundamente. Asistimos a la misa de mes en sufragio del alma de Dom Gérard Calvet, O.S.B., fundador y primer abad de la Abadía de Santa María Magdalena del Barroux, cerca de Aviñón. Ya conocíamos el monasterio por haber estado anteriormente en él en el curso de un retiro espiritual, pero esta última visita nos refrescó la memoria sobre lo que significa la existencia de esos monjes que un día optaron por volver a la tradición litúrgica y a las costumbres ancestrales de la benemérita orden benedictina.

Según aprendimos de un querido maestro jesuita, el P. Florentino Alcañiz (apóstol renombrado del Sagrado Corazón de Jesús), el monacato ha salvado al cristianismo en los momentos de mayor peligro. Lo hizo con Antonio y Pablo, los grandes anacoretas egipcios que inauguraron un modo de vida radical y exigente que contrarrestó al cristianismo facilón y de masa que fue la contrapartida de la libertad dada a la Iglesia en el siglo IV. Lo hizo también con Pacomio y Basilio, iniciadores de la vida cenobítica, que resolvió las dificultades prácticas que planteaba la soledad absoluta. Lo hizo con Benito de Nursia en tiempos de descomposición política y social, gracias a la sabiduría de su Regla y a la estabilidad de sus monasterios, último refugio de la civilización. Lo hizo con San Odilón y Cluny en el escandaloso y férreo siglo X; con San Bruno y sus Cartujos contra la tentación temporalista y mundana; con San Bernardo y el Císter en el decisivo tránsito de la Alta a la Baja Edad Media; con Dom Guéranger y Solesmes, después de la terrible crisis revolucionaria… Inclusive formas de vida consagrada –que en su momento fueron novedosas y desempeñaron un papel decisivo en la vida de la Iglesia– como las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, carmelitas) y las congregaciones de clérigos (jesuitas) pueden ser reconducidas al espíritu y ejemplo del monacato como muy bien sostiene Walter Nigg en su libro El Secreto de los Monjes (tanto más valioso y atendible cuanto que su autor es un protestante suizo que lo escribió desde una actitud objetiva y sin prejuicios).

En Occidente –sin olvidar el aporte de San Agustín– es San Benito quien con justicia puede ser llamado cenobiarca, como el gran inspirador y el obligado referente del gran movimiento monástico. La orden por él fundada y que se ha ramificado prodigiosamente en varias familias a lo largo de la Historia está en la base de nuestra civilización. Gracias a sus monjes, que evangelizaron Europa y conservaron y transmitieron el rico acervo cultural de la Antigüedad es como pudo producirse la fecunda amalgama de los valores de ésta con el Evangelio, produciéndose así un modo de vida que es, a pesar de todo y la grave crisis que padece hoy, el nuestro. Los benedictinos lograron establecer lo más parecido a la Ciudad de Dios (de la que trató el gran obispo de Hipona) en la tierra con su paciente y silenciosa labor, pero sobre todo gracias a la eficacia de la oración, que la hizo fecunda. Grandes observantes de la liturgia, allí donde se establecieron elevaron a Dios su plegaria constante y metódica, evangelizando al pueblo mediante la belleza del culto y organizando su vida al ritmo de lo sagrado, dando un sentido trascendente al año, a sus estaciones, a los días y las horas. Los monasterios se convirtieron, además, en importantes centros de vida económica, particularmente por lo que se refiere a la agricultura, la ganadería y la artesanía. Alrededor de ellos crecieron pueblos y aldeas, que se beneficiaban de su proximidad. Y no hablamos sólo de las grandes abadías (Montecassino, Subiaco, Fulda, San Gall, Cluny, Samos, Silos, Ettal): el más humilde cenobio bajo la Regla de San Benito tuvo su importancia en el desarrollo de su entorno humano.

