SEMPER IDEM

Por Aurelius Augustinus

 

Interesante testimonio de un sacerdote (16/07/2010)

† …, 30 de junio de 2010.

Estimado Aurelius Augustinus:

Me permito molestarte porque hace tiempo quería manifestarte una inquietud que me asalta en los últimos tiempos. Te tuteo con la libertad que me dan mis años. Soy un sacerdote de 83 años y fui ordenado hace 60, durante el año santo 1950. Tuve la gracia y el privilegio de conocer al papa Pío XII durante una de sus tantas audiencias. Fue durante un viaje ese mismo año, regalo de mis padrinos de ordenación. Yo viví las glorias de esa Iglesia que parecía monolítica y que nunca iba a vacilar. En el seminario nos inculcaron que la continuidad de la Tradición era la garantía de su estabilidad. Y esa estabilidad se hacía palpable en la liturgia, que era para nosotros intocable, sagrada. Cuando me entrenaba para decir misa en las clases de liturgia celebrando lo que entonces se llamaban “misas secas” (o sea sin consagrar las especies), mi profesor me dijo que lo tenía muy fácil: “todo está especificado y no tienes nada que inventar: sigue las rúbricas al pie de la letra y no fallarás”. Tenía razón. Siempre obedecí las rúbricas y nunca me arrepentí de hacerlo. La Iglesia ya había pensado en todo y era maravilloso ver cómo desde Alaska hasta la Cochinchina los ritos católicos eran exactamente los mismos, lo cual expresaba claramente su nota de unidad.

La verdad es que durante los primeros años de mi sacerdocio fui un celebrante discreto: desarrollaba bien las ceremonias aunque sin mayores florituras como otros hermanos míos en el sacerdocio que se esmeraban por hacer de sus misas obras de arte. Yo en este sentido era más modesto y evitaba las misas cantadas cuanto podía por lo horrible de mi voz (ronca y desentonada). Pero de mis misas rezadas nadie pudo tener jamás queja alguna, porque les ponía unción además de respetar las rúbricas. Como mi especialidad era más bien el Derecho, la verdad es que la liturgia no era un tema al que prestase mucha atención. Por eso cuando cambiaron la Semana Santa a mediados de los 50 y más tarde cuando empezaron a hablar de cambios más profundos me pareció normal. Como muchos seguí atentamente el desarrollo del Concilio (leíamos ávidamente las crónicas que llegaban de Roma). A mí me cogió con unos 30 y pico de años (tengo la misma edad el actual Papa) y debo decir que había mucho optimismo. En esa época se veían los cambios con mucha expectativa y naturalidad. Aquí mismo en España había aperturismo. Estuve en Londres a principios de los 60 y hay que ver lo que era aquello: una explosión de color, de vitalidad, de ganas de hacer cosas. Ni a mí ni a muchos de mi generación nos parecía eso mal. Lo veíamos más bien normal.

A Juan XXIII no lo conocí. Es decir que lo vi de lejos, pero no como había pasado con Pío XII, que pude hablarle. Es cierto que se desprendía de él un no sé qué de bondad y de simpatía, pero sin ñoñería. En cambio sí tuve la oportunidad de estar en audiencia semi-privada con Paulo VI. Acababa de hacer una pequeña revolución de palacio cambiando la decoración del Vaticano y se hablaba de sus gustos “modernos”. A mí me parecía bien porque tampoco me ha gustado demasiado el emperifollamiento y las decoraciones sobrecargadas. Pero lo que más me impactó fue el exquisito trato del Papa, su porte elegante, su voz pausada y su acento agradable. Se veía que era tímido pues no sabía dónde poner las manos y gesticulaba mucho. Pero tenía magia, me hacía recordar un poco a Pío XII (después de todo fue uno de sus más estrechos colaboradores). Había en él algo místico y algo sufriente. No puedo olvidar esos ojos tristes y azorados mientras sonreía con la boca. La verdad es que me impactó mucho y sólo después he llegado a comprender toda la carga y responsabilidad que pesaban sobre los hombros de ese hombre de apariencia frágil.

Como el Concilio cambió cosas e introdujo nuevas, a los canonistas nos tocó trabajar en la adaptación de la vida de la Iglesia a ellas, cosa nada fácil. El trabajo que vino después del Concilio fue infinitamente más arduo que el que tuvieron los Padres Conciliares para ponerse de acuerdo. Es muy fácil decretar un cambio: lo difícil es cumplirlo en la práctica. Pero donde noté especialmente el cambio fue en la liturgia, pues es el aspecto más visible de la Iglesia. Tengo que confesar que, aunque me sorprendieron tantos cambios (sobre todo en la misa), mi mente los asumió sin problemas. Lo que sí ya no entendí fue que parecía para muchos de mis hermanos en el sacerdocio como si todo lo de antes hubiera sido malo y sólo lo de ahora fuera bueno. Recordaba la anécdota de Clodoveo y San Remigio cuando el obispo le dice al rey al bautizarlo: “Quema lo que has adorado y dora lo que has quemado”. Además, empezaron a menudear los experimentos y así pude asistir a misas de lo más variopinto que uno de pueda imaginar. Para ser franco, yo no veía tan mal aquello. Me decía a mí mismo que con tal de conservar la fe qué más daba celebrar la misa de una u otra forma. Total el pueblo tenía derecho a expresarse libremente también en la Iglesia como lo estaba haciendo en el mundo. Yo no me presté nunca a la creatividad, pero no censuraba que otros sacerdotes lo hicieran, sacerdotes de cuya fidelidad católica no me cabía dudar porque muchos habían sido compañeros míos de seminario. Hasta que empezaron las secularizaciones. Eso sí me chocó y mucho. En un solo año pidieron la reducción al estado laical siete de mis compañeros de quinta. Cinco de ellos se casaron y dos se hicieron comunistas.

En cuanto a la sotana, la llevé hasta 1972 y me la ponía cada vez que iba a Roma, pero adopté el clerygman. Una temporada me dio por ir de paisano. Fue después de un viaje al Brasil, donde ni el obispo llevaba traje eclesiástico sino la típica “guayabera” dado el calor que reinaba. Estuve yendo así como dos años hasta que comprendí que me faltaba como la piel. Volví al clerygman, pero la sotana sí me parecía cosa trasnochada. Volví a ver a Paulo VI un año antes de su muerte. No era ni sombra del Papa que había visto la primera vez. Sus ojos estaban excavados y circundados de profundas ojeras. Sus rasgos se habían afilado y la palidez y lo demacrado de su rostro daban impresión. Había vuelto a usar la silla gestatoria porque caminaba a duras penas. Al grupo que nos recibió simplemente nos dijo: “¡Rogad por el Papa!”. Pero lo hizo con una voz cavernosa, como si viniera de ultratumba. Era desgarrador. Entonces comprendí todo su drama. Había querido leer en los signos de los tiempos y éstos se le habían resistido. Había querido preservar la fe y se encontraba con una contestación general incluso de episcopados enteros. Tirios y troyanos lo acusaban hasta en su propio entorno. Creo que nunca ha habido un Papa más incomprendido y más solo que Paulo VI. Se podía palpar su dolor y su decepción.

Después vino Juan Pablo II. Personalmente me caía bien. Lo vi tres veces y me dio la impresión de un hombre que se creía que podía con todo. Incluso después del atentado se le veía con unos ánimos a toda prueba. Debo admitir que me sacaba un poco de quicio lo que yo consideraba era su manía de meter mano en todo. Es como si quisiera reinventarlo todo y así poder controlarlo. No sé de dónde sacaba el tiempo con lo que viajaba. Recuerdo a un obispo que había pedido audiencia privada con él en varias ocasiones y se quejaba diciéndome: “En Roma es más fácil ver a Jesucristo que a su Vicario”. No me gustaba en cambio ese aire de hombres de negocios que adquirieron durante su pontificado los curiales vaticanos. Incluso en tiempos de Paulo VI aún se veían muchas sotanas y no había tantos “hombres del maletín”, todos vestidos con traje de clerygman bien cortado, como si se tratase de businessmen de Wall Street. Todo se veía muy burocrático.

Y llegamos a Benedicto XVI, Papa al que sólo he visto una vez y de pasada en audiencia pública, pero que me pareció una mezcla de Pío XI y Paulo VI. Cuando hace tres años dio el Motu Proprio sobre la misa de la forma extraordinaria me sorprendí un poco, no porque no se esperara algo del género, sino porque vino de sopetón en verano. Como eran vacaciones judiciales, me puse a leer el documento y me pareció magnífico. Me abrió además lo ojos sobre muchas cosas implicadas en la cuestión litúrgica. Es más: me puse a buscar un misal antiguo para recordar viejos tiempos. Algo me atraía hacia la recuperación de esa misa. Aclaro que la misa nueva salida del Concilio no me disgustaba si estaba bien dicha (en Inglaterra tuve ocasión de asistir a misas según el rito de Paulo VI en latín impecablemente celebradas). Nunca me gustó la cerrazón de muchos tradicionalistas en este punto (aunque siempre consideré que el trato dado a Monseñor Lefebvre había sido injusto y canónicamente improcedente). Así que a partir del 14 de septiembre de 2007 empecé a alternar la celebración latina antigua y la moderna. Debo decir que, como afirma el Papa en “Summorum Pontificum” esta alternancia redundó en un enriquecimiento mutuo de ambas formas en lo que a mí respecta. Como yo celebro en latían en una capilla lateral pronto se me formó alrededor un grupo de personas, la mayoría jóvenes, que seguían mi misa con devoción y constancia. No tardaron en pedirme que se hiciera pública la celebración, pero yo les expliqué que eso no dependía de mí sino del párroco y que se lo pidieran a él. No sé si lo hicieron.

Pronto empecé a ver a este grupo fuera de la misa, pues cuando salía a la calle después de la celebración, se me unía para comentar cosas. Y aquí viene el objeto de mi carta. Me percaté, con disgusto, que se trataba de personas jóvenes que habían descubierto la Tradición y actuaban con el celo del neófito. Se creían saber más que yo en todos los órdenes (en algunos que no son de mi dominio quizás, pero ni el Derecho, ni en Teología, ni en Historia de la Iglesia). A veces estaba tentado de decirles aquello de “praedicatoribus non praedicatur”, pero me mordía la lengua para saber por dónde iban a tirar cada vez. Y cada vez pensaba: “¿Pero qué se habrán creído estos niñatos?” Verás: se permiten hablar mal de un Papa al que no han conocido como fue Paulo VI. Yo les pregunté un día si habían leído alguna biografía suya, a lo que me respondieron con displicencia que no hacía falta, porque era conocido “el daño que había hecho a la Iglesia”. ¡Él y Juan XXIII! Les interrogué sobre el magisterio de estos Papas y no me supieron responder sino las cuatro tonterías que habían aprendido en panfletos integristas. Yo me llevaba las manos a la cabeza y pensaba: ¡pero si no han vivido ese tiempo! Si fueran viejos de ochenta años como yo quizás podría entenderlo, pero no en jóvenes recién salidos de la adolescencia.

Creo que en la Iglesia hay hoy un peligro y ése es la proliferación del neo-conservadurismo o neo-tradicionalismo (como quiera llamárselo). No es malo que los jóvenes de hoy, aprendiendo de la experiencia de sus mayores, abracen la causa de la ortodoxia y la fidelidad a la Tradición. Tras años de desbarajustes es lo que toca. La Iglesia sabe ser siempre fiel a sí misma y acaba por imponerse lo que es de siempre, lo que es divino. Pero lo que sí es malo es esa soberbia que noto en muchos jóvenes que ni han vivido para poder juzgar ni tienen la perspectiva que dan los años y que permite ver las cosas serenamente y con desapasionamiento. La Iglesia de Pío XII fue grandiosa, sí. Pero tenía sus taras. Los que tanto alaban a Pacelli y denuestan a Montini deberían considerar que fueron los obispos de Pío XI y los de Pío XII los que hicieron el Concilio. En la Iglesia había cosas que cambiar, ¡por supuesto! Desde el punto de vista humano, desde el punto de vista canónico y desde el punto de vista de la presentación al mundo que hay que evangelizar. El Concilio tampoco fue un lecho de rosas y lo que vino después no puede considerarse lo ideal ni mucho menos. Pero me irrita que se hable desconociendo los antecedentes y la Historia. Es pura ignorancia y la ignorancia, ya se sabe, es atrevida. El Papa actual nos da una magistral lección de sabiduría. Él fue de los progres durante el Concilio y después, como tenía sentido de Iglesia, supo rectificar. Eso es bueno porque le da una ecuanimidad para afrontar las situaciones más delicadas y para comprender los dramas personales de muchos. Tendríamos que aprender todos de Benedicto XVI, tan delicado en las formas como firme en el fondo.

De más está decir que el grupo de personas que eran asiduas a mi misa desapareció cuando empezaron a oírme decirles cosas que no eran de su agrado. Encontraron, según me contó alguien, un sacerdote joven como ellos y de la misma cuerda. ¡Pobrecitos! Espero que se den cuenta que sólo la humildad nos permite ver las cosas claras y en su justa perspectiva.

Sólo quería que supieses esta experiencia personal mía por si te puede servir para tus lectores. Tradición sí, pero con Pedro y nunca sin él y Pedro es tanto San Pío V, como León XIII, como Pío XII, como Paulo VI y como Benedicto XVI.

Un fraterno abrazo en Cristo y María,

N.N.


Quien siembra vientos recoge tempestades. El drama de la Iglesia católica belga (1/07/2010)

El pasado sábado 26 de junio, a las 10:30 de la mañana, fuerzas del orden y autoridades judiciales belgas irrumpieron en el Palacio Arzobispal de Malinas-Bruselas (tal como recoge la fotografía), donde se hallaban reunidos los obispos belgas para una sesión de trabajo. Según se les explicó, se iba a efectuar un registro judicial y se les iba a interrogar, como parte de la investigación iniciada a raíz de las denuncias de casos de abusos sexuales en el territorio de la archidiócesis. Sin mayores explicaciones se procedió a incautar todos los documentos y teléfonos móviles y se conminó a los prelados a no abandonar el edificio, siendo posteriormente sometidos a interrogatorio. Los pesquisidores llegaron incluso a violar las tumbas de los cardenales Van Roey y Suenens, anteriores arzobispos de Malinas-Bruselas, en busca de posibles pruebas. Hay que decir que hace poco se realizaron trabajos de albañilería en los mausoleos de la cripta de la catedral, lo que dio pie a que alguien pensara que se había aprovechado la ocasión para ocultar documentos comprometedores en las tumbas episcopales.

La Santa Sede emitió el lunes un comunicado con la exposición de los hechos, lamentando la forma en que se desarrollaron aunque reiterando la confianza de los obispos en la justicia. La reacción de rechazo y de irrisión de algunos miembros del gobierno belga ha puesto de manifiesto la grave situación de la Iglesia en un país mayoritariamente católico, pero con un gobierno hostil en el marco de un Estado liberal. Que haya habido una clara intencionalidad anti-católica es clarísimo: ni policías ni jueces belgas se hubieran atrevido a tanto tratándose de los musulmanes. Imaginemos por un momento que hubieran irrumpido en la principal mezquita de Bélgica, reteniendo a los imanes y muecines, que les hubieran arrebatado sus documentos y teléfonos móviles y que hubieran profanado algún enterramiento en el cementerio islámico en busca de pruebas de terrorismo. Por supuesto se hubieran alzado las protestas de los medios de comunicación y de todos los grupos de la progresía belga (que son muchos), los mismos que se han callado frente a la flagrante violación de varios derechos en el caso de los obispos reunidos en el Arzobispado malinense. Una vez más vuelve a ser patente cómo el último prejuicio aceptable es el del anti-catolicismo.

Dicho esto, cabe preguntarse: ¿cómo es posible que la que otrora fuera una floreciente Iglesia en un país cuyo signo fundamental de identidad es la religión católica (al punto que el origen de Bélgica y su secesión de los Países Bajos Septentrionales se debió a su catolicismo) se halle hoy acorralada y sujeta a una implícita persecución? Porque no se trata sólo de la general secularización de la sociedad contemporánea, que golpea a las Iglesias de todo el mundo y a las demás confesiones cristianas. El caso belga es especialmente sangrante porque se ha pasado aquí del auge y del prestigio a la decadencia y el descrédito. Y eso no ocurre sólo porque los enemigos se coaligan, pues siempre queda la fuerza moral interna, capaz de sostener a la Iglesia en las peores circunstancias. Desgraciadamente, es el caso de decir que es ésta la cosecha de tempestades producidas por los vientos sembrados desde hace décadas en el catolicismo belga por los fautores del afán de novedades endémico a los países del Rin y que se significó especialmente con ocasión del concilio Vaticano II, en el que precisamente un cardenal Suenens, arzobispo de Malinas, fue uno de los grandes corifeos del ala liberal (según cuenta el P. Ralph Wiltgen, S.V.D. en su conocidísima y reveladora obra Le Rhin se jette dans le Tibre ).

Conviene recalcar que el problema belga no viene del Concilio, sino de mucho antes. En el Vaticano II sólo eclosionaron los huevos que se habían estado incubando desde ya antes del reinado de Pío XII. Cuatro son los principales aspectos de ese problema que deben ser considerados y que aquí sólo voy a esbozar por mor de brevedad: el teológico, el litúrgico, el moral y el social.

En cuanto al aspecto teológico baste pensar que es en Bélgica justamente donde se hallan dos de los más importantes centros de liberalismo teológico: la Universidad Católica de Lovaina y la Universidad dominica de Le Saulchoir. Reprimido el modernismo relativizador del dogma por la encíclica Pascendi de san Pío X (1907), reprobada la Nouvelle Théologie (o sea el neo-modernismo) por la encíclica Humani generis del venerable Pío XII (1950) y censuradas las obras de Teilhard de Chardin (evolucionismo teológico) por mónitum del beato Juan XXIII (1962), la contestación doctrinal se refugió en los círculos restringidos de ciertos teólogos: el dominico flamenco Edward Schillebeecx (Lovaina), Marie-Dominique Chenu (Le Saulchoir) e Yves Congar (Le Saulchoir). Curiosamente los tres eran dominicos. Desde la cátedra y con el apoyo de algunos prelados influyentes (que les servían de escudo contra las “injerencias” de Roma), estos próceres del llamado “progresismo” teológico lograron conquistar los ambientes académicos y formar a las generaciones de sacerdotes contestatarios que han dominado hasta ahora el panorama eclesial belga.

Por lo que respecta al aspecto litúrgico, es éste quizás el que más afecta a los fieles por la relación directa e inmediata que implica entre éstos y los ritos de la Iglesia (a diferencia del teológico, no accesible a todo el mundo, sino a los estudiosos). La liturgia siempre ha sido el vehículo más eficiente de la transmisión de la fe… y de los cambios en ella (como se vio en la reforma de Lutero en Alemania y la de Cranmer en Inglaterra). Como se sabe, en el siglo XIX, dom Prosper Guéranger inició el llamado “movimiento litúrgico” como un intento de hacer la liturgia católica más asequible y comprensible a los fieles mediante la explicación de sus textos, ritos y ceremonias, fomentando al mismo tiempo una participación activa y consciente en las celebración del culto. Este planteamiento es el que san Pío X apoyó e impulsó y el que el venerable Pío XII asumió en su encíclica fundamental Mediator Dei (1947). Pero el movimiento litúrgico sufrió una importante desviación de su propósito original: en lugar de hacer más comprensible la liturgia ya existente en la Iglesia, de lo que se trataba ahora era experimentar y adaptar la liturgia a la mentalidad moderna, lo que implicaba cambiarla según el espíritu de los tiempos. Y ese espíritu estaba dictado principalmente por el ecumenismo irenista y el racionalismo.

Pero este movimiento litúrgico adulterado no podía proponerse sin más abiertamente, pues Roma aún vigilaba. De modo que empezó a cultivarse discretamente en ciertas abadías benedictinas, siendo las belgas precisamente las más comprometidas con el nuevo derrotero. De hecho la iniciadora de esta tendencia fue la de Mont-César en Lovaina, bajo la dirección de dom Lambert Beaudoin, cuya influencia sería decisiva en la reforma litúrgica postconciliar. Émulas de Mont-César fueron las abadías de Maredsous y Chevetogne, ambas en la provincia de Namur. Sus monjes impulsaron jornadas litúrgicas, entre las que destacaron las de Lieja y Brujas. Discípulos de dom Beaudoin fueron dom Bernard Botte y dom Bernard Capelle de Mont-César, que, tomarían la dirección del movimiento litúrgico. No es casual el hecho de que la liturgia romana empezara su transformación en el país en el que se había iniciado el nuevo movimiento ecuménico católico, propiciado por las Conversaciones de Malinas entre anglicanos y católicos, que tuvieron lugar entre 1921 y 1926, patrocinadas por el cardenal Mercier bajo la inspiración de dom Beaudoin (Pío XI vería el peligro de ese ecumenismo de nuevo cuño y en 1928 publicaba la encíclica Mortalium animos ).

En cuanto al aspecto moral, el catolicismo belga, contagiado del holandés (imbuido del relativismo y de la moral de situación del Catecismo Holandés), se mostró muy permisivo y abierto a las situaciones que tradicionalmente se hubieran considerado aberrantes. Una ilustración de un libro catequético con el nihil obstat de la autoridad eclesiástica mostraba una niña desnuda en busca de su sexualidad y ávida de experimentación al respecto. Cuando se piensa que barbaridades como ésta se han publicado y enseñado por educadores católicos a los belgas no es de extrañar que Bélgica sea el país con el índice de pederastia y abusos sexuales a menores más alto del mundo. La moral laxista que se predicó durante años, la disociación de la sexualidad y el amor cristiano y el espíritu sistemático de contestación a las normas de la moral cristiana que venían de Roma no son ajenos a la degradación de una sociedad otrora ferviente católica y basada en firmes y severos principios de conducta personal y social.

En fin, me referiré al aspecto social, en el que obviamente viene a la mente la cuestión de los sacerdotes obreros (prêtres ouvriers) , nacido en Bélgica (¿sorprende?), en 1942, cuando el sacerdote Charles Bolland, de la diócesis de Lieja, pidió y obtuvo de su obispo Mons. Kerkhofs trabajar en una fábrica. La iniciativa recibió el decidido apoyo de nuestro ya conocido Padre Chenu. El movimiento pasó en seguida a Francia. Pronto se vio que, en lugar de evangelizar a la clase operaria, los sacerdotes eran los que adoptaban los análisis y métodos marxistas y muchos de ellos desertaban de las filas del clero para engrosar las de los sindicatos de izquierda. La experiencia fue sabiamente detenida por el venerable Pío XII en 1954, pero había ya causado estragos, sobre todo en lo que respecta a la identidad del sacerdocio católico. Muchos clérigos se interrogaban por la naturaleza y el sentido de su ministerio y no sabían hallar la respuesta. Y esto es desastroso para una Iglesia fundada sobre el ministerio sacerdotal para comunicar la gracia. Bélgica es uno de los países con mayor proporción de secularizaciones de sacerdotes. Y también donde se han dado las mayores muestras de total desorientación acerca de lo que debe ser y hacer un ministro de Dios.

Con tales antecedentes, ¿es de extrañar que la Iglesia en Bélgica se halle en una crisis terrible? ¿Se puede uno llamar a sorpresa de que ni siquiera tenga credibilidad para los belgas y puedan atreverse contra ella políticos y autoridades civiles sin que ningún fiel mueva un dedo? También pienso que la actual crisis institucional del país, en trance de disolución es una consecuencia indirecta de la situación penosa del catolicismo belga, ya que ni siquiera en él pueden hallar valones y flamencos un elemento común que pueda salvar la identidad de Bélgica. Esperemos que la urgente reforma y regeneración vengan pronto de la mano de los prelados que, como Mons. Leonard, el nuevo arzobispo de Malinas-Bruselas, está nombrando Benedicto XVI, los cuales van a tener, sin duda, un trabajo titánico que realizar. El caso belga es ilustrativo de lo que puede pasar en cualquier iglesia del mundo católico. Por eso, por lo que a España y, particularmente a Cataluña, se refiere, “cuando las barbas de tu vecino veas cortar…”


Queremos sacerdotes eucarísticos y según el Corazón de Cristo (4/06/2010)

En estos días estamos celebrando las fiestas que ponen broche de oro al tiempo litúrgico de Pascua-Pentecostés. El domingo antigua octava de la Pascua Granada está dedicado de manera especial al misterio de la Santísima Trinidad. Hoy nuestra atención se centra en el misterio Eucarístico, culmen de la Encarnación y consumación de la obra redentora de Cristo. El viernes de la semana que viene será la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la fiesta del amor de Jesucristo. Es como si antes de emprender el llamado “tiempo ordinario” de la liturgia, la Iglesia quisiera recapitular toda la religión Católica en estas tres conmemoraciones, que nos hablan de las virtudes teologales: la fe (Santísima Trinidad), la esperanza (el Corazón de Jesús) y la caridad (Corpus Christi). En tiempos fueron objeto de gran devoción y seguimiento, que se traducía en ejercicios de piedad popular: trisagios, horas santas, visitas al Santísimo, guardias de honor, comuniones de los primeros viernes, novenas de confianza, entronizaciones del Sagrado Corazón, etc.

En Barcelona estas devociones tenían un gran arraigo. Las procesiones de Corpus en muchas parroquias eran a cada cual más fastuosa y concurrida, culminando en la procesión catedralicia. Por otra parte, no había que espolear mucho a los fieles para honrar al Corazón de Jesús en una ciudad dominada desde lo alto por el Templo Expiatorio del Tibidabo. Hoy, por el contrario, apenas sí ya se ven procesiones eucarísticas y las que hay (con pocas y honrosas excepciones) son cada vez más deslucidas. Diría menos concurridas, pero no es cierto: las sigue numeroso público; lo único malo es que ese público está en su mayoría constituido por los turistas curiosos, ávidos de ver una manifestación “típica” más de este país de toros, paella, flamenco, sardana y pandereta. Y ya no digamos lo que pasa con la devoción a la que diera impulso Santa Margarita María de Alacoque. Por no predicarla, no la predican ni los jesuitas, aquellos mismos a quienes está tradicionalmente confiada. La comunión de los primeros viernes ni se anuncia, las entronizaciones en los hogares han pasado a la historia, los detentes y medallas son cosa de viejas beatas… ¿Quién oye hablar hoy de las Doce Promesas del Corazón de Jesús a sus apóstoles?

Para ser justos hay que decir que no es éste un fenómeno privativo de Barcelona y Cataluña, no. Desgraciadamente, es de mayor portada. Ni España, la tierra del Sagrado Corazón, cuna de los Padres Bernardo de Hoyos y Agustín de Cardaveraz y patria del P. Alcañiz, su gran apóstol en el siglo XX, país consagrado a Cristo y en cuyo centro geográfico se yergue el monumento del Cerro de los Ángeles… ni España, digo, escapa a la tendencia universal de enfriamiento de esta devoción, que, sin embargo, ha sido dada como “último remedio” del amor de Dios para con los hombres. Si así se trata a este último remedio, es que ya no tenemos remedio. Dicho lo anterior, sí hay que afirmar que en Barcelona el fenómeno está agravado por dos factores: 1) desde el punto de vista sociológico, el especial ambiente de apostasía y de indiferentismo religioso (Barcelona se considera una ciudad cosmopolita y multicultural, lo que la hace abandonar su antigua y específica identidad católica para convertirse en una de esas megalópolis modernas y asépticas, exponentes de la modernidad agnóstica y materialista), y 2) desde el punto de vista religioso, la dejación de la jerarquía y el clero, que no hacen nada por mantener o recuperar el terreno perdido, ni mucho menos por volver a potenciar las devociones perdidas. Es de este factor del que queremos ocuparos.

Cuando uno ve, paseándose por las iglesias de Barcelona, el poco respeto y consideración que se tiene en general al Santísimo Sacramento, no puede por menos de pensar que algo ha fallado. La gente entra en el templo como quien entra en un cine o parque de atracciones: ni un signo de reverencia al lugar sagrado, ni un saludo a la Eucaristía, ni una genuflexión ni siquiera en el momento solemne de la elevación durante la Misa, a la comunión se va como a un reparto de golosinas, poca oración personal de acción de gracias y adiós muy buenas. Y eso en el caso de gente más o menos observante. Porque los hay que van a la iglesia por cumplir un compromiso, por mera fórmula, por complacer a la mujer… y ya ni eso: indiferencia total. En algunos casos, se ve gente hablando, riéndose y hasta haciendo gamberradas en medio de los oficios. No hay una conciencia del lugar en el que se está ni de quién es el dueño de casa. Pero, ¿es culpa sólo de la gente corriente? No, señor. Sobre todo, es culpa del clero. Hoy se quejan muchos sacerdotes del poco respeto que hay en las iglesias y hacia la Eucaristía. Pero fueron precisamente ellos los que quitaron el tabernáculo del altar mayor, los que enseñaron a la gente a no arrodillarse (para asumir una actitud “de adultos”), los que desacralizaron las ceremonias litúrgicas y acabaron con los signos de reverencia, de honra a la majestad de Dios. Si la sagrada forma se puede tomar alegremente con la mano y después se va uno a contar un chiste al compañero (como sucede con muchos de nuestros niños), ¿de qué se quejan? Es el fruto de catequesis privadas de sentido de lo sobrenatural, de consciencia de lo sagrado, de inequívoco contenido católico.

¿Cómo se puede esperar que la gente adore la Eucaristía cuando el mismo cartel que anuncia el Corpus en Barcelona, editado por el Arzobispado, incita a todo menos al recogimiento y a la adoración? Cierto que no se ha llegado al límite del esperpento como en Linz el año pasado, cuando fue paseada una hogaza de pan cogida en unas tenazas… Pero el camino es ése y los presupuestos también. El pan, la espiga, el sarmiento, el vino, son signos del magnum sacramentum ; para el creyente representan (o deberían representar) a Cristo ofrecido en sacrificio y sacramentado para nuestra salvación. Eso, el que tiene la formación antigua, porque lo que es aquellos (que cada vez son más) para los que eso de la presencia real y la transubstanciación suena a chino ni se enteran. Y es que no sólo no se enteran, sino que les da igual. Les han enseñado a hacerse su religión a la carta y, si acaso, eso del pan y del vino les puede sonar a canapés y chatos de buffet libre.

Pero, ¿cómo se podría esperar otra cosa viendo cómo celebran misa nuestros sacerdotes? Ahí está la madre del cordero. Porque cabe preguntarse de algunos de ellos si aún tienen la fe católica. Lo malo es que, cuando en el mundo católico las cosas empiezan a volverse a enderezar, aquí seguimos erre que erre con ideas y hábitos que han quedado trasnochados precisamente por haber sido una moda. Lo clásico nunca pasa; si se pierde, se recupera; si se estropea, se lo repara; pero es siempre vigente. La moda es efímera y, o se convierte ella misma en clásico o queda anticuada y ridícula. Como anticuados y ridículos aparecen esos mosenes que aún se niegan a ponerse casulla, que se resisten a hacer genuflexión ante el Sacramento, que despachan la misa en un plis plas o la alargan con sus aburridísimas charlas sobre el “cristianismo comprometido”. De seguro que un pueblo con pastores piadosos y observantes no disminuye su fe; todo lo contrario. Ars (y el ejemplo es oportunísimo en este final de año sacerdotal) era un pueblo que podríamos llamar “de garrulos”, “de la Francia profunda”. Pues bien, gracias a su santo cura, Juan Bautista María Vianney, se convirtió en una de las parroquias más fervorosas y practicantes del país galo.