Cataluña no escapó, por supuesto, al decisivo influjo monástico, al punto que a justo título puede decirse que la identidad catalana se forjó y plasmó en gran medida precisamente gracias a él. ¿Quién no conoce la figura señera del abad Oliba, auténtico padre espiritual del Principado? Santa María de Ripoll, Sant Sadurní de Tavèrnoles, Sant Miquel de Cuixá, Sant Pere de Rodes, Sant Martí del Canigó, Sant Miquel de Fluviá y varios nombres más son hitos de la gran aventura benedictina en tierras catalanas, pero, sin duda alguna, dos son los que la Historia ha privilegiado como potentes focos de irradiación religiosa y cultural: el benedictino Montserrat y el cisterciense Poblet. El primero tuvo mucho que ver con la renovación litúrgica iniciada en Solesmes y contribuyó decisivamente a difundir el primer movimiento litúrgico (recuérdese el famoso misalito del P. Alfonso María de Gubianas, monje montserratino). El segundo estuvo ligado a la Casa Real aragonesa y a los más importantes linajes catalanes, hasta el punto de convertirse en panteón regio y nobiliario oficial (el Saint-Denis de Cataluña). Poblet, además, fue un monasterio varias veces mártir: en ocasión de la invasión francesa en 1809, durante el trienio liberal, durante la primera guerra carlista en 1833 (de lo que en 2008 se cumple el 175º aniversario) y con la desamortización de Mendizábal. Montserrat también pasó lo suyo: no olvidemos su importante papel en la resistencia anti-napoleónica de 1808 y la cuota de sangre que tributó en el curso de la persecución religiosa bajo la Segunda República (aunque el benedictino Hilari Raguer escamotee a sus hermanos de hábito la condición de mártires).

Cataluña hoy día es un pueblo que se aleja cada vez más de su identidad tradicional e histórica –inequívoca e irrenunciablemente católica– y reniega de sus raíces cristianas (siguiendo la moda de la Europa laicista y liberal). Hoy vemos con estupefacción cómo nuestras iglesias se vacían, cómo un número grande y creciente de niños catalanes ya no son bautizados (se ha inventado el absurdo “bateig civil”), cómo se promueve desde las instancias públicas el indiferentismo religioso, cómo se clama contra la intolerancia cuando se trata de manifestaciones que pueden herir a otras confesiones (el Islam en especial) mientras se ataca impunemente al Catolicismo de muchas maneras (en su doctrina, en sus representantes, en su liturgia y en sus símbolos). En fin, ¿para qué seguir? Lo vemos diariamente y no pocas veces lo hemos denunciado desde estas mismas páginas. Cierto es que este fenómeno se inscribe en un movimiento más amplio de apostasía que afecta a España, a Europa y a Occidente en general, pero no es menos cierto que en Cataluña adquiere tintes dramáticos por la complicidad pasiva de la Jerarquía y del clero, que han dejado de lado el espíritu combativo y de resistencia porque prefieren una política de coexistencia que les garantice una mínima tranquilidad para sobrevivir en términos de mínimos.

¿Y los monjes? ¿Dónde están esas intrépidas falanges que salvaron lo que pudieron de un imperio en mortal decadencia y lo supieron transformar en una civilización pujante y floreciente? La situación hoy es como en los tiempos de San Agustín y San Benito y plantea un reto semejante al de esa época de tinieblas, a la que el monacato supo dar la luz. Lo que pasa es que no sabemos si, por lo que respecta a Cataluña, los exponentes de la vida consagrada están a la altura del reto. A juzgar por los que vemos en Montserrat y Poblet (y no son más que los ejemplos más visibles), mucho nos tememos que no. Hace falta una renovación radical de la vida monástica en nuestra tierra, una renovación que vaya a lo esencial, es decir, que se centre en lo que es la razón de ser de la vocación de la vida consagrada, o sea la liturgia. Sólo sobre el culto a Dios se puede edificar algo serio; desde luego no sobre los hombres, sus veleidades y su política. Que veamos, por ejemplo, enterrar a todo un abad de Montserrat, rodeado de los que reivindican identidades espurias y en medio de intereses políticos y no espirituales (¿acaso vimos que se santiguaran los Carod y sus homólogos?), y no haya habido un revulsivo espiritual alrededor de su féretro es sintomático. Todo lo contrario de los funerales de Dom Gérard, rodeados de una atmósfera en la que se respiraba lo sobrenatural y exenta de contaminaciones mundanas. La restauración de la Cataluña cristiana pasa por su renovación espiritual y ésta podrá ser nuevamente obra de los hijos de San Benito si son fieles a su santo patriarca. Que así sea.

 

Ciñámonos los lomos - 13/03/2008

El nuevo triunfo electoral de los socialistas en España es un campanillazo para los católicos, especialmente para los Señores Obispos, a quienes el presidente Rodríguez Zapatero ya advirtió que, de ganar, iba a ponerles las cosas difíciles. Por de pronto, habrá que esperar la denuncia de los acuerdos Iglesia-Estado vigentes, que no acomodan ya a un gobierno laicista militante, empeñado en acabar de descatolizar a España (que ya de por sí es un país medio descreído). También habrá que estar preparados a las ofensivas que no tardarán en lanzarse para promover aún más el aborto e introducir la eutanasia, así como para apoyar resueltamente la manipulación de las células estaminales embrionarias humanas. Al sedicente matrimonio homosexual se querrá añadir ahora la posibilidad de adopción de niños por tales parejas. El combate se presenta duro, pero, ¿estaremos a la altura?