Por supuesto si el sacerdote demuestra poca devoción eucarística es que algo falla en su identidad y debería plantearse seriamente una reflexión. Si no se cree en el sacrificio, no se cree en el sacramento y no se cree en la dispensación de la gracia que produce ese sacramento y que está a cargo de los sacerdotes. Todo el edificio se desploma. La devoción eucarística es la piedra de toque de la religión católica auténtica y la del Sagrado Corazón su confirmación, como expresión magnífica del amor por el que Cristo se dio en sacrificio en el Calvario y se continúa ofreciendo en el altar por medio de sus sacerdotes, que deben configurarse con Él por el amor, el amor heroico representado en su Corazón Divino. Si nuestros sacerdotes no creen ni viven esto en vano se puede esperar que lo crean y lo vivan los fieles. Urge, pues, que Barcelona se llene de nuevas generaciones de sacerdotes entusiastas de su ordenación, eminentemente eucarísticos y de corazón manso y humilde, en resumen: sacerdotes según el Corazón de Cristo. Y, de paso, las antiguas generaciones de sacerdotes podrían tomar buena nota, especialmente los responsables de formar a los jóvenes candidatos al sacerdocio.


Ladran los perros, Sancho... (20/05/2010)

Es curioso cómo aquellos que se empeñan en ningunear y calumniar nuestra humilde labor de “denuncia profética” (para emplear términos caros a ellos), están, sin embargo pendientes de lo que escribimos, como lo demuestra el hecho de que comentan nuestros artículos aunque sea para ponerlos en solfa. Acaba de ocurrir una vez más a propósito de lo escrito hace dos días en el Directorio de Mayo Floreal acerca de la preconización de Mons. Cristau como obispo auxiliar de Terrassa. Sin nombrarnos expresamente, tanto Jordi Llisterri como Oriol Domingo se ocupan del asunto, intentando desmontar lo publicado en estas páginas, aunque sin conseguirlo, como es habitual, pues ya pueden invocar mil y una explicaciones: contra facta non sunt argumenta y los hechos cantan. Repasemos un poco.

Tanto Llisterri como Domingo comienzan sus artículos con la sempiterna teoría de la conspiración: el primero habla de una campaña orquestada por lo que el segundo llama “sectores ultraconservadores católicos”. La cantilena de siempre cuando quieren rehuir temas incómodos como el de la innegable decadencia religiosa de Cataluña y, especialmente de Barcelona. ¿Pero cómo tienen el coraje de hablar de campañas orquestadas estos señores afines a aquellos mismos que montaron en Barcelona la infame campaña contra Don Marcelo González Martín, haciéndole la vida imposible hasta forzar su dimisión? Y ello por no hablar de las continuas campañas anti-Carles durante el pontificado barcinonense anterior. Por otro lado, si hay “ultraconservadores” son ellos, que quieren mantener a toda costa el status quo , en el que les va muy bien y del que viven. Nosotros, de conservadores, nada. Estamos en la línea de Benedicto XVI y punto, sin apellidos y sin otra adscripción que la de católicos (con las consecuencias que ello implica).

Dice Llisterri que la estrategia (nuestra, obviamente) es “presentar a Barcelona como un desierto y a Terrassa como una diócesis floreciente e inmaculada” . Y añade que la realidad “no es tan blanca ni tan negra, sino que la vida tiene muchos matices y muchos grises, particularmente en el campo episcopal” . Barcelona es ciertamente un desierto y a las pruebas nos remitimos: los mínimos históricos de vocaciones y ordenaciones, el descenso contundente de la práctica religiosa, el cada vez menor peso específico del catolicismo en Barcelona, donde se construyen ya más lugares de culto acatólico que católico, etc. Terrassa, en cambio, ofrece datos mucho mejores en las mismas variables y ésos también constituyen hechos, sobre todo porque se ha dado una evolución positiva en los pocos años que lleva como diócesis desgajada de Barcelona. Eso querrá decir algo. Los datos concretos no nos los inventamos: están allí, figuran en los anuarios eclesiásticos y en las estadísticas religiosas y sociológicas.

La desertificación de la archidiócesis viene de antiguo y no es achacable solamente al cardenal Martínez Sistach. El cato-progresismo nacionalista es el responsable y éste ha operado con la anuencia de Jubany, la pasividad de Carles y la colaboración de Sistach. Por eso, no es verdad lo que dice Domingo: que trazamos “una línea continuista entre Marcelo González Martín, Ricard Maria Carles, Sáiz Meneses y Cristau ” . El gobierno pastoral del cardenal Carles (que personalmente tendrá buena doctrina y será una buena persona) fue mediocre  para Barcelona por no saber mandar y encastillarse en su palacio, dejando que sus detractores camparan a sus anchas. Cierto es que él promocionó a Sáiz Meneses (hombre de Don Marcelo), pero la línea episcopal de éste es muy superior a la del cardenal valenciano, que, perdónesenos la expresión, parecía tener sangre de horchata. También se puede ser perjudicial por inacción, por omisión del deber, y lo que en un simple mortal es censurable, en un obispo es inexcusable.

Llisterri nos da la razón al sostener que “Toledo hace tiempo que está de moda y eso no se cambia de un día para otro” . Solamente que para nosotros el espíritu de Toledo no es una moda, sino un ejemplo de iglesia local fiel al Papa y a sí misma, en la que se practica la hermenéutica de la continuidad. Domingo la ve de otro modo y habla del “talante toledano” como de “un sistema (espiritualidad, mentalidad, eclesiología, teología, lenguaje, compromiso social y cultural) marcadamente tradicional”. No sabemos lo que en su mente significará “tradicional”, pero afirma que ese sistema lo contraponemos “al estilo de la Iglesia en Catalunya caracterizado históricamente por su  espíritu renovador y conciliar del Vaticano II”. ¡Ya estamos! La consabida historia de las dos iglesias contrapuestas (cosa que repugna a Benedicto XVI). Nosotros no oponemos el “sistema tradicional” al “espíritu renovador y conciliar del Vaticano II” . Sólo negamos que lo que reina en Barcelona sea ese espíritu renovador y conciliar. Precisamente los promotores del cato progresismo nacionalista son los que han subscrito desde siempre esa dicotomía “iglesia preconciliar-iglesia conciliar” (como conceptos incompatibles), propugnando el desmantelamiento del odiado “modelo pacelliano” del Dr. Modrego para imponer el suyo (rupturista y revolucionario). Para nosotros nunca lo tradicional puede estar reñido con lo “conciliar” ni la verdadera renovación puede chocar con la Tradición, la cual es algo vivo y no fosilizado (la misma palabra indica movimiento, toda vez que “traditio” significa “entrega” y en toda entrega hay una acción dinámica de dar y recibir).

Llisterri, a fin de cuentas, acaba por darnos la razón cuando afirma, refiriéndose a la preconización de Mons. Cristau: “treinta años después [o sea, desde finales de los setenta, cuando estaba pleno auge la contestación cato-progre nacionalista en Cataluña y, especialmente, en Barcelona], los vientos soplan a favor de la ortodoxia y en los nombramientos episcopales tienen preferencia los que no hicieron experimentos” . ¡Pues, menos mal, oiga usted! Porque los “experimentadores” ya se ve el fracaso que han tenido. Lo que nuestro comentarista debería tener en cuenta es que la ortodoxia no es un viento que sopla como los vientos de la moda y de las tendencias, sino una condición indispensable de la fe católica (por supuesto operativa por la caridad, lo que los modernos llaman “ortopraxis”). Además, ¿Qué es eso de hoy los vientos soplan a favor de la ortodoxia? ¿O sea que hace treinta años en Roma no había ortodoxia? Vuelta al mito de la solución de continuidad entre dos tipos de Iglesia.

Oriol Domingo incurre en contradicción, pues, por un lado insta a “Carles, Sáiz Meneses y Cristau poner los puntos sobre los íes a los sectores ultraconservadores que tanto les aplauden” (como si nos equivocáramos con las personas) y, por el otro, admite que el “ hecho es que las biografías eclesiásticas de Sáiz Meneses y Cristau son paralelas. Calcadas. En su día optaron a fondo por Toledo y su espiritualidad, no por Barcelona y su espiritualidad”. Es decir, que los obispos implicados deben desmentir nuestra apreciación, que, después de todo, Domingo admite como válida. ¿Qué nos iban a reprochar Sáiz Meneses y Cristau? Sólo nos hemos limitado a señalar un hecho, que los mismos que nos critican reconocen ser verdadero: que ambos están en la línea de Don Marcelo González Martín, como es natural en gente que se ha formado en Toledo. Tanto uno como otro de los articulistas, no sabiendo por dónde atacar, dan palos al aire. Porque, en el fondo, les corroe que Roma ponga orden y nombre obispos que les sacan las vergüenzas a los que tanto daño han hecho a Barcelona y a Cataluña.


La visita de Benedicto XVI a Barcelona: Renovación o muerte de la Iglesia catalana (6/05/2010)

¡Qué duda cabe que la visita del Santo Padre a Barcelona –aunque brevísima– va a significar un saludable revulsivo para la Iglesia que peregrina en Barcelona (y en Cataluña)! Algunos la querrían fugaz, es decir, que el Papa llegue, consagre la Sagrada Familia y se marche. De esta manera quedaría satisfecha la vanidad de los capitostes eclesiásticos y civiles (Carod Rovira, incluido), que tendrían el tiempo suficiente para hacerse la foto con Benedicto XVI, y, al mismo tiempo, se evitaría que el Santo Padre curiosee más de la cuenta en una archidiócesis cuyos datos alarmantes, sin duda, debe conocer, tratándose de la sede correspondiente a una de las más importantes y cosmopolitas ciudades europeas. Pero, por lo visto, de la visita hace dos semanas de los responsables vaticanos que organizan los viajes papales, se desprende que el Pontífice desea pernoctar en Barcelona y ver el ambiente general.

¿Por qué hablamos de revulsivo? Porque la realidad eclesial catalana y, especialmente, barcelonesa es de enfermedad y postración y, por lo tanto, necesita una purga, algo que haga que todo aquello que le hace mal y la mantiene en ese estado patológico sea arrojado, como hacen los eméticos en determinados pacientes. Y esa purga sólo puede venir de Roma. La presencia de Benedicto XVI, que está poniendo orden en todos los sectores de la vida de la Iglesia, no puede por menos de significar un aldabonazo a las conciencias de todos los católicos barceloneses y catalanes, embotadas –según los casos– por la autocomplacencia, la indolencia, la resignación, el desaliento. Algunas despertarán y se espabilarán (¡ojalá sean muchas!); otras, después de un breve estado de percepción, volverán a su cómoda languidez y al letargo que les permite ignorar los problemas.

Pero hay quien ya está pensando en sabotear los posibles frutos de la visita papal. Se están estableciendo en estos días las comisiones archidiocesanas encargadas de su organización a nivel local. Por lo que hemos podido saber van a estar copadas precisamente por los mismos que, de uno u otro modo, son responsables del lamentable estado de cosas desde el punto de vista religioso. Es decir, que obviamente van a trabajar con denuedo para taparlo en la mayor medida posible y engatusar al Papa con espejismos. Porque, lógicamente, no se pueden enderezar tantos entuertos de la noche a la mañana al cabo de décadas de declive y deterioro. Es el recurso –que ya otras veces hemos mencionado– de las “perspectivas Potemkin”: como hacía el ministro de Catalina II de Rusia (que construía paisajes de cartón piedra a lo largo del camino por donde debía pasar la Emperatriz para hacer creer a ésta en la prosperidad de su pueblo), aquí también se va a pretender hacer creer al Papa que todo va bien en el mejor de los mundos posibles. Aunque dudamos sinceramente que Joseph Ratzinger –y perdónesenos la expresión coloquial– se chupe el dedo.

Es de suponer que, antes de realizar un viaje apostólico, el Romano Pontífice se informa con más o menos detenimiento del lugar que va a visitar y de las condiciones de la Iglesia en él. Sólo con abrir el Anuario Estadístico de la Iglesia y la Guía del Arzobispado de Barcelona (de la cual habrá más de un ejemplar en la Secretaría de Estado) y hojearlos un poco, se dará cuenta de que una ciudad como Barcelona, la segunda en importancia en España y de las primeras en Europa, prácticamente no tiene vocaciones y las ordenaciones sacerdotales son poquísimas. Este sencillo dato basta por sí solo para poner en alerta a Benedicto XVI, tan sensible al tema del sacerdocio (especialmente en este actual año sacerdotal que va hacia su culminación). Por otra parte, están los informes de los nuncios apostólicos y, quizás, hasta reportajes que no por no ser oficiales dejan de reflejar verídicamente una realidad sangrante (el de la revista ALBA, por ejemplo) y que algún prelado de la Curia Romana habrá leído y manejado.

Aunque la nomenklatura política catalana (Tripartito, nacionalismo) apoye el tinglado que van a armar los que mandan en la archidiócesis; aunque el cardenal secretario de Estado, bajo la impresión ilusoria de su visita de hace algunos días, predisponga al Santo Padre a favor del razobispado; aunque el cardenal Cañizares, en nombre de su extraña alianza estratégica con su homólogo Martínez Sistach, intente distraer la atención del augusto visitante de la penosa situación reinante; aunque Benedicto XVI sea traído y llevado según convenga a la cúpula del poder, lo que está claro es que, como muy bien ha escrito Oriolt en estas mismas páginas, “es Barcelona la que homenajea al Papa y no al revés” . Es decir, que su presencia aquí no significa de ningún modo cohonestar cuanto está pasando. En cambio, es una oportunidad de oro para que las cosas empiecen a cambiar. Me explico.

La misa de consagración de la Sagrada Familia va a ser un acontecimiento decisivo. En él se verá gráficamente la noción de Iglesia que sostiene el Pontífice: centrada en el Santo Sacrificio y en la que el sacerdocio católico desempeña un papel decisivo como dispensador de la gracia. Habrá que mirar con lupa la alocución papal, porque Benedicto XVI no da puntada sin hilo y, sin duda, nos dará un programa de renovación eclesial en ella. Incluso el imponente escenario de la Sagrada Familia, todo él impregnado de la piedad de un creyente ejemplar como fue Gaudí (que plasmó genialmente el dogma católico en la piedra de su maravilloso templo), ayudará a ver claro el contraste existente con la realidad. A partir de aquí muchas cosas tendrán que cambiar, pero dependerá ello, sobre todo, de una implicación seria del Pueblo de Dios en su “denuncia profética” de todo cuanto no funciona en la Iglesia barcelonesa y catalana.

Incluso desde ahora deberíamos hablar claro y, como quien dice, “a calzón quitao”. No valen falsos pudores ni respetos humanos. Hay que insistir en señalar que aquí hay gente de sotana y hábito que habla libremente a favor del aborto –y hasta colabora con él– sin que el prelado diga esta boca es mía; que la vida litúrgica sigue lastrada por la perjudicial hermenéutica de la ruptura en la mayoría de las parroquias e iglesias; que existen casos impunes de abusos sexuales por parte de clero, encubierto por altas instancias (y no sólo de ahora); que el motu proprio Summorum Pontificum no es de aplicación en Cataluña, donde reina todavía el bugninismo; que el catolicismo aquí está en vías de convertirse en residual; que existe una connivencia con el nacionalismo que ahoga la universalidad de la Iglesia y margina a un buen número de fieles; que el clero envejece y disminuye por la escandalosa falta de vocaciones y las pocas que quedan son formadas deplorablemente, y un largo y penoso etcétera.

Y no es únicamente cuestión de Germinans . Deben implicarse todos los que, de algún modo u otro aman a la Iglesia y no pueden ver sin tristeza e indignación cómo languidece a ojos vista. Aquí deben mojarse también todos esos grupos nuevos que han ido surgiendo y que tienen conciencia y sentido de Iglesia, por ejemplo e-cristians, que tanta gente moviliza en sus magníficas manifestaciones pro-vida. Ellos saben perfectamente que lo que aquí venimos denunciando es tristemente verdad. También deberían intervenir las personas de nota que tienen alguna influencia y me refiero concretamente, a los dos laicos catalanes que están en sendos dicasterios romanos como consultores y a quienes no se les oculta la gravedad de la situación eclesial bercelonesa y catalana. Ellos tienen la posibilidad de acceder a los círculos próximos al Papa y sería una pena que desperdiciaran esta ventaja para procurar ponerlos al corriente de ella. Y aquí no valen amiguismos episcopales y curialescos, cálculos de ventajas, oportunismos ni personalismos: aquí debe prevalecer la gloria de Dios y el bien de las almas, que, al cabo, es lo único que tiene consistencia verdadera.


Los cinco fecundos primeros años de un gran Pontificado (22/04/2010)

Benedicto XVI acaba de cumplir cinco años en el sacro solio; el cardenal Lluis Martínez Sistach los cumplió en la sede barcinonense hace ya varios meses. Se puede decir, pues, que son pontificados contemporáneos, pero ¡qué diferencia! Joseph Ratzinger, con lo que lleva realizado, ya ha contraído méritos suficientes para pasar a la Historia como uno de los grandes Papas que han gobernado la Iglesia (y esperemos que dure como mínimo otro quinquenio). Desgraciadamente, no puede decirse lo mismo, a escala archidiocesana, de nuestro prelado (y bien sabe Dios que nos gustaría escribir lo contrario). Si no hay un golpe enérgico de timón, la nave de la Iglesia que peregrina en Barcelona continuará al garete, a merced de los vientos y las corrientes del momento, no ciertamente favorables. Según esta perspectiva, el Señor Cardenal-Arzobispo corre el riesgo de repetir aquello de Don Juan Tenorio, el cual, por dondequiera que fue dejó memoria amarga de sí. Aquí se contraponen, en suma, brillantez y mediocridad. Y, aunque las comparaciones son odiosas, no pueden dejar de hacerse y uno se pregunta cómo es que en otras diócesis se nota el influjo positivo y benéfico de Roma y aquí estamos languideciendo en un obstinado prolongarse de épocas históricamente ya superadas.

Por supuesto no vamos a caer en el error de echarle toda la culpa a nuestro actual Ordinario. La actual penosa situación de la archidiócesis viene ya de antiguo y arrastra errores y malas gestiones anteriores. Aunque el cardenal Ricard Maria Carles sea personalmente un prelado ortodoxo y observante, su gobierno como arzobispo diocesano fue lamentable por su inacción: encastillado en su palacio e inaccesible a nadie que no fuera de su clientela, no supo deshacerse de las rémoras y los atavismos propios del establishment cato-progresista que se apoderó de la sede de Barcelona en los años setenta, a vista y paciencia del cardenal Jubany. Martínez Sistach no hace como su inmediato predecesor, no es un avestruz para el que los problemas no existen si no los ve. Sabe actuar con mano firme y no le tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones. Lástima que esas decisiones no sean las acertadas y que su firmeza caiga pesadamente sobre los más débiles y menos culpables. Los verdaderos responsables del desastre eclesial siguen campando por sus respetos, prebendados por su señor y patrón. Y mientras se desmorona la vida católica en la capital de Cataluña, en el Palacio Arzobispal se continúa en la convicción de que aquí no ha pasado nada. Pero ése es precisamente el problema: que no ha pasado nada.

Benedicto XVI es un papa que ha sabido en estos primeros cinco años de su pontificado llevar a la Iglesia por derroteros de reforma, pero de reforma auténtica: no a base de veleidades revolucionarias (que al fin y al cabo no cambian nada, porque sabido es que a veces se revoluciona todo para que las cosas sigan como están) ni golpes de efecto, sino procediendo con delicadeza, tacto y caridad en fidelidad a la identidad substancial del Cuerpo Místico de Cristo, compuesto de elementos divinos y humanos, que en cada momento de la Historia debe intentarse que armonicen. La Iglesia vivió décadas del prestigio personal de un gran pontífice como fue el venerable Juan Pablo II, pero la realidad de una decadencia fruto de la innegable crisis postconciliar acabó por imponerse en toda su crudeza. La acción del papa Wojtyla puede compararse a la de un sabio arquitecto que sabe mantener en pie la fachada de un edificio antiguo y bello mientras por dentro se lo remodela y restaura, que es lo que está haciendo su sucesor el papa Benedicto.

El sello de su reinado parece ser el lema del Padre Acquaviva: Suaviter in modo, fortiter in re (“suavemente en las formas, pero con energía en el fondo”). Se ha tomado la molestia de explicar a sus hermanos en el episcopado sus decisiones más trascendentales (la liberalización de la liturgia romana extraordinaria y el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvrianos por bien de paz. Antes que imponer prefiere persuadir y nadie le gana al Papa en capacidad de persuasión por su gran inteligencia y su sentido eclesial. Ejemplo podría tomar nuestro prelado, cuyas decisiones siempre son terminantes e inexorables como un golpe de báculo y que ha demostrado hacia algunos de sus diocesanos una absoluta falta de consideración, como está documentado en estas mismas páginas. Ya hemos comentado alguna vez la paradoja existente en el hecho de que precisamente aquellos que más predican la libertad y la modernidad, son los mismos que actúan según los métodos odiosos del pasado. Pasa como en Roma, en la que los que acusaban injustamente al cardenal Ottaviani de ser un inquisidor déspota, después, cuando alcanzaron el poder, han demostrado ser mil veces más arbitrarios siendo así que se precian de su apertura al mundo y su talante liberal.

Uno de los grandes logros del presente pontificado de la Iglesia universal es la dilucidación de las causas de la crisis que siguió al Vaticano II. Sabiamente ha rechazado la tesis de los que, sosteniendo al axioma “post hoc, ergo propter hoc” responsabilizaban al propio Concilio de ella. No, la crisis no vino por el Concilio, sino por la interpretación del Concilio en la época post-conciliar, que, en nombre de un supuesto “espíritu del Concilio”, rebasó su letra y la intención de los Padres y condujo a reformas no siempre afortunadas (algunas de ellas más bien perjudiciales). Esa interpretación el Papa la ha llamado “hermenéutica de la ruptura”. Ruptura que querían los que ven las cosas de modo revolucionario y materialista y afirman la existencia dialéctica de dos iglesias opuestas: la pre-conciliar y la conciliar. Benedicto XVI ha desbaratado tal montaje ideológico y ha dicho claramente que no hay solución de continuidad entre la Historia de la Iglesia anterior al Vaticano II y la posterior. No hay dos Iglesias, sino una sola, la de Cristo, que, como el paterfamilias, extrae de su tesoro “nova et vetera” . Así pues, gracias a una “hermenéutica de la continuidad”, que no es sino aplicar el Concilio de acuerdo con la Tradición viva de la Iglesia, poco a poco se produce una genuina renovación cuyos frutos ya estamos viendo en muchas partes. En muchas, pero todavía no en Barcelona… Aquí la hermenéutica no es la de la continuidad, sino la del continuismo, continuismo de una pastoral equivocada, basada en los prejuicios de los rupturistas.

El papa Ratzinger ha tocado la fibra más sensible de la Iglesia: la que se refiere a la liturgia y el sacerdocio, cosas que se hallan íntimamente vinculadas, casi se diría en unión hipostática. Y es que la vida litúrgica, que es la razón y la esencia del sacerdocio católico, está en el corazón mismo del Cuerpo Místico. Es la que lo mantiene en vida, bombeándole la sangre vivificante de la gracia, obra del Espíritu Santo, que es su alma. Benedicto XVI quiere terminar con los abusos que depauperaron y bastardizaron la liturgia en nombre de la “creatividad”, de un falso “ecumenismo”, de una ficticia “simplicidad”, de una errada concepción teológica sacramental. Con su motu proprio Summorum Pontificum ha querido instaurar la paz litúrgica en una Iglesia que se debatía hasta hace poco en una triste y desigual “guerra de misales” (desigual porque uno de los bandos, el revolucionario, tenía todas las ventajas). Hoy no hay ya pretexto para ello, dado que el Santo Padre ha interpretado auténticamente que el rito romano tiene dos formas y que ambas formas son lícitas y recomendables. Además, ha levantado la injusta proscripción de hecho que pesaba sonre la antigua liturgia latino-gregoriana, pero lo ha hecho de manera de no herir susceptibilidades y de no provocar nuevos entuertos. En este capítulo también, la recepción del motu proprio se va abriendo paso positivamente, pero pareciera que en nuestra archidiócesis es letra muerta… de momento.

En cuanto al sacerdocio, el Papa ha querido recalcar su noción auténtica, que es la de del sacerdote substancialmente como sacrificador y santificador, como hombre del altar, que vive del altar y que desde el altar comunica los tesoros de la gracia a los fieles. Ello se ha puesto de manifiesto no sólo en múltiples alocuciones de Benedicto XVI, sino también y especialmente en la proclamación del Año Sacerdotal 2009-2010, proponiendo como modelo de sacerdote a San Juan María Vianney, el Cura de Ars, modelo de hombre de Dios, dedicado íntegramente a su ministerio de santificar a las almas mediante el sacrificio de la misa y la administración de los sacramentos. Todo un programa para el clero católico, durante tanto tiempo distraído por preocupaciones extra-sacerdotales y adjetivas y buena parte del cual había perdido su identidad. Aquí, en Barcelona, hay mucho trabajo por hacer a este respecto. Sobre todo cuando los hombres de Dios, en lugar de pastores son lobos rapaces (caso Pousa, por poner un ejemplo). La archidiócesis es una de las que más gravemente manifiestan déficit de vocaciones en toda España y en Europa. Algo no funciona, pues, en el modelo que se propone en el seminario conciliar de lo que es y debe ser un sacerdote.

En suma, y dejando otros temas para un próximo artículo, el quinto aniversario de la elección de Benedicto XVI debiera ser un acicate para que las cosas empiecen a cambiar para bien en nuestra Iglesia barcelonesa. No se construyó Roma en un día, ni se ganó Zamora en una hora, pero debe haber la clara e inequívoca voluntad de enmienda y de reforma. Aún está el Señor Cardenal a tiempo para emprender la renovación de su archidiócesis, tan castigada por la crisis, de la cual seguramente no es él el culpable, pero de cuya continuación será el responsable si no comienza a poner remedio. Considere qué Iglesia le va a mostrar al Papa cuando venga a consagrar la Sagrada Familia. Obviamente tendrá que recurrir a la estratagema de Potemkin para que, como Catalina II, vea el Vicario de Cristo un esplendor fantasmagórico e inexistente, pero en conciencia debe empezar a preocuparse de que la realidad se parezca un poco al ideal.


Manent desbarra (25/03/2010)

Como ya se informaba en estas páginas la semana pasada, el inefable Albert Manent ha escrito en La Vanguardia (constituido en el vocero del catolicismo catalán de café) un articulito que se las trae, pero no porque por enésima vez se diga que el grupo que dirige el “integrismo de extrema derecha” sueñe con tener poder eclesiástico y recuperar lo perdido”, sino porque es un cúmulo de disparates. En su afán por atacarnos, cae en el ridículo más risible y sonrojante. El poder no nos ha interesado ni nos interesa y no lo decimos por quedar bien, sino sencillamente por la papeleta que conlleva para el que tiene que ejercerlo. ¡Menuda responsabilidad! No, no: que se lo queden los que lo detentan… y que arreglen lo que han arruinado, que ésa es su obligación y no ir cargando el muerto al que venga detrás. Faltaría más que los responsables del desastre de la Iglesia catalana se vayan de rositas, bien prebendados y pensionados, y que los entuertos los arreglen otros: ¡pues no, señor! No queremos sus cargos ni regalados, pero sí exigimos, como católicos de base que somos, que hagan honor a ellos y que se desempeñen en ellos como Dios manda, como pastores y no como lobos rapaces.

Manent pretende desautorizar por igual al señor aquel de la fundación anticatólica y a nosotros, diciendo que somos coincidentes en el diagnóstico de la situación eclesial en Catalunya. Pues aquí también desbarra. Coincidimos tan sólo en señalar la sintomatología (que es innegable, porque los datos objetivos están ahí), pero no el diagnóstico. Para el señor anticatólico la misma religión es el problema y su pronóstico de la situación es, en su perspectiva de una “Cataluña post-católica”, alentador, ya que “los católicos practicantes dentro de poco serán residuales”. En cambio, para nosotros se trata de un auténtico drama, que no puede sino ser lacerante y que hace entrever misteriosamente la gran apostasía anunciada por San Pablo, apostasía de los buenos que siempre, como enseña la Historia, comienza por arriba: “piscis a capite foetet” . Nuestra lectura de los síntomas, nuestro diagnóstico es, pues, diametralmente opuesto al del señor anticatólico, que advierte sobre la necesidad de “un gran cambio ” , que no es sino más de lo mismo: desacralización, secularización, laicismo, relativismo moral, supresión del celibato, etc., etc. El que propugnamos nosotros no es definitivamente ese tipo de cambio.

Que “el desprestigio de la Iglesia Católica en Catalunya es sensacional” no se le oculta a nadie. Negarlo sería querer tapar el cielo con un dedo (aunque para Manent, cual otro Leibniz, pareciera que vivimos en el mejor de los mundos posibles). Durante décadas ciertos obispos catalanes se han preocupado más por asuntos políticos que por los pastorales (véase el catalanismo militante y agresivo de los obispos de la Cataluña del norte, cuyos seminarios fueron los primeros en vaciarse). Y los demás, salvo honrosas excepciones, se han dado a otros menesteres igualmente ajenos a la misión que les es propia, por ejemplo los manejos económicos y financieros (arzobispos que están al acecho de pillar inmuebles de órdenes, congregaciones y fundaciones en decadencia; que acosan a párrocos para que les den balances favorables para el erario curial; que se encastillan en sus palacios rodeados de su clientela entre la que reparte los despojos, sin importarle suprimir iglesias y venderlas al mejor postor para obtener liquidez). Pero ese sensacional desprestigio de la Iglesia catalana, si a los anticatólicos les regocija, a nosotros nos entristece y nos interpela como creyentes y como hijos de esa misma Iglesia.