¡Qué duda cabe que los seglares están hoy quizás mejor organizados que hace unas décadas! Después de la crisis de la Acción Católica (la niña de los ojos de Pío XI) y su decadencia en los años salvajes del postconcilio, quedó un vacío en el ámbito del apostolado laico, sólo compensado parcialmente por asociaciones siempre activas, como la Legión de María por ejemplo. Por supuesto, nos referimos sólo a las ortodoxas, porque otras hubo que han continuado a través de todo este tiempo apoyando la contestación en el seno de la Iglesia. En los últimos años han ido surgiendo iniciativas novedosas, al amparo del pontificado de Juan Pablo II, que han incorporado los nuevos métodos y las nuevas tecnologías a su organización y apostolado. No se puede soslayar la importancia de esos grupos en importantes causas como la defensa de la vida. El gran éxito tanto de la Jornada Mundial de la Juventud de Valencia (a la que asistió el Santo Padre Benedicto XVI) como las grandes manifestaciones recientes en Madrid y Barcelona a favor de la Familia, así como el descubrimiento y la desarticulación de una red de abortos clandestinos operante en España, se deben fundamentalmente a las organizaciones laicas.

Sociológica y estadísticamente, el Catolicismo es la confesión de la mayoría de la población española, pero ello sólo es un dato aparente. La verdad es que la práctica religiosa se halla a niveles alarmantes (como el de nuestros pantanos). La asistencia a misa y la frecuencia de los sacramentos –dos de los baremos más indicativos– es exigua y descendente según se va de mayor a menor edad de los fieles, lo que presagia una progresiva disminución por una mera cuestión de pirámide demográfica. Como contrapunto de los practicantes están los claramente hostiles, ya no sólo a la Iglesia como institución (como el viejo anticlericalismo) sino también a la religión misma. Y no sólo se trata de una actitud puramente personal, sino que se traduce en declaraciones y gestos públicos, como la apostasía, la blasfemia y la contumelia contra todo lo sagrado o venerando. Hay grupos, vinculados a determinados lobbies (como el llamado “poder rosa”), que hacen militancia de descreimiento y de anticatolicismo. Aún son minoritarios, pero hacen mella en la sociedad, al acostumbrarla a la irreverencia y el sacrilegio. El grueso de la población española puede ser considerado hoy como indiferente en mayor o menor grado a la religión, a la que se pondera sólo desde su utilidad como agente de beneficencia y cuyas ceremonias -privadas de connotaciones de fe– sirven sólo para rodear ciertos acontecimientos sociales relevantes. En este contexto no es de extrañar que surjan pocas vocaciones sacerdotales y religiosas, cuyo número es alarmantemente bajo en un país que en tiempos fue de las primeros en clero y misiones.

Cierto es que la situación de España no es única: por todas partes la Iglesia sufre los ataques del secularismo y el laicismo (lo cual no puede ser ningún consuelo por otra parte), pero el caso de nuestro país es particularmente lacerante y es, en algunos aspectos, más grave que el de otras naciones europeas y, por supuesto, de las hispanoamericanas. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿cómo se llegó a esto? Y no basta referirse a la tan manida explicación de la descomposición del franquismo y el consiguiente final del llamado nacional-catolicismo. Desde el punto de vista sociológico puede valer algo; desde el punto de vista de la fe, no. La Iglesia Católica fue acusada durante la Segunda República de haber estado aliada al poder bajo la monarquía, pero es curioso que su vitalidad no se viera afectada por la propaganda de sus enemigos como ahora. Cierto que en la España de antes de la guerra había indiferencia y sentimientos anticatólicos, pero no en la medida actual y, desde luego, se hallaba compensada por una militancia valiente y fervorosa. ¿Puede decirse esto hoy? Mucho nos tememos que no.