El Concilio Vaticano II insistió en que supiéramos leer los signos de los tiempos. Pues bien, no otra cosa es la que hacemos desde estas páginas. Los signos de estos tiempos son los que son, desgraciadamente, y están ahí, con su elocuente crudeza. Las vocaciones sacerdotales y religiosas son un signo inequívoco e infalible de cómo va una Iglesia y ese signo en Cataluña es clarísimo: mínimos históricos en una región que en tiempos fue un semillero particularmente abundante, que se daba el lujo de proveer de sacerdotes, religiosos, religiosas y misioneros a otras partes de la Cristiandad. Algo va mal, señores, cuando el termómetro vocacional marca hipotermia… Otro signo: la frecuencia dominical y festiva. Tómese la molestia Albert Manent y quienquiera de pasarse por nuestras parroquias e iglesias y vea en cuáles hay más vida espiritual. ¡Poquísimas! En Barcelona se pueden contar con los dedos de la mano. Además, si atendemos a los segmentos de edad, comprobaremos con desaliento que las generaciones jóvenes, en su mayoría, simplemente pasan de la Iglesia. El promedio de edad de quienes asisten a misa muestra un catolicismo envejecido y hasta embotado. Este signo de los tiempos nos muestra, en primer lugar, el fracaso de la revolución litúrgica y sus abusos; y, en segundo lugar, la alarmante descristianización de unas masas que ya no ven la necesidad de reunirse para honrar al Señor en el día que le está dedicado. Algo vuelve a fallar .. . Un tercer signo lo constituye el que haya actualmente más lugares de culto no católicos en Cataluña (sobre todo en Barcelona) que católicos. O sea que, sin considerar la gran proporción de población que es indiferente u hostil a la religión, los creyentes son ganados cada vez más en mayor medida por confesiones diferentes a la nuestra. Una vez más hay algo que no funciona...

¿Quién, a fuer de hijo bien nacido, iba a alegrarse y complacerse de ello? No, señor mío, nadie se puede –como usted dice– “ refocilar ” en el erial espiritual (de supuesto nada: ahí están los datos) en que, desgraciadamente se ha convertido la Iglesia Catalana en general (y no algunas diócesis). Obviamente, es claro, nadie a quien le importe algo la Fe Católica, y a nosotros nos importa mucho. No nos refocilamos: nos dolemos, nos angustiamos, nos parte el alma ver el estado de postración de nuestra Iglesia. Por eso nos preocupamos de investigar y de ver qué es lo que no va y denunciarlo, cosa que es obligación de los súbditos cuando los pastores están ciegos o no reaccionan. En todas las épocas ha habido católicos que han reconvenido a sus superiores cuando éstos se han hecho merecedores de corrección. Véanse, por poner pocos ejemplos, a San Pablo (que no perteneciendo a los Doce, reconvino públicamente a San Pedro por judaizar), San Máximo el Confesor (que se atrevía a enfrentarse frontalmente a obispos defensores de la herejía monoteleta), a San Bruno de Segni (que se opuso firmemente a la política débil del Papa frente al Emperador en la Querella de las Investiduras), a Santa Catalina de Siena (cuyas cartas conminando a los Papas de Aviñón a regresar a Roma son verdaderas invectivas). Como ésta última decimos: “Hablad, gritad con cien mil lenguas, que por haber callado el mundo está podrido” . Nos gustaría no tener que decir lo que decimos, pero se ha de decir y bien alto. Porque, por lo visto, quienes tienen que saber las cosas no se enteran o no se dan por aludidos.

Definitivamente no estamos a favor de la teoría de la “catástrofe previa que llevó a la guerra civil”, simplemente porque la situación es distinta. No se puede extrapolar lo que sucedió antes del 36 con lo que sucede ahora. Entonces el Estado perseguía a la Iglesia, a una Iglesia –contra todo lo que se diga– fundamentalmente fiel a sí misma y sólida, que supo preparar a sus hijos para el martirio (es significativo que no apostató ninguno de los perseguidos). Hoy, en cambio, no ha sido necesario que venga el PSOE o el Tripartito (en el caso de Cataluña) para que la Iglesia se hunda en la catástrofe. El poder político adverso a los principios católicos opera ciertamente, pero no viene sino a rubricar una situación interna lamentable. Un ejemplo bastará para comprender esto que decimos: el gobierno de Zapatero impulsa el aborto, pero en Barcelona un párroco paga abortos a sus feligresas (y lo declara tan ricamente) y una monja defiende el aborto como una opción válida de la mujer sin que el Ordinario ponga cartas en el asunto. No hace falta perseguir a una Iglesia complaciente y componedora con el espíritu del mundo: ella solita se desmorona. Tranquilos, pues, Manent y compañía (sus homólogos de El Integrismo es pecado ), que no habrá otro 36. Y si lo hubiere, dudamos francamente que habría muchos doctores Irurita y beatos Samsó (esperamos equivocarnos, por supuesto).

Pero donde el autor del articulito de La Vanguardia ya desbarra totalmente es cuando afirma que suspiramos “por obispos pretridentinos y militarizados” (sic). ¡Hombre, no! Precisamente no suspiramos por obispos pre-tridentinos. Nos está atribuyendo algo que jamás hemos defendido. Es como decir que queremos una Iglesia aseglarada y mundanizada, de papas nepotistas que quieren acomodar a su prole; de cardenales dados a saraos, carnavales y bacanales cuando no a intrigas políticas; de religiosos inobservantes, levantiscos y pendencieros; de abades comendaticios y cortesanos; de obispos que acumulan sedes y rentas sin preocuparse de su cura pastoral; de sacerdotes concubinarios y funcionariales; de monjas engalanadas y enjoyadas como muñecas con desprecio del sayal de su profesión; del Breviario del Cardenal Quiñónez (para rezar lo menos posible); de misas dichas a toda prisa y sin devoción, con aparato más pagano que cristiano; del comercio de bulas y reliquias falsas; de goliardos vagos y trotamundos; de clero ignorante y barbarizado; de ordenaciones y profesiones sin vocación, y un largo etcétera que hizo precisamente necesaria la reforma de Trento. Es esa reforma por la que bregamos. Es el espíritu que a ella subyace (el de Ecclesia Semper reformanda ), porque en toda época la Iglesia está tentada de instalarse en la complacencia y en la languidez (simplemente porque es más fácil y cómodo: lastre de su lado humano). Queremos Trento, como queremos el Vaticano I y el II y todos los XXI concilios ecuménicos que ha habido en la Historia, porque somos católicos. En todo caso, el panorama “pre-tridentino” casa más, mutatis mutandis , con la situación que denunciamos que con lo que esperamos.

Y eso de los “obispos militarizados”… Bueno, de éstos sólo conocemos a los que participaron en las Cruzadas, al cardenal Cisneros (que comandó el ejército español en África), a l cardenal de Richelieu (que tomó las armas en el sitio de La Rochelle) y a alguno más que se nos escapa. Pero eso pertenece a tiempos ya superados. No nos interesan “obispos militarizados” sino como curiosidad histórica. Nos interesan “obispos militantes”, que no es lo mismo; es decir, que se empeñen seriamente en la lucha que hay entablada entre Dios y el mal; entre Jesucristo y Belial; entre la Iglesia y el mundo (por el que Cristo no ha orado); entre la civilización del Amor y la cultura de la muerte; entre la Ciudad de Dios y la ciudad de los hombres. Para obispos “militarizados” ya están los que nos gobiernan, que lo hacen con mano de hierro con los súbditos que no son de gusto; a golpe de ukase cuando les conviene; y con modos cuartelescos (como más de un párroco, según hemos documentado, ha tenido la desgracia de experimentar). Así, pues, Albert Manent, “avive el seso y despierte” y no nos venga con zarandajas. Admita lo que es una evidencia: la lamentable situación de la Cataluña católica. Sólo siendo consciente de que se tiene un problema se está en condiciones de poder resolverlo. Todo lo demás son irresponsables cortinas de humo.


De monjas y poder temporal (11/03/2010)

En la Historia ha habido monjas de fuste que, lejos de ser doncellas apocadas o señoras timoratas, han sido mujeres de pro, que participaron en la vida social de su tiempo de una manera decisiva (no siempre con igual fortuna, sin embargo). Y es que el velo religioso en la Iglesia Católica no ha sido símbolo de sujeción, discriminación o explotación de las mujeres que lo tomaron, aunque a veces se las haya considerado una especie de sirvientas (no servidoras) de la Iglesia y domésticas de los sacerdotes. Por el contrario, las órdenes y congregaciones femeninas permitieron en el pasado a sus miembros una efectiva autonomía e independencia. Contrariamente a lo que se suele pensar, las monjas de la Edad Media y de la Edad Nueva eran personas letradas y cultas. La tradición fue comenzada por Santa Paula y su hija Santa Eustoquio, amigas de San Jerónimo, que fundaron un cenobio en Belén, donde se dedicaban al estudio de la Sagrada Escritura guiadas por el doctor dálmata. También ejercieron muchas veces influencia en su tiempo. Vamos a repasar aquí algunos casos de monjas célebres que tuvieron relación especial con el poder temporal.

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) fue contemporánea de San Bernardo. Ambos fueron personajes de enorme talla moral, que se granjearon el respeto de los grandes de este mundo, a quienes no temían tratar de tú a tú. La monja renana era mujer de grandes vuelos intelectuales y místicos. Dominó la gran mayoría de disciplinas en el campo del conocimiento de su época. Fue una célebre predicadora, habiendo realizado cuatro viajes por Alemania para el apostolado de la palabra. En sus arengas fustigaba con energía la corrupción del clero y la herejía cátara con arrestos propios de un Padre de la Iglesia. A los gobernantes instaba a reprimir a los herejes con decisión, pero también con caridad y sin ajusticiarlos. Las más altas personalidades eclesiásticas y civiles del Imperio la hicieron su consejera. Al mismísimo emperador Federico I Barbarroja, que la apreciaba, dirigió una serie de cartas amenazadoras en las que condenaba su oposición al papa Alejandro III y su favorecimiento del cisma. Ningún otro que esta intrépida monja se atrevió a tanto.

Pasamos al siglo XIV, tiempo de peste, de guerras, de hambre, de grave crisis de la sociedad y de la Iglesia. El Papado se halla refugiado en Aviñón porque Roma es ingobernable. Pero tantas décadas fuera de la sede natural del Vicario de Cristo no pueden ser beneficiosas a su autoridad. Ningún príncipe ni cardenal logra convencer al Papa de la necesidad de volver a orillas del Tíber. La insistencia de dos monjas místicas lo consiguió: la de la noble sueca Brígida (1302-1373) y la de la terciaria dominica Catalina Benincasa (1347-1380). Pero no sólo actuaron en asuntos puramente religiosos. La primera, rica viuda que tomó el velo y fundó la orden del Santísimo Salvador, fue mujer de aprestos. Viajó mucho por la Cristiandad. A sus 68 años emprendió una peregrinación a Tierra Santa, pasando al regreso por los reinos de Chipre y de Nápoles, donde tuvo ocasión de intervenir con sus admoniciones. En Famagusta, donde residía la corte chipriota, reconvino al rey Pedro II de Lusiñán por los desórdenes de la familia real y la impiedad de sus súbditos. En la capital partenopea frenó con decisión los ímpetus de la reina Juana I, que vivía muy desenfadadamente para escándalo de toda la cristiandad. En cuanto a la segunda, Catalina de Siena, llegó a desempeñar en 1376 una embajada en representación de Florencia para negociar la paz entre esta república y el Estado Pontificio: tanto era su ascendiente en la sociedad de aquel tiempo.

El Papado regresó definitivamente a Roma en 1370 con Gregorio XI. La situación en Italia volvía a encresparse y los romanos, soliviantados, interfirieron gravemente en el cónclave que siguió a la muerte de aquel pontífice. Sobrevino el cisma de 1378 y hubo un papa en Roma y otro en Aviñón, cada uno con sus respectivas obediencias en Occidente. En ambas hubo personas de reconocida santidad: Catalina de Siena, Catalina de Suecia (hija de Santa Brígida) y Gerardo de Groote (fundador de los Hermanos de la Vida Común y uno de los impulsores de la devotio moderna ) se alinearon con Roma; Vicente Ferrer (el mayor predicador de su tiempo), Coleta de Corbie y el joven príncipe Pedro de Luxemburgo (más tarde cardenal), con Aviñón. Nos interesa en particular Santa Coleta de Corbie (1381-1447), terciaria franciscana primero y monja clarisa después, artífice de la reforma de la Segunda Orden seráfica con la bendición de Benedicto XIII, el gran papa Luna.

Coleta fue una anticipación de Santa Teresa de Jesús, pues se dio a recorrer las rutas de la Cristiandad para extender la fiel observancia de los principios franciscanos, consiguiendo la reforma incluso de conventos de la Orden Primera. Aparte de sus correrías apostólicas –en las que recabó, gracias a su fascinante personalidad, el apoyo de príncipes, prelados y capitanes para su osada empresa– hay que consignar sus relaciones con los poderosos. En Nápoles reinaban Jaime II de Borbón, conde de la Marca, y su segunda esposa Juana II de Anjou-Durazzo. De la primera mujer de aquél, Beatriz de Navarra, habían nacido tres hijas, dos de las cuales quisieron profesar en la orden de Santa Clara de acuerdo con la reforma coletina. El Rey se conmovió por la decisión de las princesas y se convirtió en devotísimo de Santa Coleta, que lo convenció de poner orden en su vida, hasta entonces tan agitada como poco piadosa. Como su matrimonio con Juana II no era sino una sucesión de incomprensiones e intrigas, acabó por abandonar Nápoles y marchó a Francia, donde apoyó a Carlos VII contra los ingleses y fue nombrado gobernador del Languedoc. Al morir su mujer decidió, bajo la inspiración de Santa Coleta, hacerse franciscano. Ella le dispensó del año de noviciado y profesó en el hospicio de frailes anejo al convento de clarisas de Besançon en el Franco-Condado, donde murió santamente.

Y, como se ha mencionado a la gran Doctora del Carmelo, vamos a ocuparnos de ella a propósito de nuestro tema. Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582) es una de las figuras más extraordinarias de la Historia de la Iglesia. Emprendió la gran reforma religiosa del siglo XVI como lo fue la de los carmelitas contra viento y marea, con la oposición cerrada de los partidarios de la observancia relajada que ella quería combatir con sus nuevas fundaciones. Trató con los orgullosos Grandes de España y se carteó con el mismísimo Felipe II, que quedó encantado con la personalidad de la santa, a la cual no le dolían prendas para exhortar al potentísimo Rey Católico para que le apoyase contra las intrigas inquisitoriales con estas francas palabras que sonaban a reclamo: “si no me protegéis con mis pobres carmelitas, ¿qué será de nosotras sin otro apoyo en el mundo?” . A la soberbia y prepotente princesa de Éboli, amiga del monarca, que quería inmiscuirse en la reforma carmelita y desviarla del camino trazado por Teresa, ésta la puso en su sitio sin empacho alguno.

De España pasemos a Francia por el tiempo del reinado de Luis XIII (1610-1643). Era éste un hombre que había crecido en el apocamiento bajo la regencia de una madre dominante, María de Médicis. Pero de vez en cuando tenía raptos de energía que se revelaron acertados, como el derrocamiento del mariscal de Ancre y el nombramiento de Richelieu como ministro. Casado por política con Ana de Austria, hermana mayor de Felipe IV de España, no sentía hacia su esposa ninguna afección y veía en ella a la cabeza de una camarilla intrigante. Se refugiaba en sus favoritos y en algunas amigas platónicas. Entre estas últimas figuró Louise Motier de La Fayette (1618-1665), dama de honor de la Reina. En 1635, con tan sólo dieciséis años, cautivó con su candor y modestia el ánimo de Luis XIII, que se hallaba entonces bajo la influencia de Marie de Hautefort, a la cual reemplazó en los favores del soberano. El cardenal de Richelieu intentó manipularla para sus intereses, pero Mademoiselle de La Fayette se mostró leal a su amistad regia y supo resistir a las presiones del ministro. Éste decidió entonces neutralizar su influencia, convenciéndola, a través de su confesor el P. Caussin, de entrar en religión. La amiga del Rey aceptó y quiso hacerse carmelita, pero fue disuadida de este primer impulso y acabó por ingresar en la orden de la Visitación. A su convento solía acudir Luis XIII para mantener coloquios con su antigua y querida amiga, la cual no solamente le aconsejaba en muchas materias, sino que intervino eficazmente en la reconciliación del Rey con Ana de Austria, instando a aquél a acercarse a ésta, de lo cual nació el futuro Luis XIV, al cabo de veinticinco años de matrimonio. Puede decirse, pues, que Sor Angélica (nombre que adoptó Mademoiselle de La Fayette al tomar el hábito de salesa) fue decisiva en el rumbo que tomó Francia gracias al nacimiento de aquel que fue llamado Dieudonné, “el dado por Dios”.

Otra monja española nos viene a la memoria a propósito de amistades con reyes: Sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665), concepcionista y fundadora del monasterio de su orden en su ciudad natal. Gran mística, sus raptos extáticos no le impidieron ser una mujer con los pies en el suelo y consciente de la situación de la España de su tiempo. Su fama de santidad atrajo al rey Felipe IV, que fue a visitarla a Ágreda cuando marchaba hacia Aragón con motivo de la guerra catalana. Tan maravillado quedó el Rey con Sor María de Jesús que le pidió mantener correspondencia, a lo que accedió ella con la anuencia y mandato de su confesor. El epistolario entre el Austria y la monja soriana es admirable por los consejos que da ésta a aquél, no sólo espirituales sino en materia de gobierno. Consideró la política del conde-duque de Olivares nefasta para la monarquía y exhortó al Rey a gobernar sin privados. Le aconsejó sabiamente que evitara la ruptura con Aragón por la cuestión del Tribunal de la Fe. Se atrevió incluso a proponer un plan de paz para las negociaciones de Westfalia que debían poner fin a la Guerra de los Treinta Años, abogando por la paz con Francia para poder conservar Portugal. Felipe no siempre siguió el criterio de la abadesa, pero las cartas siguieron intercambiándose entre ambos hasta la muerte de ella.

Sin salir de España ni de la orden concepcionista, toca ahora referirse a Sor Patrocinio, la monja de las Llagas (1811-1891), amiga de la reina Isabel II la de los Tristes Destinos. La época ya no era la de la España imperial y católica, sino la de la España decadente de la época liberal y de las desamortizaciones. En 1843 la habían visitado en su convento de La Latina una Isabel niña y su madre la Reina Gobernadora. Surgió entonces un afecto entre la monja y la joven reina que ni las vicisitudes de ambas de ni la lejanía ni el paso del tiempo pudieron afectar. Sor Patrocinio apoyó el matrimonio de Isabel con su primo Francisco de Asís de Borbón, que también le tenía un gran cariño. Su ascendiente sobre la Reina fue tal que se le atribuyeron muchas medidas de gobierno y se ganó la enemiga de los políticos del momento: Bravo Murillo, O'Donnell, Espartero… Fue trasladada varias veces de convento y sufrió incluso el destierro. En 1868, caída la monarquía, los revolucionarios también la persiguieron, obligándola a cruzar la frontera. Durante su exilio escribió una nueva y más austera regla para su Orden y, vuelta a España por voluntad del rey Alfonso XII, se dedicó a fundar y reformar los conventos concepcionistas hasta el fin de sus días.

Y de esta manera llegamos a una monja de nuestros días, una dominica por más señas. Nacida en tierras australes es una mujer dinámica y dicharachera y que se mueve mucho por sus conventos. Va de uno a otro defendiendo su causa, pero no se crea que se trate de la reforma de la Orden de Predicadores (¡ojalá!), sino de una empresa más terrenal: la defensa de Cataluña y de la catalanidad (léase catalanismo). En una entrevista con Josep Cuní para TV3 (“la nostra”) afirma que "siempre tengo que dar explicaciones en los conventos" por defender a Catalunya. "En Valencia tenían a Catalunya estigmatizada". Creemos que la buena de sor Lucía confunde los términos y los conceptos porque en Valencia nunca se ha estigmatizado a Cataluña: lo que se ha rechazado es el catalanismo y su derivación imperialista que es el pan-catalanismo, lo cual es muy distinto. Es obvio que a una dominica valenciana –no por ser dominica sino por ser valenciana– no le debe hacer ninguna gracia que le vengan con aquello de que su tierra es uno de los Països Catalans , ni tampoco las personas que promueven una política en ese sentido (como antes el pujolismo y ahora Carod). Pero esto es una cuestión opinable, que no toca la entraña religiosa, que es de lo que verdaderamente tendría que preocuparse una monja emprendedora como la hermana Caram, que parece más celosa de “la fe en el catalanismo” que de la fe católica que se supone que profesa.

Y si se ocupa de política –cosa nada vituperable, pues de eso se han ocupado también otras monjas y santas a través de la Historia– ha de ser para hacer prevalecer la causa de Dios, los derechos de la Iglesia, la moral cristiana y el bien común, que fue lo que hicieron las predecesoras de nuestra dominica. Lo que no se comprende en absoluto es que una esposa de Cristo emplee sus recursos, sus talentos y sus dotes de comunicación en hacer la apología de un político no precisamente católico, ni tan siquiera cristiano, sino agnóstico. De él dice: "se define como un agnóstico singular, pero yo creo que es un creyente y que estamos en gran sintonía porque estamos trabajando para la misma causa". Sabemos por cuál causa milita y trabaja Carod Rovira: una que contempla aspectos inadmisibles para una persona cristiana (¡cuánto más para una monja!) como el laicismo, la despenalización del aborto y de la eutanasia y la regulación del suicidio. Sor Lucía o está de acuerdo con esos aspectos o no sabe realmente quién es su héroe y habla a tontas y a locas por halagarle. Otra perla de la monja: “Es mucho más creyente de lo que él se piensa, dice que es agnóstico porque toca decirlo, socialmente es lo que toca, pero Carod tiene una respecto al evangelio que ya querrían muchos cristianos”. Tanto respeto que cuando fue con Maragall a Tierra Santa no se le ocurrió mejor cosa que mofarse de los símbolos de la Pasión de Cristo. ¿Y eso es lo que querrían muchos cristianos? ¿Y ese acomodamiento a la moda del día? ¿Cómo se come eso de que toca decir hoy socialmente que se es agnóstico?

Cuidado, querida hermana Caram, está en terreno resbaladizo. Nadie pone en cuestión su actividad y su implicación en los problemas del mundo, porque, como hemos visto, es cosa compatible con el estado religioso siempre que se tenga en mira lo que debe ser el norte de un religioso: la gloria de Dios y la salvación de las almas. Las Hildegardas, las Brígidas, las Catalinas, las Coletas, las Teresas, las Angélicas, las Ágredas y las Patrocinios fueron protagonistas en el mundo que les tocó vivir, pero lo fueron “a lo Dios”, “a lo católico”, para incremento de la religión. Frecuentaron a los grandes no para adularles y quedar bien ni para obtener de ellos aprobación o mercedes personales, sino para recordarles sus deberes y conseguir el bien de muchos. Nadie le reprocha su amistad y trato con Carod si ello lleva a la conversión de este político, pero mucho nos tememos que es él quien la va a convertir a usted… si es que no lo está logrando ya.


El cardenal Cañizares en Barcelona denuncia la secularización interna en la Iglesia (23/02/2010)

El escenario imponente: la nave central de la Basílica de la Purísima Concepción en todo su esplendor, iluminada por todas las arañas colgantes y otros reflectores, como en los días de mayor solemnidad. El altar convenientemente dispuesto y aderezado, con los cirios flanqueando una cruz bien visible en el centro (cosa rara en Barcelona). En el lado del evangelio, una recién estrenada lápida marmórea que conmemora la elevación de la iglesia parroquial a basílica menor, título concedido por la congregación romana que preside el invitado. El templo a rebosar de oyentes. El clero se instala en el coro: todos revestidos de alba (sin cíngulo) y estola morada. Por la puerta que da al claustro entra una discreta procesión: acólitos, ceremonieros, cruciferario, los cardenales Antonio Cañizares y Lluis Martínez Sistach, el rector de la basílica, Dr. Ramón Corts, y una serie de personalidades, entre quienes sólo acierto a reconocer a Alberto Fernández Díaz, antiguo presidente del PP de Cataluña. Toda la concurrencia se levanta y se oyen unos cuantos aplausos (costumbre que personalmente detesto en una iglesia), que afortunadamente cesan pronto. Los purpurados oran unos momentos ante el altar del Santísimo (la primera capilla del lado de la epístola) y acto seguido van a sentarse: el arzobispo barcinonense en su sitial reservado en primera fila; el prefecto del Culto Divino ante la mesa de conferenciante. El Dr. Corts presenta el programa de conferencias cuaresmales y da la bienvenida al cardenal Cañizares, agradeciéndole su presencia. El prefecto del Culto Divino comienza entonces su disertación, que versa sobre el tema: “Reavivar el espíritu de la Liturgia”.

La conferencia está dividida en dos partes: en la primera se trata de la necesidad de redescubrir a Dios en una sociedad que vive como si Él no existiera; en la segunda, de cómo ese redescubrimiento se debe traducir en la liturgia. Es decir, se plantea la cuestión de la fe y de la manera cómo esa fe se hace viva y presente en el culto de la Iglesia. El cardenal comienza con una descripción exacta de la situación religiosa en un mundo secularizado como el nuestro, en el que se vive en función de lo inmanente sin referencia alguna a lo trascendente. En esta perspectiva Dios no tiene cabida, no se le admite. Si existe o no, no es un problema que competa a la humanidad, la cual, inmersa en lo intramundano, vive como si Él no existiera. Evidentemente, si Dios no existe toso está permitido y nadie tiene derecho a imponer creencias o reglas de conducta a los demás como si fueran absolutas. La religión es una cuestión personal, que no tiene por qué ser relevante a nivel social. Así pues, nuestra sociedad laicista ha expulsado a Dios de su seno, pero es incapaz de colmar nuestras expectativas, que no se agotan en las realidades de este mundo. Así pues, la gran cuestión de la actualidad para los creyentes es redescubrir a ese Dios que nos ha sido arrebatado, porque sólo Él da un sentido pleno a nuestra existencia. San Agustín interpreta magníficamente el sentir de la humanidad cuando le dice a Dios: “Nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Santa Teresa afirma que “a quien a Dios tiene nada le falta”, lo que puede ser dicho en forma negativa “a quien a Dios no tiene todo le falta”. Y esa falta de Dios es la causa de la angustia en la que se debate el ser humano.

Sin Dios, la creencia no es certidumbre sino mera opinión y la moral se reduce a un conjunto de reglas convencionales, que pueden cambiar según sople el viento del momento. Cualquier pretensión de normas universalmente válidas para todos es inaceptable, inclusive cuando éstas se deducen de la misma naturaleza de las cosas y, por lo tanto, no dependen de una determinada religión. El derecho a la vida, por ejemplo: se trata de un derecho primigenio, anterior a cualquier revelación, que se halla ínsito en la naturaleza humana y es deducible por la razón. Pero la razón, que se ha deshecho de la idea de Dios, puede deshacerse en consecuencia de cualquier idea que se le imponga como natural. La razón, librada a sí misma, crea sus propias verdades y estas verdades son las que responden al gusto del día. Suprimido, pues, el soporte natural de la recta razón, la voluntad se extravía en el delirio de la autonomía. Como no hay Dios o es como si no lo hubiera, todo está permitido. Los únicos límites que se imponen a la conducta humana son los del orden establecido y los de la conveniencia, que son mudables, como mudables son las opiniones. Pero esto deja intacta la insatisfacción que en el fondo invade el ánimo del ser humano.

En este mundo que ha desterrado a Dios, el reto del cristiano consiste en redescubrir a ese mismo Dio y reavivarlo, reintroducirlo en nuestras vidas. Para ello primero se ha de reconocer a Dios, un Dios que ha tomado la iniciativa de acercarse al hombre y darse a conocer por él en Jesucristo por el Espíritu Santo. Ese Dios, es un Dios trascendente, pero al mismo tiempo ínsito en nuestra existencia aunque no lo reconozcamos. Cuando lo redescubrimos y nos ponemos en su presencia no podemos por menos de adorarlo, porque entonces comprendemos que nuestra vida sin Él carece de todo significado, que no somos más que pura contingencia frente a Él en cual somos, nos movemos y existimos. La actitud de adoración parte del reconocimiento y es la fundamental de la religión. Como reconocemos en Dios a la fuente de nuestra misma existencia, sin la cual ésta volvería a la nada, al indiferenciado no-ser, entonces caemos de rodillas ante su presencia y lo adoramos. Redescubrir, reconocer y adorar a Dios es el imperativo frente al laicismo imperante.

Pero este redescubrimiento, este reconocimiento y esta adoración se dan en la liturgia. Ella nos remite a Dios, ella nos renueva en Dios y hace que nuestra acción en el mundo sea fecunda. En ella nos encontramos con Dios, pero no por nuestra propia iniciativa, sino por la suya. No somos nosotros los que nos salvamos, o nos renovamos o somos los artífices del futuro: es Dios. La Liturgia es obra primordialmente suya, en la cual él se nos manifiesta con un triple fin: para que le demos gloria, para santificarnos y para salvarnos. Nuestra respuesta a esa manifestación de Dios en la liturgia debe ser la de reverencia y adoración. Estos dos elementos substanciales de la liturgia por lo que toca al hombre se han visto gravemente afectados por la crisis que sobrevino en la época postconciliar y ello se debió primordialmente por el desplazamiento del centro de la liturgia, que pasó de Dios a los hombres, embriagados por su capacidad creadora. En vez de celebrar a Dios acabamos celebrándonos a nosotros mismos. Y ello terminó por producir un languidecimiento de la liturgia, que fue causa, a su vez, de un languidecimiento de los fieles. Se cambió por el gusto de cambiar, se leyó el Concilio Vaticano II según una hermenéutica distinta al espíritu auténtico del Concilio, que es, como la ha llamado Benedicto XVI, una hermenéutica de la continuidad.

Ello no dejó de producir escándalo en muchos fieles, hasta llegar al extremo de reacciones que se hicieron pasibles de las máximas penas canónicas. No es que no se tuviera alguna razón en rebelarse contra esa manipulación del Concilio que todo lo justificaba, permitiendo la decadencia y perversión de la liturgia, pero se debe distinguir entre las actitudes extremistas y la legítima defensa de la tradición litúrgica. Los últimos papas han sido determinantes en la recuperación del auténtico espíritu de la liturgia y han dado grandes pasos en continuidad con la Tradición. Particularmente Juan Pablo II con su encíclica Ecclesia de Eucharistia y el Año Eucarístico y Benedicto XVI con su encíclica Sacramentum caritatis y otras iniciativas. El actual pontífice es el hombre providencial en esta recuperación del auténtico sentido litúrgico en la Iglesia. Ha hecho de la liturgia el mayor distintivo de su pontificado. Debemos acudir a sus enseñanzas no sólo como Papa, sino también las anteriores a su elección. Todo a lo largo de su vida, la liturgia ha sido su preocupación constante. El papa Ratzinger es un teólogo, pero es también un enamorado de la liturgia, porque sabe que así como se cree así se reza: lex orandi, lex credendi . El problema central de la reforma litúrgica es que a veces se ha dado una separación, una discontinuidad, una falta de caridad entre el dogma y el culto.

En la liturgia Dios tiene el primado y la prioridad. La liturgia es el derecho que tiene Dios a recibir una respuesta del ser humano. Y esa respuesta se da precisamente en la liturgia. El drama actual del hombre consiste en considerar que la liturgia es algo suyo, que él se construye a su antojo obnubilado por su pretensión de considerarse creador autónomo. La liturgia se convierte así en un mecanismo montable y desmontable a placer, que depende de la originalidad creativa del hombre. No es ya la obra de Dios y de su Iglesia, en la cual Dios se manifiesta y se da. En esta perspectiva, el hombre no deja a Dios ser Dios y su culto se convierte en una pura exaltación del hombre, donde ya no se da la experiencia de la suprema alteridad y la revelación del misterio. Se puede hablar de una auténtica secularización interna de la Iglesia. Ante esto, por el contrario, se ha de promover el sentido de misterio, el sentido de lo sagrado en la acción litúrgica. La liturgia es la epifanía, la manifestación del misterio.