Empezando por los Obispos. Salvo raras excepciones, el panorama es desolador: nunca se vio tanta mediocridad en la jerarquía española. ¡Qué lejos quedan los tiempos de un Osio de Córdoba o de los padres conciliares españoles que brillaron en Trento y en el Vaticano I! ¿Dónde están hoy los Cisneros, los Tomases de Villanueva, los Toribios de Mogrovejo, los Juanes de Ribera, los Torras y Bages, los Claret, los Herreras Oria, los Guerras Campos? Incluso a alguien como el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, a pesar de su desafortunado viraje eclesial, no puede regateársele un indudable talento y una cierta superioridad de los que carecen sus hodiernos homólogos. Da pena ver una asamblea de la Conferencia Episcopal: parece una reunión de directorio de cualquier empresa que cotiza en el mercado, con sus ejecutivos grises, aburridos y convencionales preocupados sólo de su rutina burguesa y capitalista. Desfilan por ella los obispos enfundados en sus trajes de clergyman,que les confieren ese aire poco carismático de burócratas y hombres de negocios (que no logra disipar la cadena de la vergonzante cruz pectoral metida en el bolsillo que asoma por sus chaquetas de sastrería eclesiástica). Desde luego no se podrá decir nunca de Sus Excelencias que habrán sido la causa ocasional de alguna vocación, como fue el caso del Cardenal Faulhaber, la visión de cuya persona en el esplendor de sus hábitos prelaticios inspiró la idea de hacerse sacerdote a un extasiado niño llamado Joseph Ratzinger.

Los sacerdotes se han convertido también en funcionarios de lo sagrado, si es que por ventura, en medio de la vorágine inmanentista que todo lo envuelve, puede todavía hablarse de lo sagrado o es inteligible este concepto. Y es que después de cuarenta años de confusión y de revolución, de reduccionismo del culto a puro sentimentalismo, de la depreciación de lo místico y de la depauperación de la expresión plástica de la belleza en la Iglesia, nuestros curas se ven impotentes y se enfrentan a mil dificultades para reconducir la situación por los justos cauces. Que hagan examen de conciencia y se pregunten si ellos mismos no han contribuido a la desorientación y el desencanto de los fieles. Algunas veces hemos oído a párrocos que se quejan de que sus fieles observan poco respeto en sus iglesias. ¿Quién tiene la culpa? ¿No fueron los propios curas los que quitaron las pilas de agua bendita, los reclinatorios, al Santísimo del sitio central del santuario? ¿No fueron ellos los primeros que propiciaron que se hablara dentro del templo, que se aplaudiera, se saltara, se hiciera algarabía? ¿No fueron ellos los que abolieron toda forma y signo exterior de respeto y reverencia a Jesús en la Eucaristía, dando la comunión de pie y en la mano o, peor aún, a veces poniendo el copón a disposición de los comulgantes como en un self-service? Ahora les preocupa no poder imponer el silencio en las funciones sacras, no hallar eco en las exhortaciones a mostrar actitudes de reverencia y adoración, ver que las primeras comuniones se convierten en festivales de vanidad, en los que lo esencial (que es recibir a Jesús Sacramentado) es relegado a un plano ínfimo y sin relevancia alguna (y lo mismo dígase de los bautizos, las bodas y los entierros). No, reverendos, no se puede sembrar abrojos y pretender recoger trigo. Pero nunca es tarde cuando hay buena voluntad y sentido sobrenatural. Lo que pasa es que la labor es inmensa: hay que catequizar desde los elementos más básicos, prácticamente desde la misma noción de Dios y de la fe.

¿Y los seglares? Aparte de los pocos realmente comprometidos en el buen combate y de los laicos enquistados en los consejos parroquiales como si se trataran de sóviets (donde mangonean a su gusto formando mafias inaccesibles para otros), hay una gran apatía extendida entre los que aún conservan la fe y se sienten católicos. Desgraciadamente, el español es atávicamente pasivo cuando se trata de empeñarse en una lucha. Espera que todo le llueva del cielo y su religión que la defiendan otros. Siglos de estado católico han producido un tipo de fiel comodón y conformista, lo diametralmente opuesto a esos intrépidos católicos de Francia, Alemania, el Reino Unido o Estados Unidos, que han tenido y tienen que luchar por su Iglesia en situaciones de minoría o de persecución, que son capaces de levantar templos, de patrocinar generosamente vocaciones, de sostener a sus sacerdotes moral y económicamente, de plantarle cara a los enemigos de Dios y de organizarse, informarse y hacerse fuertes.