Benedicto XVI va al fondo de la cuestión: la centralidad de la liturgia porque por medio de ella la Iglesia promueve la difusión de la fe para salvar al mundo. El gran reto hoy es, pues, promover la total y auténtica renovación litúrgica querida por el Concilio Vaticano II. La constitución Sacrosanctum Concilium recogió fielmente la Tradición y las valiosas adquisiciones del movimiento litúrgico del siglo XIX y primera mitad del XX y en ese espíritu de continuidad hay que discurrir. Cuando se pierde el sentido de la Tradición se pierde el sentido de la Eucaristía y el sentido de la liturgia. Hoy, por ejemplo, se insiste mucho en el aspecto de banquete que tiene la misa y se olvida con frecuencia lo que constituye su esencia: el sacrificio. La Eucaristía es el memorial, la actualización del único sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual ha hecho que Dios y el hombre se encuentren nuevamente. En el sacrificio se da eminentemente ese redescubrimiento de Dios en su Hijo. Ciertamente la eucaristía también es banquete, pero ese banquete no es posible sin el sacrificio. Por eso la cruz debe estar en el centro del altar, presidiéndolo: ella nos recuerda el memorial del sacrifico que es la Eucaristía. Reavivar el sentido de la liturgia es redescubrir en ella al Dios que se nos manifiesta y se nos da y espera nuestra respuesta de adoración y de confianza en consonancia con la fe y la tradición de la Iglesia.

He intentado recoger lo principal de lo dicho por el cardenal Cañizares. No llevaba magnetófono ni he tenido acceso al texto, pero tomé diligentemente mis propias notas y las he reconstruido sobre el papel con la mayor fidelidad posible y salvas las limitaciones de mi memoria. Creo haber captado lo fundamental y es lo que ofrezco a los amables lectores a reserva de una ulterior publicación de la conferencia en su integridad. La verdad es que no ha podido ser más satisfactoria para los que amamos la liturgia y estamos en sintonía con el Santo Padre felizmente reinante. Comprobamos con gran contento que la Congregación para el Culto Divino está presidida por un prelado que se halla en la justa línea: la de la hermenéutica de la continuidad. Sí nos habría gustado que se refiriera explícitamente al motu proprio Summorum Pontificum , uno de los actos más importantes del pontificado del papa Benedicto. Nos consta por otras fuentes que Don Antonio es un convencido de la coexistencia de las dos formas del rito romano, que ambas expresan –aunque cada una según su ethos propio– la fe católica de la Iglesia. De hecho, como ha sido publicado en otro lugar, el Cardenal pone como ejemplo y guía de los católicos el Compendium Eucharisticum , en el cual están reunidos los documentos doctrinales y los textos litúrgicos de ambas formas relativos a la Eucaristía, en los cuales no hay contradicción, sino continuidad. Por lo demás, de todo el mundo es conocido que el actual prefecto del Culto Divino ha celebrado en diversas ocasiones y lugares según el Misal del beato Juan XXIII.

La trascendencia que tiene la intervención del cardenal Cañizares al participar como conferenciante cuaresmal de este año en la Basílica de la Purísima Concepción es tanto más notable cuanto que ha hablado en uno de los feudos más fuertes del bugninismo, es decir, del reformismo rupturista con la Tradición propio del movimiento litúrgico desviado y que se manifestó con fuerza en la segunda mitad del siglo XX (período significativamente omitido por Su Eminencia). Todavía está fresco en la memoria el recuerdo del simposio sobre el motu proprio Summorum Pontificum (no precisamente para promover su aplicación) que tuvo lugar en el seminario conciliar barcelonés y del Congreso Internacional de Liturgia reunido en su aula magna y en el que tuvieron protagonismo el hoy dimisionario cardenal Daneels y el arzobispo Piero Marini, fautores de una hermenéutica litúrgica que no es precisamente la de la continuidad. ¡Qué diferencia con la impecable y magistral conferencia del cardenal Cañizares! No vi a Mons. Pere Tena ni al diácono Urdeix (naturalmente se hallarían presentes), pero me gustaría haberlos observado mientras aquél desgranaba sus admirables conceptos ante un auditorio nutrido y entregado (la basílica estaba a rebosar).

Sin embargo y pesar del despecho que puedan haber sentido al oír verdades que no pueden dejar de serles incómodas, lo que es tristemente cierto es que Barcelona continúa siendo su feudo. Lo que vio el cardenal Cañizares hoy en la Concepción es la excepción que confirma la regla. El Dr. Corts se esmeró en hacerle ver que en su parroquia se es fiel al espíritu de Roma (cosa, por otra parte, que se acerca a la verdad), pero si el purpurado se tomara la molestia de visitar al improviso las demás iglesias de Barcelona, comprobaría desalentado que la labor de redescubrir la liturgia en esta archidiócesis está en pañales o, peor, no se plantea en absoluto, sino todo lo contrario. Ciertamente no estamos ya en la época de los escándalos y abusos clamorosos, pero nos encontramos quizás peor: en un período de embotamiento y de conformismo. Y ya se sabe lo que produce el estancamiento: aguas pútridas. No es extraño que si en Barcelona no se ha reavivado el espíritu de la liturgia, tal y como lo ha expuesto Don Antonio, estemos todavía lejos de redescubrir a Dios y de reconocerlo para adorarlo y darle gloria. ¿Nos extraña entonces que haya tanto paganismo, tanta indiferencia religiosa, tanta hostilidad a la Iglesia, tanta apostasía, tanta adhesión a credos extraños y a vanas observancias? Nuestra ciudad, y no exagero, es una de las más luciferinas de Europa: el non serviam! de Satanás campea aquí en lugar del Fiat! de Aquella que es su Patrona (no se sabe hasta cuándo, inmersa como está nuestra sociedad laicista en la vorágine de negar sus raíces cristianas y religiosas).

Tome buena nota el Señor Cardenal-Arzobispo. Se lo digo desde estas páginas con filial sentimiento. No puede seguir tolerando esa secularización interna de la Iglesia que tan justamente ha señalado su colega de púrpura como responsable de la tergiversación del espíritu de la liturgia, de la inversión de los valores religiosos, de la primacía de la creatividad humana sobre la manifestación divina. En tiempos fue Barcelona centro importante de difusión del recto movimiento litúrgico, sobre todo gracias a esa gran obra que fue el Foment de Pietat. Desgraciadamente, la Guerra Civil vino a interrumpir la magnífica expansión de ese movimiento en España y particularmente en Cataluña (tan golpeada por la persecución religiosa), de modo que después de ella la Iglesia tuvo que concentrarse en la reconstrucción. Después vino la revolución postconciliar y ya no hubo modo durante décadas de retomar un camino que se había mostrado muy promisorio en la época de nuestro querido beato Josep Samsó i Elias. Hoy, cuando ocupa el sacro solio un papa como Benedicto XVI, que quiere pasar página sobre las antiguas divisiones y controversias y que está indicando el justo camino, no hay ya pretexto para dejar que una diócesis languidezca por falta de empeño y de arrestos. El cardenal Martínez Sistach, como moderador de la vida litúrgica de la Iglesia que peregrina en Barcelona, está llamado a presidir ese movimiento para reavivar el sentido de la liturgia y con ello la Fe Católica. No sólo por imperativo de su misión episcopal, sino también cara a la posible visita del Papa a nuestra querida ciudad, que ojalá sea –de verificarse– un revulsivo para todos, que nos haga redescubrir a Dios y hacerlo el centro de nuestra vida.


El nuevo recetario (11/02/2010)

Vamos a tomarnos las cosas con algo de humor, porque si tuviéramos que tomárnoslas en serio, sería para llorar de rabia, de vergüenza y de impotencia al comprobar cómo nuestra amada Cataluña está a la cola del mundo católico por lo que se refiere a la sintonía con el papa Benedicto XVI. Concretamente nos vamos a referir a la Liturgia, tema en el que la situación es verdaderamente dramática. Y no hablamos sólo de la celebración según los ritos anteriores a la reforma postconciliar, cosa perfectamente legítima a estar a la letra y al espíritu del motu proprio Summorum Pontificum ; principalmente hay que tratar de la penosa manera en la que esa misma reforma se ha llevado a cabo y se aplica en las diócesis catalanas, principalmente en Barcelona.

Comencemos diciendo que el motu proprio citado no atañe exclusivamente a la forma extraordinaria del rito romano (“nunca abrogada” según las propias palabras del Papa): la forma ordinaria también  está implicada, como se desprende del texto de la carta a los obispos que acompaña a Summorum Pontificum , en la cual Benedicto XVI dice sin ambages que ambas formas deben enriquecerse mutuamente. Un mayor sentido de la sacralidad, especialmente presente en la extraordinaria, es algo de lo que es deseable que se beneficie la ordinaria, ayuna de él en la mayoría de las celebraciones concretas. Ése es el desafío de lo que se ha dado en llamar la “reforma de la reforma”.

Algunos ya hablan de un Novus Ordo II , una nueva ordenación de la misa reformada, en la que se enmienden aquellos elementos que han demostrado ser inútiles y hasta perniciosos. Evidentemente de verificarse lo que se augura, el plato no será del gusto de los chefs del extinto Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia , ente que introdujo la nouvelle cuisine en el culto católico. Ya se sabe: cantidad exigua, pero mayor calidad… y escaso nutrimento. Porque al fin y al cabo, ¿para qué quiere uno saborear una receta de rimbombante nombre y precio caro si se va aquedar con hambre? Eso es lo que ha venido pasando en los últimos cuarenta años con la liturgia: nos la hicieron colar como sencilla y refinada, pero en realidad ha dejado a los fieles hambrientos y, lo peor, inapetentes.

Como en el mundo culinario, también en el de la liturgia la novedad ha dejado de ser novedad y se ha revelado artificiosa y engañosa. Antes, por esnobismo, cursilería o curiosidad, o simplemente por probarlo todo y estar a la última, la gente se avenía a pagar conti profumati (para decirlo a la italiana) por llevarse a la boca supuestas exquisiteces, que desnudadas de sus salsas y del artificio de las vajillas, venían a ser viandas bastante magras. Hoy parece ser que se es más exigente y no se está dispuesto a tragar con ruedas de molino por mucha firma de chef y estrellas Michelin que haya detrás. Y es que, como en todo, la tradición es la mejor consejera.

Hoy se redescubren los platos de siempre: desde los ricos asados hasta los potentes potajes, ricos en ingredientes, agradables al paladar e indudablemente alimenticios. Y que dejan ahítos, sin necesidad de tantos aperitivos que disimulen la pobreza de los platos rebuscados de la nouvelle cuisine . Pero ésta no tiene porqué desaparecer; no es malo crear nuevas recetas ni mucho menos: el arte culinario reside en la inventiva, no de los elementos básicos y los ingredientes (que ya existen), sino de las formas en que pueden combinarse para que resulte algo comestible y digerible y que halague al paladar, que de eso se trata. El pecado de la cocina vanguardista fue el despreciar a la cocina tradicional y creer que haciendo tabla rasa de ella iba a descubrir las Américas y a contentar al personal. Ahora se ha vuelto más humilde y redescubre las virtudes de ingredientes antes despreciados y de métodos que no por antiguos eran menos útiles. Los nuevos maestros de cocina reconocen el importante aporte de lo antiguo y lo saben incorporar a sus recetas, que resultan, de esta manera, originales y al mismo tiempo de toda la vida, pero sobre todo, nutritivas.

En la Iglesia nos hemos hartado ya de los platos sofisticados de la nouvelle cuisine post-conciliar, creada por el chef Annibale Bugnini. Este buen prelado decidió un día que la liturgia antigua era pesada como una olla podrida o una parrillada y quiso acabar con ella cambiando radicalmente los hábitos alimenticios de las almas. Introdujo un menú bajo en calorías, pero también en vitaminas y proteínas, sazonado con salsas extrañas y servido en platos muy llamativos, que tenían por objeto hacer olvidar la parquedad de los manjares y su incapacidad para dejar a nadie verdaderamente satisfecho. Lo peor fue que el recetario de Bugnini ni siquiera fue seguido al pie de la letra, sino que verdaderos diletantes hicieron con él mangas y capirotes en un alarde de supuesta creatividad, que lo único que consiguió fue que la gente se hartara (y no de comida) y se volviera anémica por falta de substancia.

Y hete aquí a un Benedicto XVI que viene a decir lo que ya venía sosteniendo desde hacía tiempo y que le valió la execración de los chefs a la moda: hay que volver a la cocina de antes, pero sin desechar los valores de la moderna. A ésta sólo hay que quitarle la pedantería e incorporarle elementos de la otra que pueden enriquecerla y hacerla substanciosa. Se puede comer un plato de frijoles sin que sean indigestos: la cuestión está en seleccionar los ingredientes, prepararlos con paciencia y cariño y servirlos con esmero. Está claro que si esos frijoles son de mala calidad, se guisan en una olla atiborrada de grasa y se presentan en platos repletos a rebosar los comensales se arriesgan a un cólico miserere o, al menos, a necesitar sal de frutas para pasar la indigestión.

La aparición en el mercado de los productos de la marca “Papa Ben's” es un buen augurio para el futuro de la cocina y de la alimentación espirituales de los católicos. Se trata de un producto clásico de nuestra dieta, pero de cultivo orgánico y agricultura sostenible. No han sido desarrollados en laboratorio, ni son resultado de manipulaciones genéticas, ni se han desarrollado gracias a abonos artificiales ni tratado pesticidas dañinos. Son cien por ciento naturales, crecidos según los métodos tradicionales y, en consecuencia, con más índice nutritivo y sabor auténtico. No tienen aditivos ni anilinas y pueden cocinarse perfectamente de manera más enjundiosa como de manera más ligera, a gusto del consumidor. Lo importante es que se trata de alimentos ricos en toda clase de proteínas, vitaminas y minerales y bajo en grasas nocivas, apto, pues, para un consumo seguro y beneficioso.

La gama completa de estos productos (con recetario gratuito incluido) está disponible de momento en los almacenes romanos y en bastantes puntos de abastecimiento locales y se espera que pronto puedan ser distribuidos en todos, aunque, desgraciadamente, parece ser que de momento las autoridades catalanas se muestran escépticas, a pesar del éxito que están teniendo en otras partes. Lo cual es explicable por la persistencia de una trasnochada nouvelle cuisine a través de los discípulos del chef Bugnini, que no han hecho reciclaje. Las jóvenes generaciones, más concienciadas de lo que significa la salud y una correcta nutrición, están acogiendo con naturalidad esta vuelta a la cocina tradicional y su combinación con los aportes de la cocina de vanguardia. Esperemos que, vencidas las últimas reticencias, ello redunde en beneficio de una gastronomía a la medida de las necesidades de todos y cada uno.


Hijos de la Iglesia, de nuestra tierra y de nuestro tiempo (15/01/2010)

Desde su aparición en el espacio virtual, Germinans Germinabit ha suscitado toda clase de reacciones. Nos elogian, nos atacan, se toman distancias... y todo eso está bien, no sólo por un sano ejercicio dialéctico, sino porque gracias a ello se mantiene y enriquece un debate necesario cual es el de la situación religiosa de Cataluña y particularmente la de Barcelona, asunto de primera importancia para nosotros que somos católicos y que consideramos que el futuro de nuestra sociedad catalana pasa precisamente por su reafirmación católica. Pero si aceptamos el disenso y las críticas, lo que no podemos admitir es que se nos infame y se nos calumnie, atribuyéndonos posturas que jamás hemos defendido o tergiversando las que realmente asumimos. Es, pues, oportuno, conveniente, "justo y necesario", que esclarezcamos qué somos y que no somos, la gente que estamos comprometidas en este proyecto.

De entrada, somos católicos, apostólicos y romanos, sin más especificaciones. Profesamos la fe católica, transmitida en la Iglesia por la tradición recibida de los Apóstoles y custodiada por la sede de Roma con la autoridad de Jesucristo. Es por ello por lo que adherimos sin reservas al Papa, sea éste San Pedro, Inocencio III, Alejandro VI, Pío XII, Pablo VI, Benedicto XVI o el que sea. No tenemos ni queremos ni nos interesan otros apellidos: ni el de tradicionalistas, ni el de lefebvristas, ni el de conservadores, ni el de ultramontanos, ni el de preconciliares, ni el de nacionalcatólicos, ni ningún otro de los que nos han atribuido. Somos católicos a secas. Por supuesto, el estilo de un papa puede agradarle a cada quien más que el de otro pero sólo es eso: una cuestión de estilo. Y el estilo no es determinante de la fe ni, desde luego, el criterio de nuestra catolicidad.  

No estamos en contra del Concilio Ecuménico Vaticano II, XXI de los Ecuménicos. Reconocemos en él a un concilio ecuménico legítimo y vinculante para todos los católicos en todas las materias obligatorias. Pero hay que distinguir en las diferentes categorías de sus documentos, que no son todos iguales, ni tienen la misma jerarquía, ni obligan de igual modo. Una constitución dogmática es absolutamente vinculante. Un decreto y una declaración lo son relativamente (a la obtención del objetivo pastoral, que era el prioritario del Concilio). Y, desde luego, hay que distinguir entre lo que el Concilio enseñó y dijo y lo que fue actuado en su nombre a través de las reformas postconciliares. Algunas de estas reformas han sido beneficiosas y acertadas; otras lo han sido menos y otras, en fin, no lo han sido en absoluto y ello porque se fue más allá de lo que el Vaticano II quiso. Y decir esto no es ponerse en contra del Concilio, como decir que Roma estuvo desacertada en el asunto de los ritos chinos y malabares no significa estar en contra de Roma. Nuestra postura es clara y diáfana porque es la del Papa: la de la hermenéutica de la continuidad. 

Rechazamos el catolicismo rancio y añejo de los que viven todavía en trincheras ideológicas que ya no tienen ningún sentido en la España de hoy. Sí, es cierto que hubo una Guerra Civil en España. Sí, es cierto que entre 1931 y 1939 hubo una persecución religiosa cruenta y sistemática por parte del que sería uno de los bandos de la contienda. Sí, es cierto que la Iglesia no fue perseguida, sino favorecida por el otro bando y que era lógico que entonces se mostrase agradecida. Pero de eso han pasado ya setenta años, durante los cuales tanto para la sociedad española como para la Iglesia universal y el mundo han cambiado muchas circunstancias. Creemos que no hay que olvidar la Historia, pero no para azuzar viejos rencores, sino para aprender a no cometer los mismos errores. No queremos basar nuestro catolicismo en opciones que carecen ya de todo significado real y mucho menos si son políticas. Estamos dispuestos a dar nuestras vidas por Dios, pero no por ninguna bandera ni partido.

No somos "laudatores temporis acti" , en el sentido de que no creemos que en el pasado la vida católica fuera idílica y se desarrollara en el mejor de los mundos posibles. De ninguna manera. También antes había lacras y cosas y situaciones indeseables. Por poner sólo un ejemplo, hay que referirse a la rutina y formalismo hueco en el que a menudo se había convertido la Liturgia, por falta de sentido sobrenatural de los sacerdotes y por inercia y conformismo de los fieles. Era entonces tristemente famoso el carácter del "cura de misa y olla", preocupado sólamente en despachar sus obligaciones sacerdotales como si de un funcionariado se tratara, sin celo auténtico por las almas y, a veces, hasta con espíritu cicatero y pesetero. No es extraño que se perdiera el sentido auténtico del culto a Dios y la Liturgia se viera hundida en el marasmo de la indiferencia y de la mediocridad. ¿Es, pues, de extrañar, que fuera tan fácil hacerla prácticamente desaparecer abatida por el vendaval de la sed de novedades? Psicológicamente es explicable. Pero, por otro lado, tampoco lo nuevo es bueno por razón de nuevo. En realidad, nos identificamos con el paterfamilias del evangelio que saca de su arcón "nova et vetera" . Lo bueno de antes ha de conservarse, pero no como un fósil, sino como algo vivo. Lo bueno de ahora hay que aceptarlo con corazón sencillo y con buena voluntad. Lo malo de antes y de ahora hay que descartarlo sin más historias. 

Pero también hay que referirse al modo como se vive la fe. Ese catolicismo de ghetto, de capillas y capillitas, de culto a la personalidad, en el que cada quien pretende sólo llevar agua a su molino y no contribuir a la edificación común del Cuerpo Místico de Cristo no es el nuestro. Tampoco lo es el catolicismo beaturro y superficial de misalito y mantilla, de rosarios y novenas, de mera devoción privada sin implicación seria. Mucho menos lo es el catolicimismo fanático, de celo amargo, hecho de obsesiones y no de convicciones, que aleja en lugar de atraer, triste y opaco, mojigato y jansenista, visceral y falto de caridad, dado a juzgar y poco o nada propenso a la indulgencia, farisaico y tartufesco. Nos gusta el catolicismo serio, ilustrado, sereno, viril, seguro, sincero, atractivo y jovial, como el que practicaron los grandes santos como Felipe Neri, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, José Oriol. 

Se nos ha acusado de estar contra el actual Cardenal-Arzobispo de Barcelona y de injuriarlo y, al mismo tiempo, de ser agentes de su antecesor. ¡Nada más falso! Ni somos Carlesistas, ni somos anti-Sistaquistas. Creemos que tanto el cardenal Sistach como el cardenal Carles, cada uno a su modo, son responsables de la presente situación de la Archidiócesis barcinonense, que es lamentable: el primero por sus desacertadas medidas y actitudes y el segundo por su inercia y por haberse inhibido de responsabilidades que como obispo le competían. No vamos a abundar aquí en todo lo que de ambos llevamos dicho, pero una cosa debe quedar clara y ella es nuestro íntimo y sincero deseo de poder decir cosas buenas del cardenal Martínez Sistach. ¡Qué más quisiéramos que poder tener la oportunidad de mostrar nuestra comunión y adhesión al Señor Arzobispo en estas mismas páginas! ¡Ojalá pronto podamos escribir su elogio por alguna cosa digna de alabanza! Nada nos haría más felices. si a veces nos mostramos ácidos no es por malicia ni por malevolencia, sino por hacer reaccionar al interesado. 

Desgraciadamente, el cardenal Sistach ha reaccionado intentando acallarnos por vías de hecho, cuando lo honesto, lo conciliar, lo más inteligente sería intentar ver qué hay de verdad en lo que decimos o, al menos, adoptar la actitud de un Alejandro VI cuando algún prelado de la Curia Romana le recomendaba destruir al demasiado "locuaz" Pasquino, que fustigaba la corrupción de la corte pontifica al amparo del anonimato de esa estatua que aún puede verse a la entrada de la romana Plaza Navona. El papa Borgia se alzaba de hombros y respondía que el pueblo tenía al menos el derecho al pataleo. Nosotros reivindicamos ese derecho, pero también el que nuestro pataleo no se quede en eso, antes bien que sirva para hacer reaccionar a nuestro prelado en el mejor de los modos y siempre para bien de su rebaño. Somos nosotros quienes realmente amamos al Señor Arzobispo, porque queremos su bien y le decimos la verdad aun sabiendo que caeremos antipáticos. Flaco favor le hacen quienes lo adulan, le ríen las gracias y le hacen de obsecuentes cortesanos, ya que lo reafirman en una nefasta línea pastoral. Al menos con nosotros, que no tenemos expectativas de prebendas y sinecuras, Su Eminencia sabe a qué atenerse.


Los lemas episcopales (8/01/2010)

Revisando unos datos sobre la vida del Dr. D. Gregorio Modrego Casaus (para conmemorar los 110 años de su nacimiento en este 2010 y el 75º aniversario de su consagración episcopal en 2011), nos hemos encontrado con un dato muy interesante que da la medida de su gran talla humana: su lema episcopal. Normalmente, las divisas o lemas que figuran en los escudos son indicadores de un ideal, de un programa de vida, de una virtud exigible a quien lo ostenta en su blasón. El del que fuera arzobispo de Barcelona durante largos y decisivos años estaba tomado del Evangelio: “VT VNVM SINT” (Que sean uno), palabras que dirigió Nuestro Señor Jesucristo al Padre Celestial en su oración sacerdotal.

En la biografía exhaustiva que le dedican los eclesiásticos Francesc Muñoz Alarcón, Josep Maria Martí Bonet y Fidel Catalán Catalán se leen a propósito de este lema del escudo del Dr. Modrego estas interesantes y reveladoras palabras: “Conviene que tratemos aquí sobre el lema del doctor Modrego, ya que posiblemente nos dará el punto de partida para exponer otros aspectos y acontecimientos de su largo pontificado. El lema es la síntesis de un posible programa de posteriores actuaciones pastorales. En primer lugar hay que decir que hay quien afirma que el doctor Modrego cumplió a la perfección su lema hasta el final de su vida. Así, un sacerdote diocesano declara: «El entierro del doctor Modrego reflejó el significado de su escudo episcopal, “Ut unum sint” , porque a él asistieron sacerdotes de todas las tendencias, desde los más conservadores hasta los de mayor vanguardia… Fue impresionante”. Es muy cierto que el “Ut unum sint” dio muestra, al menos, de la preocupación por la unidad en el clero, la diócesis (los fieles), religiosos y religiosas. También incluiría la unidad de los cristianos y el deseo de que muchos entrasen dentro de la unidad de la Iglesia (misiones). Después de esta tan amplia definición nos encontramos perplejos ante la unidad del pontificado del doctor Modrego. Nos preguntamos si la cumplió de manera plena» . Más adelante, y después de presentar datos concretos, los autores concluyen: «Ciertamente a lo largo de su pontificado el doctor Modrego procuró cumplir el lema de su escudo» .

Los mismos biógrafos del gran obispo se refieren a una anécdota del canónigo Giralt, que fuera ecónomo del obispado de Barcelona. Con una fina ironía decía que para saber lo que no había hecho un obispo durante su pontificado bastaba poner un “no” delante de su lema episcopal. Nos tememos que si esta regla no rige para el caso del doctor Modrego, es de triste aplicación en el del cardenal Martínez Sistach, cuyo lema es “CHARITAS CHRISTI VRGET NOS” y que está muy relacionado con el de su antecesor, ya que precisamente esa caridad de Cristo es la que San Juan nos muestra en todo su despliegue en el sermón de la Cena, al que pertenece la oración sacerdotal. En efecto, la unidad no se logra por una alianza meramente humana, hecha de conveniencias y componendas. La verdadera unidad cristiana es la de la caridad. Si hay caridad hay unidad. El doctor Modrego logró hacer realidad su ideal de unidad porque fue también modélico en la caridad para con todos. La caridad teologal por supuesto: aquella que nos hace amar a Dios sobre todas las cosas y a los prójimos como a uno mismo por razón de Dios. Para ello es absolutamente imprescindible tener un sentido sobrenatural de las cosas. Una caridad ficticia o falsificada o meramente humana sólo produce uniones precarias y volubles, que se evaporan al primer contraste.

Es triste tener que preguntarse de un cristiano si tiene verdadera caridad; mucho peor es tener que plantearse la cuestión respecto de un obispo, que debe apacentar en la caridad de Cristo el rebaño que le ha sido encomendado. Pero dado que el cardenal arzobispo Martínez Sistach proclama que la caridad de Cristo le urge, tenemos el derecho de saber si esta urgencia es correspondida. Nos tememos que no. Nunca ha estado la archidiócesis barcinonense más dividida que bajo el presente pontificado. Dicho sea de paso, y para que no nos acusen de ser parciales, esta división ya existía en tiempos del cardenal Ricard Maria Carles, cuyo lema episcopal curiosamente repite el del doctor Modrego aunque ampliado: “UT ONMES VNUM SINT”. Hay que admitir que la actitud del anterior prelado de encastillarse en su palacio y rehuir los problemas (siguiendo en ello la política del avestruz), y de rodearse de una camarilla de confianza que le servía de tamiz y filtro para evitar a los indeseados (siendo así que un obispo jamás puede tener indeseados) y medraba a su costa (y a costa de la archidiócesis) no fue la mejor manera de dar cumplimiento cabal a su divisa.

Que Barcelona sea un hervidero de facciones y que cada cual va a la suya porque el arzobispo no promueve la caridad que lo urge está a ojos vista. Como Carles, Martínez Sistach tiene sus favoritos, que le hacen de intermediarios entre él y el resto del clero y fieles. Ellos hacen mangas y capirotes de la sede arzobispal con la complacencia de su señor, que sólo atiende al provecho que puede sacar de los ya mermados recursos de su jurisdicción. Recuérdese el famoso y tristísimo asunto de Santa María de Badalona, en el cual el Cardenal, a cajas destempladas, exigió cuentas al pobre párroco Mn. Pasqual, al que le dio un soponcio por el trato vejatorio recibido de parte de quien debía estar más atento a la persona que a los balances económicos de una parroquia. Aunque la cosa aún se agravó más con el trato recibido por Mn. Vicente Mira, el párroco sucesor en la misma, que nunca llegó a tomar posesión de ella, también por turbios intereses económicos. Su Eminencia es de poco moverse, mejor dicho de movimientos selectivos: acude allí donde puede sacar algún beneficio, pero ¡cuántos de sus sacerdotes diocesanos se han muerto sin la limosna de una visita consoladora de su prelado! ¿Esa es la caridad que le urge? Las obras de misericordia son la medida de la caridad y la vara por la que seremos juzgados ante el tribunal divino. Nos tememos que el cardenal Martínez Sistach no tiene misericordia para los más débiles.

Ni tampoco para sus adversarios, a los que no perdona y con los que se muestra implacable, como pasa con nosotros, los de Germinans . Un obispo puede tener adversarios, pero debe saber estar y debe obrar siempre con caridad. No somos sus enemigos, pero somos sus oponentes cuando, como pastor, no obra bien. Puede contradecirnos, puede rebatirnos, puede incluso sacarnos las vergüenzas; lo que no puede es querer liquidarnos, como ya ha intentado más de una vez. No es caritativo ni favorece la unidad, al menos la unidad evangélica, fundada sobre la caridad. La unidad que quiere el Cardenal es la de la ciega obsecuencia, la del aplastamiento del que disiente y la del consenso forzado basado en el silencio total y absoluto.

Señor Cardenal Arzobispo: mire a su alrededor; no tiene que ir muy lejos. Fíjese en su presbiterio y empiece a interesarse por sus sacerdotes, que sólo esperan que V.E. se digne hacerles caso. Mire, sobre todo, a sus sacerdotes ancianos y enfermos, que lo han dado todo por la archidiócesis. Acuda en auxilio de los sacerdotes descarriados o confundidos, para los que la caridad exige una corrección fraterna y una orientación paternal. Hay también sacerdotes muy válidos a los que antipatías, intrigas y malevolencias mantienen alejados del servicio pastoral. ¿Por qué no les tiende los brazos como el padre del hijo pródigo? Eso es lo que hace alguien que quiere que sean todos uno y a quien urge la caridad.


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