Éste es el triste panorama con el que se abre el nuevo curso político. Quizás sea una bendición de Dios el que Rodríguez Zapatero vuelva a ser presidente. A veces es necesario que las cosas se precipiten o lleguen a su paroxismo para que empiece la regeneración. Los Obispos van a tener que ceñirse los lomos porque les espera una dura batalla. Ojalá se pongan a la altura y se dejen de arribismos, de afanes de protagonismo y de disputas mezquinas. Que relean a San Pablo (en cuyo año jubilar estamos) e interioricen lo que dice a Timoteo y a Tito sobre cómo debe ser y comportarse un pastor de la grey. A ver si así compensan su mediocridad con un sincero y ferviente celo apostólico. En cuanto a los sacerdotes y fieles, la Iglesia discente, demos gracias a que en el Solio se sienta un papa como Benedicto XVI, hombre de fe y de cultura, que es lo que debemos ser también nosotros. Él es el capitán que marca la ruta y seguirla no puede llevar sino a puerto seguro, a pesar de todas las tormentas y los riesgos de naufragio y contra el viento y la marea adversos que azotan hoy a  nuestra patria.

 

A vueltas con la nota de la Conferencia Episcopal – 28/02/2008

El pasado 19 de febrero se hizo pública una declaración firmada por algunas personalidades de confesión católica del mundo político, administrativo, científico, artístico y cultural de ámbito catalán, en la cual se comenta la nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las elecciones generales del 9 de marzo. La valoración que se hace de este documento es negativa, ya que se dice que su contenido y su presentación pública contradicen “una visión esperanzada de la sociedad y la libertad de opción política de los cristianos”. Además, la nota “acentúa ciertos aspectos que la asimilan al discurso de un determinado espectro político” (en evidente alusión al PP) y, en cambio, se atenúan “otras consideraciones que son también fundamentales en la Doctrina Social de la Iglesia” y, por tanto, determinantes para un católico a la hora de discernir su voto.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que la nota de los obispos remite a un documento previo: la instrucción pastoral sobre las Orientaciones morales ante la situación actual de España de 23 de noviembre de 2006. Por lo tanto, en la presente ocasión, simplemente se trata de hacer un recordatorio de los aspectos que son más acuciantes por haber sido los que más presentes han estado en el debate político de los últimos meses, a saber: la defensa de la vida humana en todas sus etapas, la promoción de la familia fundada en el matrimonio, la libertad de la enseñanza y la educación de calidad para todos, el problema del terrorismo, la cuestión de los nacionalismos y problemas de índole social (inmigración, paro, inasistencia, prostitución, postergación de la mujer, violencia doméstica, explotación infantil, desamparo, discriminación de personas y de comunidades autónomas). La nota dice que las situaciones concretas descritas en el último de estos apartados que hemos mencionado “deben ser tenidas muy particularmente en cuenta”. No es cierto, pues, que, como dice la declaración objeto de nuestro comentario, esas consideraciones “se arrinconen” al final del texto como si se les restara importancia.

La mención concreta al problema del terrorismo –que es tan sólo uno de los temas– no significa un apoyo a ninguna opción política concreta. Léase bien lo que se dice: “El terrorismoes una práctica intrínsecamente perversa, del todo incompatible con una visión moral de la vida justa y razonable. No sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo. Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político”. Que el terrorismo sea una práctica intrínsecamente perversa, incompatible con una visión moral de la vida justa y razonable es algo que cualquier persona decente y civilizada (y no sólo los católicos) subscribiría. En cuanto a que una sociedad no pueda reconocer explícita ni implícitamente al terrorismo como representante político de ningún sector de la población es también claro. Lo contrario significaría reconocer que hay un sector de la población que se cree con derecho a imponer sus ideas y aspiraciones por la violencia y que ello forma parte de la normal vida política de la sociedad civil, lo cual es sencillamente monstruoso. Ahora bien, por lo que se refiere a que el terrorismo no puede ser tenido por interlocutor político válido ha de explicarse.

Hay que distinguir entre interlocución violenta e interlocución política. Es evidente que si a uno le apuntan con una pistola, por fuerza ha de avenirse a negociar con quien le amenaza de esta manera porque le va en ello la vida, pero lo pactado en estas condiciones es nulo por falta de libertad de una de las partes. Análogamente, el Estado no puede considerar como interlocutor político válido a ningún grupo terrorista en cuanto tal, es decir, en cuanto injusto agresor con ventaja, ya que, forzado por la amenaza, comprometería el bien común de la sociedad (tutelar el cual es su obligación y su finalidad). El paso previo para toda negociación política debe ser, pues, por parte de cualquier grupo terrorista, la deposición de las armas; de lo contrario, la sociedad estaría siempre a merced de los que la amenazan con la violencia. Los ejemplos de mediación de la Iglesia en países con problemas de terrorismo que trae la declaración de católicos catalanes dan precisamente la razón a la nota episcopal, pues en todos esos casos la mediación se basó en el principio del abandono definitivo de la violencia por parte de las organizaciones terroristas. El IRA, por ejemplo, depuso las armas y optó por la vía política para defender sus reivindicaciones sobre Irlanda del Norte. En otras palabras, los terroristas deben dejar de ser terroristas si quieren negociar políticamente y no otra cosa han dicho los obispos. Si con esta postura –que es la justa– coincide o no la de algún espectro político concreto, no se puede reprochar a la Conferencia Episcopal, que tiene la obligación de orientar a los fieles católicos, recordándoles su obligación de ser coherentes en sus opciones políticas con la doctrina de la Iglesia (aunque después no hagan caso).

Por cierto, no sólo ha sido la declaración que comentamos la que ha apuntado a un cierto favorecimiento de determinado espectro político por parte de los obispos. Han llovido las críticas desde muchos sectores contra la nota de la Conferencia Episcopal, acusándola claramente de pedir el voto para el PP. Como acabamos de ver eso es falso. Pero lo que interesa poner de relieve aquí es la hipocresía de esos mismos grupos que han callado cuando la Junta Islámica de España ha pedido el voto para el PSOE. Y esto no son interpretaciones; son las mismas palabras del dirigente de dicha entidad. Entonces, ¿por qué tanto rigor con la Iglesia Católica, diciendo que no se puede ni debe mezclar en política, y ni una palabra acerca de la clara injerencia musulmana en ella? Una vez más se comprueba que sale barato atacar al Catolicismo.

Ahora pasaremos a glosar unas cuantas afirmaciones de la declaración del 19 de febrero, que nos parecen acreedoras de ciertas puntualizaciones. Empecemos por aquello de que “ningún proyecto contingente, de carácter sociológico o político, puede pretender tener la exclusividad de representar el Evangelio”. Por supuesto, pero hay proyectos más conformes que otros con los principios que se deducen del Evangelio en el orden social y político; es más: hay proyectos que son claramente contrarios a dichos principios y que la Iglesia, como parte de su munus docendi, ha de señalar, previniendo a los fieles para que se abstengan de apoyarlos con su adhesión y con su voto. Lo hizo oportunamente respecto del liberalismo, del socialismo, del comunismo y del nazismo, explicando en qué dichos sistemas eran –y son– incompatibles con una noción cristiana de la sociedad. Es claro que para un católico no es indiferente votar a según qué partidos: desde luego no a los que en su programa contienen propuestas que se oponen no ya sólo a las enseñanzas cristianas, sino a la Ley Natural (como, por ejemplo, todos los que quieren la liberalización del aborto).

La declaración afirma: “la polémica creada culmina un proceso de los últimos años en el cual muchas voces de Iglesia que llegan a la sociedad española aparecen más como un elemento de confrontación que de reconciliación”. Esta frase encierra una actitud de falso irenismo, como si la Iglesia tuviera que promover la reconciliación social a cualquier precio. Reconciliación sí, pero en la verdad y en la justicia. El Evangelio es el mensaje de Jesucristo, puesto como signum cui contradicetur (Luc II, 34), que no ha venido a poner paz sino espada (Mat X, 34). Esas “voces de Iglesia” recordando a los católicos sus deberes como creyentes y como ciudadanos no pueden sonar de otro modo al que suenan; de otro modo, en nombre de la no confrontación nos instalaríamos en el conformismo y el indiferentismo. Por otra parte, no son precisamente los católicos los que fomentamos la confrontación. Las iniciativas disolventes parten de otras instancias y es claro que ni los pastores ni el rebaño pueden permanecer en una actitud pasiva mientras se ataca a los fundamentos naturales y divinos sobre los que, al decir de San Pío X, se asienta la sociedad.

Dicen los firmantes del documento al que nos venimos refiriendo que entienden que las suyas son “consideraciones sobre temas opinables que no afectan la integridad de la fe y de las costumbres”. Aseveración grave. Los temas tratados por la nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española tocan de lleno toda una concepción cristiana de la vida, sancionada por el magisterio de la Iglesia. No puede decirse que el aborto o la eutanasia sea materia opinable, como tampoco la noción natural de matrimonio, ni el derecho y el deber de los padres a educar a sus hijos sin la injerencia del Estado (pero sí con su asistencia subsidiaria, que es obligación de éste), ni, en fin, el juicio moral sobre el terrorismo. Desde luego sí afecta a la fe y a las costumbres el que se tenga una posición u otra sobre estas cuestiones. Las políticas económicas concretas son opinables, las formas de gobierno son opinables, las distintas  líneas de la diplomacia son opinables y cosas por el estilo. Pero que se pueda o no se pueda matar impunemente a un ser humano nascituro en el vientre de su madre o que el Estado pueda o no obligar adoctrinar a los jóvenes en principios deletéreos de la doctrina católica, eso, señores míos, no es indiferente ni opinable.

No dudamos de la buena voluntad de las personas que subscriben la declaración del 19 de febrero, las cuales se declaran católicos y fieles hijos de la Iglesia. Pero documentos como éste, por muy bienintencionados que sean, no ayudan a la causa común que tenemos los seglares como ciudadanos, iluminados por nuestros pastores, de promover el reinado social de Jesucristo. Los tiempos que corren han convertido este ideal en una utopía, pero no por ello deja de ser un compromiso ineludible frente a aquellos que gritan: Nolumus hunc regnare super nos. Hoy como en los tiempos procelosos de San Agustín (y la situación no es ya muy diferente), la opción es clara entre la ciudad de los hombres y la Ciudad de Dios.

 

Señor Nuncio: ¡Cuidado con los poblados Potemkin! - 14/02/2008

En 1787, Catalina II, emperatriz y autócrata de Todas las Rusias, emprendió un viaje triunfal por Crimea, que cuatro años antes había sido incorporada al Imperio de los Zares tras su conquista por el favorito de la soberana, el mariscal-duque Grigori Alexandrovitch Potemkin, nombrado Príncipe de Táuride en la ocasión. Éste había emprendido la colonización de la nueva provincia y, aunque había cosechado algunos innegables logros en este terreno, lo cierto es que recibió severas críticas, muchas de ellas justificadas. Para acallar a sus adversarios políticos decidió impresionar a su augusta señora, haciendo pintar inmensos paneles para ser colocados estratégicamente en el camino que había de seguir la emperatriz y que representaban muy a lo vivo paisajes con poblados prósperos que en realidad no existían. Catalina II regresó a San Petersburgo convencida de la felicidad de sus nuevos súbditos mientras Rusia lo único que obtenía era una nueva declaración de guerra de parte de los Turcos, que consideraron el periplo imperial como una provocación. Algunos historiadores han relegado este episodio de los bastidores pintados al dominio de la leyenda, pero lo cierto es que los llamados “poblados Potemkin” han hecho feliz carrera en el lenguaje proverbial para referirse a cosas y situaciones muy bien presentadas, pero tras cuya fachada de aparente excelencia se esconde una realidad no tan halagüeña o incluso francamente desastrosa.

Mucho nos tememos que a Su Excelencia Reverendísima Monseñor Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Benevento y Nuncio Apostólico de Su Santidad (y no del Vaticano) en España y Andorra, le van a intentar colar un poblado Potemkin de los gordos en ocasión de su inminente visita a Girona, invitado por el aún obispo diocesano Monseñor Carles Soler Perdigó “todavía no sabemos por qué” (como escribe ingenua y sencillamente el Sr. Párroco de Sant Martí de Palafrugell en su diario virtual). Nosotros –que cual el antiguo Agustín contemplamos con tristeza desde nuestra humilde tribuna en la Hipona barcelonina el asedio vandálico de la Catalunya cristiana y católica– nos tememos que sí sabemos el porqué de esta estancia de tres días del Sr. Nuncio en la ciudad del Ter y del Oñar. Está al caer el nombramiento del sucesor del Obispo Soler y la camarilla incrustada desde hace décadas en la curia gerundense se halla aterrorizada ante la perspectiva de un posible cambio de tornas. No de otro modo se puede explicar que quienes han estado haciendo mangas y capirotes de la obediencia a Roma vengan ahora con invitaciones inopinadas al representante del Papa, cosa que hace algún tiempo se les hubiera dado un ardite.

En la agenda de Monseñor Monteiro de Castro figuran varios encuentros: con miembros del colegio de consultores y de los consejos presbiteral y pastoral diocesanos, de los movimientos y de la pastoral de los laicos y de la Curia Diocesana. Es claro que todas estas personas van a pintarle al Sr. Nuncio una situación idílica y van a evitar cuidadosamente referirse a datos concretos y contundentes: el número de seminaristas, el de ordenaciones sacerdotales y la cantidad y edad media del clero, cosas éstas que son las que realmente le interesan al Santo Padre por constituir los criterios más certeros para juzgar la marcha de una diócesis y la eficacia de un pontificado. En el caso de Girona, la situación no puede ser más clamorosa con un clero cada vez más escaso y envejecido que apenas tiene esperanzas de renovación cifradas como están en un número escasísimo de seminaristas y de ordenaciones. El Sr. Obispo ya tuvo que hacer una drástica redistribución de parroquias por la falta de pastores, medida que provocó el descontento de los fieles debido a que la opción de admitir vocaciones y clérigos foráneos fue descartada por el prelado al considerar que la llamada “importación de curas extranjeros” podría provocar un “choque de culturas” y poner en peligro la identidad catalana no siendo, pues, una solución para la diócesis. De todos modos, en palabras de Monseñor Soler, esto “no es un problema urgente” (si la escasez de clero y vocaciones no lo son, entonces no sabemos qué puede ser urgente para un obispo).

Estamos de acuerdo (aunque no por la razón que aducía el prelado) en que esperar que el clero y las vocaciones lleguen de afuera no es una solución para Girona ni para ninguna otra diócesis (a menos que se trate de un territorio de misión). La solución hay que buscarla en las razones que hicieron que en el pasado Girona fuera una tierra especialmente bendecida, que no sólo rebosaba de sacerdotes de ambos cleros, de religiosas y de almas consagradas, sino que de ella salieron fundadores que enriquecieron a la Iglesia con nuevas familias religiosas (como Santa Paula Montal, el canónigo Joaquín Masmitjà, el Padre Butinyà o Isabel de Maranges) y misioneros (como el dominico exclaustrado Joan Planas i Congost). Tales razones no son de orden humano o temporal como podría ser la vigencia de un régimen político de inspiración católica o la protección de la Iglesia por el Estado pues precisamente la gran floración católica de Catalunya –y de Girona en particular– se dio en el convulso siglo XIX, época de liberalismo, de desamortizaciones, de ofensivas sectarias e incluso de persecuciones.

No; hay que mirar más hondo, hay que fijarse en lo que impulsaba a hombres y mujeres a decidir que valía la pena dedicar la vida a Dios en un compromiso definitivo. Estamos hablando de lo trascendente, del mundo sobrenatural, de la gracia en definitiva. En esta perspectiva la vida del cristiano se concibe orientada radicalmente a Dios. La Iglesia tiene como misión llevarnos a Él y lo hace a través de los sacramentos, en especial de la Eucaristía, el magnum sacramentum, porque, siendo el mismo sacrificio propiciatorio del Calvario renovado incruentamente sobre nuestros altares, es la fuente y la cumbre de todos los demás. Puede decirse, pues, que la misa es el centro de la vida cristiana. De ahí la importancia del sacerdocio ministerial, al que Jesucristo quiso vincular la santificación de las almas. Cuando se considera que toda la economía de la salvación en el tiempo de la Iglesia reposa en los sacerdotes en tanto “ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios” (I Cor. IV, 1) se comprende el entusiasmo que arrastraba a tantas almas a entregarse con generosidad y compromiso definitivo al servicio de Nuestro Señor: unos para ejercer el ministerio y otros para colaborar con él en las diversas esferas de la vida consagrada. Es esto precisamente lo que hoy falla y ahí se halla verdaderamente la raíz del problema de la falta de vocaciones.

La situación es especialmente sangrante en Girona, donde el Fòrum Sacerdotal Joan Alsina, especie de soviet clerical al que pertenece la tercera parte del clero activo de la diócesis, mantiene el control de buena parte de las parroquias, lo que significa más de la mitad de la feligresía. Esta agrupación se dedica a publicar comunicados en los que pone de manifiesto una sistemática oposición al magisterio de la Iglesia: entre otras cosas, ataca el orden jerárquico, propugna la abolición del celibato sacerdotal obligatorio y aboga por la ordenación de mujeres. En su empeño por “desmitificar” al sacerdocio, lo ha despojado de sus notas esenciales; así, el presbítero católico no es para el Fòrum Alsina lo que es para la doctrina católica, a saber: sacrificador y santificador, sino una suerte de heraldo de la Buena Nueva (de contenido político, intramundano, inmanentista y antropocéntrico y ya no trascendente, sobrenatural y teotrópico) y agente de cambio y de promoción social. Este programa de vida, que puede resultar muy atractivo para un sindicalista, un político profesional o un líder de masas, no puede cautivar por supuesto a alguien con inquietudes genuinamente religiosas. No es de extrañar que si es lo que se predica como ideal de vida sacerdotal en la mayoría de sus círculos católicos, Gerona sea un páramo vocacional.

¿Qué decir, por otra parte, de todas esas manifestaciones de rebeldía a las orientaciones de Roma que se dan constantemente en no pocos templos gerundenses? Ya no se trata sólo del desprecio de las rúbricas y la manera desenfadada –por decirlo suavemente- como se destruye la liturgia de la Iglesia. Hablamos de l